www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Los pueblos

sábado 19 de septiembre de 2015, 16:11h
Las ciudades, con sus calles bulliciosas y deslumbrantes, ejercieron una poderosa fascinación sobre los poetas simbolistas. El flâneur o paseante ocioso había buscado hasta entonces la soledad y la belleza de los paisajes naturales, pero en el siglo XIX cambiará de escenario, sin vestigios de nostalgia o malestar. Ya no vagará por el bosque o los prados, regocijándose con el rumor de la hierba o el frescor de un río, sino por las ciudades, feliz de escuchar el alboroto de las plazas o el sonido de los tranvías. Ha descubierto que cualquier escaparate es más cautivador que un cielo límpido y azul. Prefiere la luz de las farolas de gas a la claridad del sol. Nada le complace más que las multitudes, ávidas de entretenimientos. Observa con placer los cambios materiales y espirituales. Lo artificial se le antoja embriagador, irresistible. Advierte que se está gestando la economía de consumo. Se continúan adquiriendo bienes por necesidad, pero también por placer. Salir de compras se perfila como una nueva forma de ocio. El comercio inicia una nueva era, que afectará a las relaciones sociales y al paisaje urbano, que crece y se transfigura. Las tiendas se agrupan en pasajes o corredores con paredes de mármol y techos de vidrio. Esas zonas de tránsito, que ofrecen cobijo ante la lluvia, el frío o el bochorno, son los precursores de los grandes centros comerciales de nuestros días, donde las familias experimentan la ilusión de adentrase en una pequeña ciudad dentro de la gran urbe, escapando de la rutina y el trabajo, pero sumergiéndose otra vez en lo multitudinario y reglamentado.

El crecimiento de las ciudades vació los pueblos. El éxodo rural, que fluyó como una riada incontenible a lo largo de los siglos XIX y XX, obedeció a causas materiales, pero la expectativa de trabajo y vivienda no constituían la única motivación. Se huía de los pueblos porque su rutina se había vuelto intolerable para los jóvenes y los inquietos. La ciudad representaba la novedad, la aventura, la posibilidad de experiencias inimaginables en el reducido horizonte de un conjunto de casas agrupadas alrededor de una iglesia. Los pueblos parecían un reducto de vidas estancadas. En las primeras décadas del siglo XXI, muchos empiezan a preguntarse si esa aparente inmovilidad, menospreciada por sucesivas generaciones, no era más humana que unas urbes cada vez más impersonales, desordenadas y hostiles. Se habla de volver a los pueblos. Se sugiere que podría ser una alternativa para los miles de refugiados sirios que buscan asilo en Europa. Sin embargo, la mayoría procede de ciudades parecidas a las nuestras y, probablemente, no se adaptarían a vivir en poblaciones pequeñas, con escasos servicios, comunicaciones insuficientes y una economía básicamente rural. Son objeciones razonables, pero habría que preguntarse si la historia no se ha equivocado de rumbo, encajando al ser humano en aglomeraciones de asfalto, hormigón y cristal.

Yo vivo en un pueblo de las afueras de Madrid desde hace doce años. Sólo lamento una cosa. En ese período ha crecido desmesuradamente. No sé si mi necesidad de retiro determinó que eligiera otra vez las afueras, pero incluso desde la periferia aprecio que el pueblo empieza a parecerse a un barrio de Madrid, salvo en que apenas hay bloques de viviendas. Ya han surgido los problemas de aparcamiento y los parques cada vez están más concurridos. Quizás es un signo de vitalidad, pero echo de menos el ambiente de hace una década, cuando se podía caminar por el centro de las calles, sabiendo que los coches sólo aparecían de tarde en tarde. Una iglesia de estilo herreriano testimonia la importancia del pueblo en un tiempo remoto, pero la pobreza ha sido la nota más característica de su historia. No hay palacios ni escudos señoriales. Sólo se conservan dos o tres casas viejas. El resto carece de cualquier interés arquitectónico. Las casas viejas pasan desapercibidas, pero yo suelo detenerme a contemplar sus muros desgastados. Afortunadamente, no han sido enjalbegados. Los sillares que componen las fachadas apenas conservan una línea recta. Las piedras labradas vuelven a su ser con el tiempo, recordando que las obras humanas siempre son precarias. Las casas están deshabitadas, pero su interior se ha resguardado con maderos cruzados, que ciegan puertas y ventanas. Cuando vivía en Madrid, apenas reparaba en los edificios, pues el reloj marcaba mis pasos, obligándome a no perder ni un minuto. Siempre iba de camino hacia alguna parte. En cambio, en un pueblo no existe esa urgencia. Aprendes a caminar sin rumbo fijo y a prestar atención a lo aparentemente insignificante. Hace unos años, no habría advertido nada en esos muros, salvo ruina, abandono, deterioro, pero ahora creo que contienen todo lo esencial: materia, forma, espacio, poesía, azar, fantasía, imperfección. Se parecen al muro amarillo de la Vista de Delft, la famosa obra de Vermeer que inspiró a Proust una honda reflexión sobre la creación artística. Se ha dicho que ese muro es “una lección de profundidad” y creo que es cierto. Quizás se podría decir lo mismo de los pueblos. Nos enseñan a mirar y a sentir las horas de otra manera. Nos educan los sentidos y orientan nuestra inteligencia hacia la contemplación. Por el contrario, las ciudades con varios millones de habitantes nos aturden y nos despersonalizan. Parecen colonias penitenciarias, colmenas con celdas estancas. Cada vez más personas viven y mueren solas. Las pequeñas ciudades de provincias se han librado de ese destino, pues en realidad sólo son pueblos grandes. Volver a los pueblos, aliviar la sobrepoblación de las ciudades, quizás humanizaría a una sociedad cada vez más fragmentada y con escasos elementos de cohesión. Según Baudelaire, el propósito del flâneur es hacer “del mundo entero su familia”. Tal vez para realizar ese sueño haya que dar un paso atrás y regresar a los pueblos, donde aún es posible experimentar al otro como algo cercano y a la naturaleza como una parte íntima, recogida y misteriosa de nosotros mismos.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios