Las elecciones del 27-S se perfilan como un nuevo intento de separar a Cataluña del resto de España. Se utiliza una vez más la retórica para asegurar que defender la unidad de la nación es un gesto reaccionario. Por el contrario, se afirma que el independentismo catalán (y vasco) constituye un signo de progreso y tolerancia. Supuestamente, en Madrid las brujas de Macbeth nunca han dejado de agitar en su pestilente caldero el virus del fascismo, que conspira para liquidar las libertades y los avances sociales. Algunos dirán que empleo hipérboles, pero he conocido a jóvenes vascos radicales que rehuían la capital, asegurando que en su interior hordas de energúmenos recorrían sus calles para linchar a presuntos independentistas. Es una paradójica inversión de la realidad que acredita varias décadas de incitación al odio y al disparate desde las escuelas y los hogares. La perspectiva de los nacionalistas catalanes no es menos estrafalaria. Presumen del carácter avanzado y respetuoso de su sociedad, mientras señalan que colgar una bandera roja y gualda en Cataluña representa una provocación, justificando a los que recurren a un mechero –las teas son demasiado medievales, quizás demasiado españolas- para hacer arder un inaceptable símbolo de opresión. Nadie ignora que los catalanes viven tan oprimidos como los palestinos, los saharauis, los kurdos y los sirios. Hace unas semanas, un joven matrimonio rumano, con el que mantengo una cordial relación de amistad, viajó a Barcelona en un viejísimo BMW con matrícula de Madrid. Con un castellano fluido y un aspecto mediterráneo, les confundieron con pérfidos españoles. Cuando preguntaron por una dirección, les enviaron –en dos ocasiones- hacia una salida que conducía de regreso a Madrid.
Algunos objetarán que sólo son anécdotas, pero yo creo que reflejan un estado de ánimo fruto de una larga cruzada antiespañolista. Los independentistas llevan años desfigurando la historia, convirtiendo la guerra de sucesión en una campaña de liberación nacional. En realidad, los catalanes no luchaban por la autodeterminación, sino por el archiduque Carlos de Austria, que se disputaba el trono de España con Felipe V. Euskal Herria nunca existió como nación, salvo que se atribuya ese nombre al Reino de Navarra, ocupado en 1512 por Fernando el Católico para evitar que se aliara con el Reino de Francia. No hay que olvidar que en esas fechas Francisco I mantenía una actitud beligerante contra España. De ahí que se interpretara su alianza con el Reino de Navarra como una verdadera ofensiva militar y diplomática. No deja de ser chocante que los independentistas vascos radicales hayan transformado el “Arrano Beltza” o Águila Negra de Sancho VII el Fuerte en un estandarte de la Euskal Herria libre y socialista que enciende sus sueños. Imagino que el cura Santa Cruz, bárbaro, cruel y visionario, también aparece en sus fantasías, rematando a cristazos a los malvados españoles.
La crisis económica ha dado alas al radicalismo político, alentando los planteamientos incendiarios. Se deplora –con razón- que algunos sectores de la derecha simpaticen con el franquismo, pero no me parece menos escandaloso que la izquierda radical y populista hable de “asaltar los cielos”, como si nuestro país necesitara una Revolución de Octubre. España no precisa ninguna clase de extremismo, sino voluntad de diálogo y conciliación. La independencia de Cataluña serviría de acicate al independentismo vasco y, en menor medida, el gallego, animando de paso a todos los separatismos regionales, incluidos los más pintorescos y aberrantes. Conviene recordar que “los Países Catalanes”, una fantasía nacionalista formulada por Jon Fuster en 1960, incluyen Cataluña, las islas Baleares, la Comunidad Valenciana, la Franja de Aragón y la pedanía del Carche. Las reivindicaciones territoriales se extienden al Principado de Andorra, el Rosellón francés y la ciudad italiana de Alguer en el noroeste de Cerdeña. Los independentistas no los reclaman, pero sí apuntan que deben estar presentes en el proceso de construcción nacional. Si estos delirios prosperan, se producirá una terrible fractura política, social y económica. ¿Qué sucederá con los catalanes que se sienten españoles? Su impotencia, frustración e indefensión serían alarmantes. Las fuerzas políticas democráticas, sin distinción de signo, deberían realizar un pacto de Estado para impedir este escenario. Desde mi punto de vista, los partidos políticos españoles deberían apuntar hacia el centro, sin otra prioridad que el bienestar social y la convivencia pacífica. Se echa de menos una figura como Adolfo Suárez, con la sensatez y la elasticidad necesarias para animar “un sugestivo proyecto de vida en común”, por utilizar la famosa expresión de Ortega y Gasset. Una nación se caracteriza por la lengua, la cultura y la política exterior. Gallego, catalán y castellano son lenguas romance con notables afinidades. De hecho, sus hablantes se comprenden con relativa facilidad. Culturalmente, todos los pueblos de España pertenecen a la civilización occidental, una síntesis de Grecia, Roma, el Cristianismo y el Siglo de las Luces. Políticamente, España pertenece al Bloque Atlántico, compuesto por la Unión Europea y Estados Unidos. No creo que nadie desee sinceramente alinearse con Rusia y China. Concurren por tanto los elementos necesarios para hablar de España como nación. Su ordenamiento constitucional es la base de una convivencia plural y democrática, con un dinamismo interno que mantiene abierta la puerta de posibles reformas y modernizaciones.
En 1561, Felipe II escogió Madrid como capital de España. Pensó en Barcelona, pero descartó la ciudad por el excesivo poder del Consejo de Aragón. Quizás esa decisión malogró la posibilidad de forjar una conciencia nacional que mirara al futuro, sin enredarse en peligrosas querellas territoriales, caracterizadas por la insolidaridad y la hostilidad hacia la diferencia. Si Cataluña logra la independencia, perderán todos, incluidos los catalanes.