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ESTRENOS

La camarera Lynn: candoroso sadomasoquismo

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
viernes 25 de septiembre de 2015, 13:31h
Actualizado el: 30 de septiembre de 2015, 08:30h
La camarera de Lynn, tercera película del alemán Ingo Haeb, llega este viernes a la cartelera española.

LA CAMARERA LYNN

Director: Ingo Haeb
País: Alemania
Guión: Ingo Haeb (basado en la novela de Markus Horts)
Reparto: Vicky Krieps, Lena Lauzemis, Christian Aumer, Steffen Münster, Christine Schorn.
Sinopsis: Ninguna camarera es tan obsesiva como Lynn Zapatek; su mundo transcurre totalmente dedicado a las tareas de limpieza que tiene a su cargo en el hotel Eden. Por aburrimiento, Lynn mantiene una relación sexual con el gerente, pero le interesa sobre todo conocer los secretos de los clientes y, para ello, husmea en la ropa y los objetos que guardan en los armarios o en sus maletas, las cosas y detalles que rodean sus vidas. Y para conocer todo ello se esconde debajo de las camas escuchando lo que sucede a su alrededor. Un día Lynn descubre a Chiara, una dominatrix que trabaja con clientes a los que somete a prácticas sadomasoquistas. Ese descubrimiento cambiará su vida.

Lo mejor: El equilibrio y su traducción a la imagen.
Lo peor: Algunas pausas excesivas y un retardo innecesario del punto de inflexión de la trama.

Quizás fue por aprovechar el tirón de primera fecha de estreno en nuestro país (prevista para el mes de febrero pero finalmente retrasada hasta este mismo viernes), muy cercana en el tiempo al blockbuster protagonizado por Dakota Johnson y Jamie Dornan, pero el caso es que La camarera Lynn ha llegado a los cines españoles con un latiguillo sacado de la reseña del Hollywood Reporter: “La respuesta alemana a 50 sombras de Grey. Y, si bien no está del todo desencaminada la cita, dará, sin duda, lugar a confusiones y, lo que es peor, a desilusiones. Que nadie pague una entrada de cine esperando encontrarse en el tercer trabajo del alemán Ingo Haeb un romance adolescente aderezado con porno blando. La referencia al sadomasoquismo, al disfrute del sexo de una forma poco entendida por el grueso de la sociedad, es en la camarera Lynn más una excusa para hablar de la aceptación de la diferencia en general que el ‘quiz’ de la película, como sí ocurre en la adaptación cinematográfica de la obra de E. L. James. Más que una respuesta, sería un contraargumento.

Lynn es una joven peculiar, solitaria, sin más lazos emocionales que una relación impostada y distante con su madre y esporádicos encuentros sexuales anodinos y mecánicos con su jefe; acude semanalmente a terapia por un problema psicológico que se elude especificar, pero sí se muestra abiertamente un trastorno obsesivo-compulsivo relacionado con el orden y la limpieza que, lejos de ser un lastre, la ayuda a ser la mejor en su trabajo como camarera de habitaciones en un hotel. Metódica y cuadriculada, Lynn se permite pequeños placeres en la intimidad de los cuartos vacíos: husmear en los objetos de los huéspedes y ponerse su ropa en un acto impulsivo a medio camino entre el fetichismo y la necesidad de sentir la normalidad de otras vidas que no encuentra en la suya propia. Cuando el registro de equipajes se le queda corto, Lynn empieza a espiar a los clientes, pasando noches enteras bajo las camas de las habitaciones, asistiendo a pedazos de existencia como si observara una película, sonriendo o aburriéndose, según el caso, sólo que con una perspectiva reducida a los pies y las pantorrillas de sus protagonistas. En una de sus incursiones ‘voyeuristas’ asiste a una sesión de dominación. De pronto, el sexo asociado al dolor la cautiva y se convierte en cliente asidua de la 'dominatriz' Chiara.

El trabajo de Haeb juega a la seducción, a la insinuación con dos o tres apuntes más explícitos rodados con elegancia. Activa constantemente el fuera de campo y tira de encuadres siempre cargados de sentido. La mayor fortaleza de la cinta radica en un equilibrio prácticamente inexplicable entre la candidez de la protagonista -tímida, dulce, armoniosa- y el instinto reprimido que pesa como una losa. Lynn viene a ser una Amélie con gustos sadomasoquistas. Y todo en la puesta en escena está diseñado para reforzar este extraño contraste, como los colores de la imagen, de base fría y aséptica –grises, azules- con notas de calor en objetos amarillos o naranjas.

En realidad, la cinta es el retrato de un personaje perdido, que se siente extraño en un mundo cuya homogeneidad la expulsa hacia unos solitarios márgenes. La cinta es el recorrido emocional de Lynn al descubrir otras extrañezas, otras personas que habitan en esas orillas de la normalidad. Al final, la aceptación de la diferencia.

Con un ritmo pausado y una atención extrema al detalle –como la de su obsesiva protagonista-, La camarera Lynn no es una cinta para todos los públicos. Su disfrute requiere paciencia y una mirada analítica con ganas de desentrañar la complejidad del personaje.
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