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TRIBUNA

La democracia participativa, el 27 S y los cien días de los nuevos alcaldes y presidentes autonómicos

martes 15 de septiembre de 2015, 20:21h
Pronto vamos a poder participar en las labores de gobierno. Podremos votar en todo tipo de cuestiones que antaño reservábamos a nuestros gobernantes: presupuestos, iniciativas populares y del gobierno, y demás cuestiones que ahora no se me ocurren pero que serán sin duda absolutamente normales (o eso dicen los ¨demócratas participativos¨, casi todos ellos de Podemos).

Algo chirría en estos procesos tan bonitos sobre el papel. Estamos acostumbrados a la democracia representativa, en la que nos limitamos a elegir gobernantes de forma periódica y a montar protestas y manifestaciones para las cuestiones que no nos gustan y que promueve el gobierno de turno (suele ser por casi todo para una de las dos partes de la sociedad española, tan polarizada y vehemente en sus posiciones, pero llevadero para gobernantes y gobernados).

Esta reconstrucción de la democracia impulsada, hoy por Podemos, por la crítica y demolición de la democracia burguesa o representativa es vieja, pues enlaza con el primer Marx y acaba con las desdichadas democracias populares de la antigua URSS que, en palabras de Trotsky, no eran más que estados en los que se había sustituido una clase opresora, la burguesía, por otra, la clase política. La infame burocracia de los estados soviéticos.

El problema de la democracia participativa es que está limitada a los participantes... esta perogrullada es esencial. Esta limitación implica excluir a los pasotas, a quienes no tienen tiempo, a quienes creen que la política debe limitarse a votar cada tantos años y que le dejen más o menos en paz durante el intervalo (hay más despolitizados de los que parece, sondeen sus alrededores), a los mayores o los muy enfermos, los despistados, los muchos que viven fuera... en fin, mucha gente… y también, para mí los más importantes, a quienes ven con sospecha estos procesos. Este grupo son los que no quieren registrar su voto por razones de confianza.

Además, y esto es crucial, la democracia participativa tiene un tufo de confirmación de políticas procedentes de gobiernos de izquierda. Generalmente arrancan con un masivo apoyo de un solo sector de la población, la izquierda, que se apunta al proceso, repito, de forma masiva; la incorporación de las gentes de la derecha -si se consigue, lo cual dudo- se hace tarde y cuando ya la inercia es imparable.

En fin, es un invento para la parte de la sociedad que está más politizada y tiene más tiempo, para quienes confían en los registros de datos públicos o en las redes sociales y tienen criterio para casi todo. Vamos, para los de izquierda, seamos claros. Si a esto le añadimos que la democracia participativa se está montando a través de plataformas tecnológicas, ya eliminamos a una buena parte de la población española que está bastante, y justamente, harta de las redes sociales y esas cosas. Además el INE, en un estudio, afirma que la mitad de los mayores de 55 años no accede a internet. Esta franja de población representa más de un tercio de la población española.

Y esto en la teoría. En la práctica, la cosa puede ser mucho más turbia cuando existe un interés claro del gobernante por el resultado de una consulta. Entonces directamente no hay democracia sino una grosera manipulación como la que estamos viviendo en Cataluña.

Las elecciones catalanas del 27 de septiembre se plantean como plebiscitarias… ¡Primera trampa! Su objetivo es elegir a diputados autonómicos. El plebiscito se hace en este marco porque es donde la participación es más favorable a Mas, Junquera y sus huestes. Cataluña como muchos lugares vota en clave local o regional en unas elecciones y en clave nacional en otras. Y así se invierten las mayorías en función de que las elecciones sean generales o locales. Recuerdo algún votante de Barcelona que se vanagloriaba de votar a Maragall, a Pujol y Aznar sin necesidad de ir al psiquiatra.

Y luego hay más trampas por todos lados: la grosera utilización de los medios públicos para apoyar a la coalición secesionista, la falta de debate, la censura, la utilización partidista de lo público, la fecha de la votación en el último día del puente de la Merced, el martilleo desde hace meses... En fin, un catálogo de ilegalidades elementales a los que si añadimos la cleptocracia gobernante (y demostrada) tenemos que los señores de Convergencia pareciera que en lugar de montar un país como Holanda van acabar con uno muy parecido a Ghana (y que me perdonen los ghaneses).

Los cien días de cortesía hacia los nuevos alcaldes y presidentes están a punto de cumplirse. Estos días son cruciales para implantar un nuevo estilo y establecer algunas prioridades.

En general, los alcaldes de Podemos han mantenido su peculiar estilo (lo que ellos denominan la “plebeyización” de la política) de forma contundente en algún caso y poco más. No se anuncian grandes cambios o iniciativas más allá de la incomodidad de cambiar nombres de calles. En Madrid parece que vuelve la normalidad de los grandes proyectos (privados), algo más de limpieza, poco más que ruido en servicios sociales (estaba casi todo muy bien cubierto, pese a la demagogia electoral) y una alcaldesa que está revelando un gran talento para mantener lo que se llama un estilo inconfundible.

En la Comunidad de Madrid, Cifuentes ha organizado un nuevo equipo y ha leído muy bien su resultado electoral. Ha tenido la enorme inteligencia -no en balde es una de las políticas mejor asesoradas de este país- para empezar a abrir aún más el campo de sus apoyos electorales. Puede tener mucho recorrido.

En conclusión, cien días de gobiernos nuevos, sin grandes iniciativas, pero con el peligro totalitario en el horizonte de una democracia participativa sui generis, muy tecnológica y tutelada por gentes que proponen el típico totalitarismo de izquierdas de toda la vida.
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