TRIBUNA
Hitler y las leyes de Núremberg
martes 15 de septiembre de 2015, 20:19h
En una espeluznante entrevista de 1922, Adolf Hitler decía que, si en realidad llegaba al poder, “la destrucción de los judíos será mi primera y más importante tarea”. El líder del Nacional Socialismo que recién emergía en el contexto de la democracia de Weimar mostraba ser así tan sincero como implacable.
Dos años después, cuando publicó Mi Lucha, su libro fundamental, precisaba que el judío “era una peste que envenenaba al pueblo”, y lamentaba que en la Primera Guerra Mundial no se hubiera “echado gas venenoso a doce o quince mil de esos hebreos corruptores del pueblo”, lo que habría evitado la muerte de miles de alemanes. Todavía quedaban nueve años para que Hitler accediera al gobierno alemán, en enero de 1933, iniciando una historia que estaría marcada por la guerra y la muerte.
Como recuerda Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (Madrid, Alianza Editorial, 2006), “resulta bastante comprensible el fallo de no haber considerado seriamente lo que los propios nazis decían”. La intelectual, nacida en Alemania dentro de una familia judía, destacaba algo que después del horror nazi se convertiría en una repetida autoinculpación de quienes vieron elevarse a Hitler al poder supremo, sin haber hecho lo necesario o lo suficiente para evitar esa catástrofe.
Durante su administración, que se extendería por doce años y en la cual ocuparía el título de Führer, el líder nazi enfocaba parte importante de sus energías precisamente en combatir a los judíos, primero desde el plano discursivo, después a través de una legislación y persecución civil, para terminar con la violencia desatada y progresiva: la quema de sinagogas y la destrucción de locales comerciales de judíos, la creación de los campos de concentración y después los campos de exterminio, donde se desarrollaría la “solución final”, el programa del genocidio.
Un año importante al respecto fue 1935. Ya el 25 de julio se produjo el bando que prohibía a los judíos ocupar piscinas públicas, y que decía lo siguiente: “A raíz de diversos hechos desagradables y debido a que la inmensa mayoría de los miembros de nuestra comunidad nacional alemana se sienten molestos por la presencia de judíos, he prohibido a los judíos el uso de todas las piscinas, instalaciones de baños interiores y soláriums públicos. En todas estas instalaciones se colocarán letreros de advertencia que digan: ‘PROHIBIDO EL ACCESO A LOS JUDÍOS’.
Uno de los momentos culminantes y más ilustrativos del proceso ocurrió el 15 de septiembre de 1935, cuando se aprobaron las Leyes de Núremberg, que incorporaban tanto la ley de Ciudadanía del Reich como la ley para la salvaguarda de la sangre y el honor alemán. Las mencionadas normas son el reflejo de una gran consecuencia. La ideología racista del nazismo necesariamente debía derivar en un Estado racista, con leyes al servicio de la raza germana y con normas que castigaran a quienes se consideraran enemigos de ella o razas inferiores. Proclamar estas leyes era defender la raza, y ese era precisamente el primer deber del Reich.
Todo esto venía acompañado de una feroz propaganda promovida por Der Stürmer, el periódico dirigido por Julius Streicher, “el antisemita más rabioso y primitivo de entre todos los dirigentes del partido”, en palabras de Ian Kershaw, en su biografía titulada simplemente Hitler (Barcelona, Ediciones Península, 1999). El objetivo de Streicher, quien sería juzgado en los Juicios de Núremberg, pretendía estimular el sentimiento antisemita y provocar acciones inmediatas contra los judíos. El momento llegó con ocasión de la reunión del Partido, precisamente en la ciudad de Núremberg.
Las normas aprobadas abordaban diversos temas de la mayor relevancia: sólo serían considerados ciudadanos del Reich “los connacionales de sangre alemana o afín que hayan dado debida prueba, a través de sus acciones, de su voluntad y disposición de servir al pueblo y al Reich alemán con lealtad”; los matrimonios entre judíos y ciudadanos de sangre alemana quedaban prohibidos o serían anulados en caso de haberse celebrado en el extranjero; los judíos no podrían izar la bandera del Reich so pena arresto de hasta un año o pago de multa; quedaba prohibido el empleo de mucamas alemanas menores de 45 años en los hogares de judíos.
En su discurso del 15 de septiembre al Reichstag, Hitler trató especialmente sobre la “cuestión judía”. Los culpó de la agitación revolucionaria de los bolcheviques -manía repetida desde hacía años-, así como de actos y ofensas contra Alemania. Por lo mismo, precisaba, y para no dejar la resolución del problema a “la población enfurecida”, señalaba que sólo quedaba resolver legalmente el problema, insinuando que eso podría incluso permitir una relación tolerable entre alemanes y judíos. Sin embargo, a esas buenas intenciones siguió una amenaza destacada especialmente por Kershaw: se trataba “de regular legalmente un problema que en el caso de que no se resolviese así tendría que pasar a resolverse a través de la solución final del Partido Nacionalsocialista”.
El tema resulta tan fascinante como cruel, unas leyes de compromiso, para no acentuar las persecuciones, pero que anunciaban la “solución final”, que sería el modelo escogido por Hitler para terminar con el problema que lo obsesionaba. Es verdad que se detuvieron los ataques sin control contra los judíos, al señalar ciertas normas públicas que fijaban las reglas, y no faltaron quienes vieron en ellas una buena oportunidad para subsistir, discriminados pero con reglas claras.
Sin embargo, sabemos que, mirado históricamente, ese era simplemente un paso más en la política global del exterminio que encabezaba Adolf Hitler con sus adláteres del nacional socialismo alemán. Primero fueron las amenazas abiertas o veladas, luego la discriminación legal o de hecho, los ataques personales y otros más organizados. Todo eso, a la larga, no sería suficiente, porque dejaba vivo el problema judío que atormentaba a Hitler. La hora llegaría con la Segunda Guerra Mundial, problema gigante en sí mismo y preludio del genocidio de los judíos que el propio Hitler alcanzó a anunciar el 30 de enero de 1939, pocos meses antes del comienzo del conflicto.
Una historia para conocer, para intentar comprender, a pesar de la sinrazón que rodea todo el esquema mental y práctico del nazismo.