Zapatero y la Troika: una oculta historia de amor
domingo 20 de septiembre de 2015, 19:17h
Actualizado el: 20/09/2015 20:08h
Ni fue un ideólogo profundo ni mucho menos un líder político que marcó los nuevos caminos de la izquierda; convencido de su mesianismo, el ilusionista Zapatero, político profesional y fanático del poder que había vivido toda su vida del PSOE, poseía una habilidad casi prodigiosa para el anuncio del nuevo Suresnes y la reconversión de las alianzas, o negociaba sin miramientos con todo tipo de personajes, merced a su poder mixtificador, engañando a todos si era necesario: el cacareado renovador de la vieja guardia socialista devino en ejecutor de toda su quinta; uno tras otro fueron cayendo mientras mantuvo a su lado a los incólumes de la era del felipato: Solbes, Bono, Rubalcaba, Fernández Ordóñez... Zapatero se pasó el tiempo en el Ejecutivo jugando al ajedrez y rellenando las quinielas con los clásicos y los modernos del socialismo menteur.
Así, Zapatero fue primero antifelipista, después felipista; más tarde guerrista; después renovador, etc. Un hombre de partido que nunca salió del partido y que fue capaz de pactar con sus enemigos mortales para alcanzar la secretaría del poder socialista leonés en lo que se conoció como “el pacto de la mantecada”, el 19 de junio de 1988, fruto de un acuerdo previo sellado en Astorga con los firmantes a los que luego traicionó: los históricos Dionisio Nicolás y Fermín Carnero, los proletarios mineros, los nacionalistas bercianos y el campesinado de izquierdas. Un auténtico killer que cuanta más política inverosímil acumulaba a sus espaldas, más cerca estaba de la Moncloa; aquella Reina de Saba de las provincias leonesas tenía la rara habilidad de poner en práctica una política errática –el ser y no ser al mismo tiempo, el ser y su contrario a la vez–, tan desnuda como una niña modernista.
Con efecto retroactivo nos llega la última de sus mentiras, según muestran las actas del FMI que acaban de ser desclasificadas. El 4 de julio de 2010, cuando el entonces presidente Zapatero afirmaba en el escaparate trivial y castizo de Madrid que su reforma laboral –en realidad una apisonadora del trabajador que provocó una huelga general que paralizó el país– mantenía “básicamente la red de derechos de los trabajadores” y favorecía “las expectativas de que el empleo precario se transforme en indefinido”, en los pasillos del FMI, el director ejecutivo del Fondo por España, el socialista Ramón Guzmán, hecho vicetiple que leía el papel, resaltaba el abaratamiento del despido ante la Troika. Así, Guzmán, el amigo de los trabajadores, expresaba ante los amos teutones cual supervedette que se estaba potenciando en España el “extender contratos con menos costes de despido, indemnizaciones menores” y que los despidos por motivos económicos se habían “extendido de forma que los juzgados no puedan bloquearlos”. Recortes de derechos y de indemnizaciones –hasta 20 míseros días por año trabajado con un límite de 12 meses–, abaratamiento de despidos, precariato laboral en todas sus dimensiones… “UGT, necesito vuestro apoyo y vuestro cariño”, decía el presidente en otro arrebato de cinismo. Recordemos que para Zapatero, sus compatriotas, que sufrían el desempleo, “No son parados, son personas que se han apuntado al paro”. Desde ese punto de vista, el mundo feliz, la distopía del ex presidente, era un tanto que debía apuntarse a su favor ante los poderes alemanes. Era lo fetén en el Wall Street de Europa, aunque estuviese engañando a sus enamoradas.
La gravedad de esta información llega a tal despropósito que el gobierno de Zapatero dijo ante la comisión ejecutiva alemana que en España asistíamos a un “festival de fusiones que afectaba al 50% del sector” –“festival” de bancos y cajas que llevó al país a la ruina inmediatamente después y al rescate europeo, cuando Zapatero dijo aquello de “lo de la crisis es opinable”–, que el mercado laboral era un “desastre en términos de eficiencia” –como si no fuese con él la película– y exhibió la huelga general como un triunfo ante el entonces director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn: “las autoridades han tocado puntos clave del sistema y se ha llevado a cabo una huelga general por ese motivo”. Era la época del “estamos en la Champions League de la economía”, entendida, claro está, como la derrota del trabajador, fines que encuentran su razón de ser en coplas zapateriles propias de una tonadillera que miente o no se entera, tales como que “España tiene el mejor sistema financiero de la comunidad internacional” y “España está a punto de salir de la crisis, si no lo ha hecho ya”. El music-hall del burócrata: había que ennoviarse con Dominique… y este, a su vez, con muchas.
El gran metafísico sin ideas, para el que “la tierra no es de nadie, pertenece al viento”, tenía claro que “La cuestión no es qué puede hacer Obama por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por Obama”. El Imperio, los imperios, preocupaban muchísimo a Zapatero, el hombre de izquierdas diversas e inversas, pues vivía más pendiente de ellos que ellos de él. Lo cierto es que Zapatero, un camastrón del tiempo político, con la doble obsesión del poder y la nada, hizo mucho por la Troika –ay, Dominique, y esos líos de faldas de burguesazo con las camareras–, adhesión genuflexa que los socialistas zapateriles no dudaron en calificar de revolución... pero al revés. Todo lo dejó dispuesto para que Rajoy, continuador de esa particular forma de entender las políticas “proteccionistas” del ciudadano, sepultase a la clase media española en la miseria. La diferencia es que Zapatero hizo del disfraz un arte canónico y argumental y consiguió que sus votantes, angelitos con los ojos vendados, creyesen que en ese cuerpo habitaba un misterio insondable de la izquierda noblota y azañista. Y no: lo que había en bambalinas era la sicalipsis.
La bomba informativa de hoy tiene mucho de mal gusto, pero constituye la ilustración alegórica de la era Zapatero. Al final, como revelan las actas aventadas ahora en cumplimiento del Artículo IV, el providencialista Zapatero, hombre traspuesto que hizo del poder una actividad práctica personal, solo fabricó una oculta historia de amor resuelta en obediente bostezo.