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TRIBUNA

Mas o el gobierno sin Constitución

martes 15 de septiembre de 2015, 20:25h
He estado pensando en lo que me resulta tan irritante de Artur Mas. Creo honestamente que no es su independentismo. He manifestado alguna vez sin vacilación que, según mi punto de vista, el estado español no puede ser una cárcel de nacionalidades y que ante una demanda seria, compartida y constante deben encontrarse en el ordenamiento vías para dejar salir a quien no quiere estar dentro. Naturalmente esto no quita para juzgar inconveniente acabar, como quien dice en un instante, una unión que ha durado siglos, de modo que sería aconsejable , mientras se sustancia la crisis independentista, ensayar una fórmula constitucional que mejorase el acomodo de Cataluña en la estructura política común, ya fuese su propósito impedir finalmente la secesión o facilitar la realización de la independencia sin traumas, como separación pactada.

Creo que lo que me resulta incómodo en el President es su capacidad para insistir en argumentos que no resisten el más mínimo análisis y que por tanto no debieran emplearse en una discusión racional, o debieran retirarse cuando se muestre su radical inconsitencia. Me refiero, por ejemplo, a las dos justificaciones para la independencia que se aducen en la carta a los españoles, publicada recientemente en EL País y que Mas encabeza, denunciando, primeramente, la condición de súbditos de los catalanes, lo que no puede leerse sin sonrojo ajeno pues nuestro sistema atribuye a Cataluña unas oportunidades de autogobierno y una protección de su identidad que solamente con malevolencia pueden negarse; o cuando, en segundo término, se afirma en el mismo documento que la denuncia del estado común por parte del independentismo es perfectamente compatible con un gran aprecio a los españoles, a los que por nada del mundo se quiere ofender aunque se renuncie a compartir la organización política con ellos o tener el mismo status de ciudadanía. Siento de verdad que me toman por tonto, cuando se desconsidera al estado autonómico como modo de descentralización política, naturalmente con su deficiencias, fallos e incumplimientos que no se pueden negar; o cuando se oculta la razón por la que se renuncia al mismo estado, que no es la de la poca calidad democrática del mismo , como se dice, sino la de la incomodidad en compartir ciudadanía y marco político con quien se considera diferente e inferior. Cierto que este reproche no es nuevo en el nacionalismo catalán, incluso en su versión no independentista: como ya he señalado en alguna ocasión detrás de la denuncia de la oligarquía del sistema de la Restauración de Prat de la Riba existía un complejo de superioridad-o un desprecio-por la gente inferior, o sea, Castilla- en el fondo incapaz de autogobernarse. Por cierto esa carta de Mas y alii respondía a otra aparecida en el mismo medio de Felipe González. Ha irritado que el expresidente español señalase la proximidad del nacionalismo al fascismo (podía haber dicho al imperialismo también). No puede negarse esa fontera del nacionalismo, recordada con toda oportunidad. Lo que no quita para que no se olvide el otro límite, este feliz, del nacionalismo, el del patriotismo.Se trata de dos ventanas abiertas a todo nacionalismo, por cierto tambien al de las naciones con Estado.

No, lo que resulta irritante en el caso de Mas es su desprecio por la idea de la Constitución, como marco necesario en que el gobernante, también él por tanto, ha de moverse. Mas determina absolutamente las reglas del juego político sobre las que decide sin límite alguno. Mas decidió que tenía derecho a convocar un referendum, aunque se le hiciese ver que dicha posibilidad que existe en el caso escocés, en virtud de características constitucionales específicas, que no denotan per se mayores posibilidades de autogobierno, pues la autonomía territorial ha sido supendida por Londres en dos ocasiones-en Irlanda- y las competencias devueltas no impiden la legislación sobre las mismas al Parlamento británico, no procedía en el caso español. Mas decide que estas elecciones autonómicas son plebiscitarias; y Mas decide cual es el resultado que le permitirá proseguir con su camino hacia la independencia, sin reparar en que una declaración de independencia requiera de un quórum más bajo que el necesario para la aprobación de una reforma estatutaria.(Por cierto, Ana Pastor ésta era la pregunta que le faltó en su entrevista, donde escuchamos al President formular un reproche inaudito, quejándose de no contar con oportunidades para explicar su posición al pueblo español, cuando recientemente declinó representar al Parlamento catalán en las Cortes, con ocasión de la discusión sobre la delegación de competencias para celebrar el referendum solicitado por la asamblea legislativa autonómica) . Sin cortarse un pelo: el President puede hacer lo que considera democrático; y es democrático lo que establece el pueblo catalán convocado al efecto, y contado como él ha establecido.

Ocurre por el contrario que la idea de un gobierno sin Constitución, esto es, independiente o por encima de la Norma Fundamental que lo habilita o limita, es aberrante. Las primeras páginas de un libro realmente imprescindible del constitucionalismo contemporáneo –me refiero al Constitucionalismo antiguo y moderno de Charles Howard Macllwain- están dedicadas a expresar con claridad esta idea que había formulado en el siglo XVIII un autor, referencia en toda exposición de la idea de gobierno constitucional, como es Thomas Paine (al canon del constitucionalismo de Paine, también se remite Martin Laughlin en el trabajo que encabeza su importante Twilight of Constitutionalism).

La tesis de Macllwain es que un gobierno sin Constitución es un gobierno despótico. El gobierno no hace la Constitución ni puede disponer de ella, diciendo lo que la Constitución significa, hurtando esta función a quien en la propia Ley Suprema se designa para tal función, en nuestro caso el Tribunal Constitucional (Ya sé, un Tribunal que no es modélico: desgraciadamente en este momento pocas instancias españolas lo son; pero la imperfección no puede llevar a la supresión de las instituciones sino a su mejora, previa denuncia de su funcionamiento incorrecto). Antes bien la Constitución precede al gobierno, lo hace posible y lo justifica. La idea de la anterioridad, temporal, y superioridad, lógica, la toma Macllwain de Paine: “Una constitución no es el acto de ningún gobierno sino del pueblo estableciendo su gobierno, de modo que gobierno sin constitución es poder sin derecho”. Pura, añado yo, arbitrariedad.
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