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La cuestión del centro

lunes 02 de junio de 2008, 22:00h
Uno de los más sorprendentes aspectos del debate precongresual en que está inmerso el Partido Popular es la pretensión de algunos de los enmendantes de la ponencia política de suprimir la definición del partido como de “centro reformista”. Aunque no creo que lo hayan dicho expresamente, esa propuesta supone llevar de nuevo el partido a la etapa previa a la refundación, como si se quisiera recuperar la vieja Alianza Popular, partido netamente de derechas y con inocultables nostalgias franquistas. Quienes participamos en el proceso refundacional entendíamos que era necesario llevar aquel viejo partido al centro sociológico e ideológico, esto es conectar con los sectores más modernos, más jóvenes y abiertos a las novedades de la sociedad española, con las clases profesionales y urbanas, al tiempo que se asumían proyectos de reforma e innovación que España necesitaba para ponerse a la altura del tiempo. Además, sólo así se podría poner el partido en condiciones de ganar en las elecciones, superando de una vez el 25-26 por ciento de los votos, barrera que parecía imposible superar desde los supuestos aliancistas. Los instrumentos sociológicos de análisis, como las escalas de autoubicación política, confirmaban que no había otra vía para dejar de ser un partido testimonial y ponerse en condiciones de llegar al poder.

Había algunos respetables miembros del partido que ya entonces se oponían a la definición centrista, con el argumento de que se sentían fieles a su condición derechista o conservadora. Mi punto de vista era que, con esa actitud, no se ganarían nunca las elecciones. Aznar lo había entendido rápidamente y el Congreso de Sevilla (1990), en el que asumió formalmente la presidencia, ya tuvo como lema “Centrados en la libertad”. Y en aquella ponencia política ya se decía que sólo así el partido superaría la barrera del 30 por ciento, indispensable para ganar unas elecciones. A partir de ahí se profundizó en esa definición y Aznar formuló el concepto de “centro reformista”, que hizo del PP una clara y creíble alternativa de gobierno, que ejerció después durante ocho años y con incuestionables beneficios para España. Este “viaje al centro” permitió, además, que el partido fuera capaz de integrar en su seno las diversas corrientes del centro y la derecha: liberales, conservadores, democristianos, centristas, etc. Un éxito contemplado con admiración por los partidos europeos similares, a menudo divididos entre centristas y derechistas de diversos matices, para satisfacción de sus adversarios de la izquierda.

Lo que pretende hacer Rajoy, tal y como yo lo veo, no es otra cosa sino mantener aquel espíritu integrador y “centrado” de la refundación, que hizo del PP un partido de gobierno y que, desde entonces, ha sido su principal seña de identidad. Al mismo tiempo, Rajoy intenta superar el aislamiento en que el partido se ha visto encerrado, por diversas circunstancias -la principal la antidemocrática voluntad de sus adversarios- desde hace unos cinco años. Lo que no tiene ningún sentido es aceptar pacientemente la “tinelización” decidida por los adversarios, convirtiéndose en activos propulsores de la misma. Nos quieren aislar, hagámosles la tarea fácil aislándonos nosotros mismos. Y todo ello en nombre de una pretendida fidelidad a unos principios a los que nadie ha renunciado ni va a renunciar. Y lo que resulta intolerable es que se afirme que quien no se oponga a este mantenimiento en la identidad de centro es por que se está rindiendo. No se sabe muy bien a quién. Rajoy ha apostado por el diálogo con todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria. Pero el diálogo no se puede equiparar a ningún tipo de entreguismo porque, como dejó muy claro el otro día en Valladolid, tras el diálogo se puede llegar o no a acuerdos. Y en ningún caso los principios en los que se basa el PP no van a ser nunca objeto de venta ni de trueque a cambio de ninguna presunta ventaja política. Como ha señalado el mismo Rajoy, en ejemplo bien expresivo, nunca retiraría el PP el recurso de inconstitucionalidad contra el estatuto de Cataluña, aunque algún partido se lo pidiera como condición para dialogar o pactar.

Los resultados de las elecciones del 9 de marzo muestran, por otra parte, que el eventual y necesario crecimiento del PP sólo puede venir de los sectores del electorado situados más al centro. Renunciar a la definición de centro reformista sería una estrategia negativa que alejaría al partido de sus potenciales fuentes de crecimiento. No es siquiera una opción estratégica es simplemente sentido común.
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