La era del Pacífico
jueves 08 de octubre de 2015, 08:18h
Los grandes cambios son fruto de infinidad de pequeñas acciones encaminadas en un mismo sentido. Pero también de los grandes actos que aceleran la marcha de las cosas. El Acuerdo Trans Pacífico es uno de estos grandes pasos. Unirá, en un amplio concierto de normas para la eliminación de las barreras al comercio, a doce naciones. Entre ellas están los Estados Unidos, Canadá, Japón, Nueva Zelanda y Australia, países todos ellos que han crecido abriéndose al mundo, y que conocen bien los beneficios del comercio. También forman parte del TPP, como se le llama por sus siglas en inglés, otros países que no han dudado en integrarse en el camino hacia el progreso, como son Perú, Chile o Méjico en Iberoamérica, Malasia, Singapur, Brunei o Vietnam en Asia.
China en la gran ausente. No asiste al acuerdo en parte por su decisión de manipular su moneda sin consensuar su política con sus socios comerciales. En términos más generales, porque China quiere que el acuerdo siga sus propias reglas, y no las que ha logrado consensuar los Estados Unidos. Además, otros países de América, como Brasil, Argentina o Venezuela, quedan fuera de este acuerdo en el que encajarían geográficamente, porque políticamente han optado por el sendero contrario.
Década a década, los aranceles han ido reduciéndose, en gran parte por los esfuerzos de la Organización Mundial del Comercio y sus antecesores. Pero el comercio se ha visto entorpecido por otro tipo de barreras, relacionadas con la regulación. Éstas protegen intereses muy determinados, que no son los de la población en general, y reducirlas es mucho más difícil, políticamente.
El Atlántico, que ha estado en el centro de la política mundial desde el desembarco europeo en América, está cediendo su posición privilegiada al Pacífico. Es una nueva era. Este no es un juego de suma cero, en el que unos pierden lo que ganan otros. El comercio beneficia a todas las partes. Pero es cierto que Europa no sabe o puede seguir la estela de Asia, que no tiene miedo a tocar todas las teclas del progreso. Este acuerdo es positivo para todos los que participan en el mercado global, no sólo para sus firmantes. Pero para Europa supone un motivo más para plantearse qué dirección quiere tomar en las próximas décadas para no ocupar una posición de segundo orden, que no le corresponde.