Facebook, Twitter, Google, Youtube, son monstruos voraces que hay que alimentar. Así que todo el mundo llega allí con la voluntad de dar lo mejor o lo peor de sí mismo.
Un joven cineasta comparte su nuevo cortometraje en las redes sociales, y en seguida alguien comparte un chiste gráfico, otro una noticia, alguien más promociona su trabajo, a continuación pueden verse las fotos de una escapada de fin de semana, algún comentario ingenioso y, en apenas un instante, todo ha quedado engullido por el gran maremágnum de la información.
Siempre hay un amargado, claro. Jonathan Franzen, que es un señor que escribe grandes tochos decimonónicos y al que la crítica considera uno de los grandes novelistas norteamericanos, acaba de lanzar al mercado ‘Purity’, un ataque frontal contra las redes sociales.
Lo de combatir la ligereza del multiforme mundo del internet social con un arma tan antigua y analógica, tan individualista, tan lenta como una novela, puede ser una genialidad o un desastre. En todo caso, un encontronazo de las capas de la historia, como en aquella carga de la caballería polaca contra los tanques alemanes durante el ‘Blitzkrieg’.
Franzen opina que estamos trabajando gratis para las redes sociales. Al querer construir una reputación en las redes sociales, al compartir nuestra imagen, nuestro trabajo, nuestras fotografías, reflexiones y anhelos, estamos llenando de contenido –de ‘big data’- las arcas de grandes empresas privadas.
Así lo dice a la prensa, que ha encontrado en el novelista a un opositor, a una voz diferente a la que preguntar. De hecho, hay quien opina que tras la postura antiredes sociales de Franzen hay también mucho marketing.
Al otro lado del desigual cuadrilátero, Mark Zuckerberg, causaba esta semana un gran revuelo al ampliar en Facebook el famoso de botón de ‘me gusta’ con otros, en forma de emoticonos, que recuerdan a las emociones personificadas de la última película de Pixar, ‘Inside-out’.
Facebook tendrá valor mientras los usuarios tengan ganas de seguir compartiendo sus vidas a través de Facebook. Volkswagen sigue en la cuerda floja debido al trucaje de sus motores, pero los coches que fabrica la firma y sus filiales –Audi, Seat, Skoda, Bentley, Porsche, Bugatti, Lamborghini, los camiones MAN, los Scania- siguen funcionando en las calles, en las carreteras y en las autopistas. Y, sin embargo, la capitalización bursátil de Facebook es casi cinco veces mayor que la de Volkswagen.
Facebook vale en Bolsa –lo acabo de comprobar en ‘Google Finance’, que también trabaja ‘gratis’ para mí- más de 262 mil millones de dólares.
El creador de Facebook, ese hombre para el que, según Franzen, todos trabajamos gratis, respondía a la pregunta de cuántas horas trabajaba al día. Decía algo así como que Facebook era su vida, que hasta en sueños seguía trabajando. Hablaba de reuniones, de lecturas... Y luego, lo que es trabajo de oficina, "no más" de 50 o 60 horas semanales.
Ya se sabe que las opiniones sobre el trabajo van cambiando mucho a lo largo de la historia. En pleno Renacimiento italiano, al padre de Miguel Ángel le parecía mal que su hijo, siendo de buena familia, trabajara con las manos, esas manos que cincelaron el David y pintaron la Capilla Sixtina.
En los tiempos del paro, el prestigio social del trabajo ha aumentado mucho. Lo importante no es tanto la remuneración, sino trabajar. Y compartirlo mucho en Facebook o donde sea.