“Los premios hacen a la gente más débil, más tonta y más vieja, por eso me dan un cierto miedo”. Parte de esta frase es rigurosamente cierta; al menos, en lo que atañe a su autor, Fernando Trueba. Buena prueba de ello fueron sus declaraciones al recoger el Premio Nacional de Cinematografía: “a mí, la palabra que más me gusta del diccionario es “nada” y luego “desertor”. Nunca he tenido un sentimiento nacional. Siempre he pensado que en caso de guerra, yo iría siempre con el enemigo. Qué pena que España ganara la Guerra de Independencia. Me hubiera gustado que ganara Francia. Nunca me he sentido español, ni cinco minutos. Siempre he estado a favor de las selecciones de los otros países, el único año que fui con la selección española fue cuando ganó el Mundial”. De Trueba puede decirse que donde pone el ojo, pone el taquillazo, pero en otro tipo de cuestiones tiene la vista algo regular.
Es lo que tienen los progres, tontería a espuertas y patente de corso para lucirla con orgullo e impunidad a partes iguales. En el caso de nuestro egregio director, luce tanto como el cheque de 30.000 euros que se ha llevado a la buchaca en un alarde de honestidad. Dinero, dicho sea de paso, proveniente de todos los españoles, ésos entre los que el avispado cineasta no quiere ser contado.
Tampoco es que Trueba pasara privaciones. Ha hecho excelentes películas, lo que le ha permitido vivir con bastante desahogo. Para ello, aparte de su innegable talento, han resultado de gran ayuda los más de 4 millones de euros en subvenciones que el tipo éste ha recibido… ¿Adivinan? Exacto, de dinero público. Pero no todo ha de regirse por parámetros económicos en la vida: sentir y opinar son gratis. Por ejemplo, sentirse bien con las victorias de la selección española de baloncesto en el último Eurobasket, o con los éxitos de Rafa Nadal por todo el mundo. Algo que el pobre Trueba tiene vedado, ya que no se siente español y afirma ir siempre con “los otros”. Qué cosas.
Opinar. Trueba seguramente tuvo tiempo para engrosar las filas del “No a la Guerra de Irak” -en la que España no pegó un solo tiro, dicho sea de paso- pero, en su opinión, es una pena que ganáramos la Guerra de la Independencia. De nuevo, un exceso de vista. La invasión napoleónica destrozó el país de arriba abajo. 300.000 españolitos perdieron la vida, pueblos y ciudades fueron arrasados y el tejido productivo quedó prácticamente reducido a escombros. Unas consecuencias funestas, que nos costaron el siglo XIX en su conjunto. Y Trueba iba con los franceses. Qué majete.
El cine español había dado un salto de calidad importante; eso es un hecho. Pero no lo ponen fácil. El perroflautismo de los Almodóvar, Bardem, Willy Toledo y compañía hace que Hollywood se convierta en la primera alternativa cuando de ver una peli se trata. Decía Voltaire que “la tontería es una enfermedad extraordinaria; no es el enfermo quien sufre por ella, sino los demás”. Y es verdad. Lo de sufrir a lo mejor es pelín exagerado, pero sulfurar, sulfura. Así pues, que los tontos -Trueba dixit- sigan recogiendo premios, que los demás seguiremos mirando de reojo a los que cortan el bacalao en el cine español.