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"Las Benévolas" o la sombra del inextinguible Holocausto

José Enrique Rodríguez Ibáñez
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jerodríguezelimparciales/12/2/12/24
domingo 01 de junio de 2008, 20:05h
La publicación de Les bienveillantes, la voluminosa ‘opera prima’ de Jonathan Littell sacudió de inmediato el panorama editorial europeo. Y no sólo porque fuera galardonada con el premio Goncourt. Lo fue principalmente, pienso yo, porque la novela, sin dejar de ser una reflexión literaria sobre el nazismo y el holocausto, aporta algo más al tratamiento novelístico de estos hechos abominables, en particular, la identidad generacional y las circunstancias de quien ejerce el punto de mira narrativo. En efecto, la juventud y peculiar condición cosmopolita de Littell –norteamericano que se expresa literariamente en francés y vive en Barcelona- hacen que el testimonio de lo narrado –muy bien y verosímilmente narrado por cierto- no se circunscriba a un único contexto nacional sino que quede ampliado al conjunto euroamericano. Quizá por primera vez, la literatura da voz a la totalidad de la cultura occidental en lo relativo a la reconstrucción fabulada de la mayor atrocidad achacable a determinados sesgos de dicha cultura.

El libro adopta la forma de unas memorias escritas por un antiguo oficial del SD nazi –el servicio de seguridad adscrito a las SS- quien escribe movido por la convicción de que su terrible historial de guerra y represión debe ser conocido por “sus hermanos” –los lectores-, en calidad de “cuento moral” en el que todos los habitantes del espacio occidental debemos vernos reflejados. Desde un primer momento, Littell anuncia un diagnóstico de época, invitando al lector a hacer memoria; despliega un programa de reconstrucción o anamnesis –o sea, depuración de la memoria colectiva- que está lejos de haberse clausurado y es probable que jamás se clausure.

El protagonista de la novela, Max Aue, participa en las situaciones más crueles del régimen de Hitler, acabando la peripecia en el Berlín ya ocupado por las tropas soviéticas. Allí el astuto Max consigue escapar y adoptar una identidad falsa después de deshacerse de un policía y de su más íntimo amigo. En ese momento, profiere la enigmática frase con la que acaba el relato: “las benévolas habían recuperado mi senda”.

¿Qué parece sugerirnos Littell? En la superficie, una muestra de alivio por parte del protagonista, tras constatar que el destino le vuelve a ser personalmente propicio. Puede ser. Sin embargo yo prefiero profundizar en la interpretación de esta escena final. En mi opinión, el encuentro de Aue con “las benévolas” (o, lo que es lo mismo, el fatum o destino histórico) equivale a la asunción por su parte de una carga de responsabilidad culpable de la que no podrá zafarse fácilmente, ni siquiera redactando un repulsivo y pseudoexpiatorio memorial del horror.

Habría algo más a mi entender, y es que la metáfora de Littell acaba por afectar al conjunto de lectores, herederos de las desdichadas circunstancias de guerra y genocidio. Por mucho que nos disguste, el holocausto, más allá de las concretas e innegables responsabilidades de Alemania y el hitlerismo, salpica a la civilización moderna, poniendo de manifiesto hasta dónde se puede llegar por el camino de la aberración de los ideales de la modernidad. Por decirlo con palabras de Zygmunt Bauman: “el holocausto es una prueba rara, aunque significativa y fiable, de las posibilidades ocultas de la sociedad moderna”.

Concluyendo: no es que el genocidio sea “culpa nuestra” –de los occidentales- pero sí que es, en mayor o menor medida, “nuestra culpa”, nuestro borrón obsesionante y prototípico.

José Enrique Rodríguez Ibáñez

Catedrático de la UCM

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