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NOVELA / CRÓNICA

Svetlana Alexiévich: Voces de Chernóbil

domingo 11 de octubre de 2015, 19:20h
Svetlana Alexiévich: Voces de Chernóbil

Traducción de Ricardo San Vicente. Debolsillo. Barcelona, 2015. 408 páginas. 11,95 €. Libro electrónico: 7,99 €. Con el Premio Nobel de Literatura 2015 se reconoce el periodismo literario. El único libro traducido al español de la escritora bielorrusa da testimonio de la historia omitida de esa terrible catástrofe nuclear.

Por Carmen R. Santos

Por muy impactantes que resulten algunos sucesos, acaparan la primera plana de los medios de comunicación un tiempo limitado y no siempre pueden abordarse mediante todos los elementos que puedan entrañar. Recoger e informar puntualmente de la actualidad exige una maquinaría frenética que ha de ser alimentada sin parar. Pero el propio periodismo tiene otras vertientes que permiten ir más allá de ese día a día de la actualidad que inevitablemente manda. Entre ellas, una de las que brinda más posibilidades es el periodismo literario en un fértil cruce entre dos miradas, la periodística y la literaria, que en ese híbrido se complementan a la perfección. Un género que cuenta con grandes maestros como, entre otros, los norteamericanos Truman Capote, Tom Wolfe, Gay Talese -impulsores del denominado “nuevo periodismo”-, los argentinos Tomás Eloy Martínez y Martín Caparrós y el polaco Ryszard Kapuscinski. Este último recibió en 2003 el Premio Príncipe de Asturias -hoy Princesa de Asturias- de Comunicación y Humanidades, con lo que este prestigioso galardón instituido en nuestro país apoyó ese género, sin duda tan atractivo como imprescindible. Parece ser que la Academia sueca tenía la intención de premiar a Kapuscinski en 2007, pero la muerte se lo llevó antes de su fecha de concesión. Ha pasado bastante tiempo, pero, ahora, por fin, el Nobel de Literatura, fallado este jueves 8 de octubre, reconoce por vez primera este tipo de periodismo en la figura de Svetlana Alexiévich.

Así el máximo galardón de las letras se suma a otros obtenidos por la escritora bielorrusa, como el Ryszard Kapuscinski, el Herder, el del Círculo de Críticos de Estados Unidos, el de la Paz de los Libreros Alemanes y el Medicis. Svetlana Alexiévich nació en 1948 en Stanislav -hoy Ivano-Frankivsk- en la Ucrania dominada por la Unión Soviética, pero se crió en Bielorrusia, también controlada por la URSS. Sus padres eran profesores y ella ejerció esta profesión durante un tiempo, combinándola con su dedicación al periodismo, disciplina que estudió en la Universidad de Minsk, capital de Bielorrusia. Finalmente, se decantó por el periodismo en el que hoy sigue volcada en la revista Nasha Niva, en Minsk.

Curiosamente, este domingo 11 de octubre se celebran elecciones en Bielorrusia, que con toda probabilidad darán un quinto mandato al régimen autoritario de Alexander Lukashenko, con el que Svetlana Alexiévich es muy crítica, al igual que con todo el mundo ruso, o mejor, como ella misma ha matizado, con una parte de ese mundo, su parte más siniestra: “Amo y respeto el buen mundo ruso, el humanista, el del ballet, la literatura, la música. Pero no me gusta el de Beria, el de Stalin, el de Putin”. Así, aunque el presidente de Bielorrusia la ha felicitado -no inmediatamente, sino después de varias horas de conocerse la noticia-, sus libros se leen de manera clandestina en el país, y el Kremlin ha arremetido contra ella por acusarlo sin ambages de azuzar el conflicto ucraniano.

Si Alexander Solzhenitsyn -Premio Nobel 1970- nos puso ante el horror del Archipiélago Gulag, toda la obra de Svetlana Alexiévich es una enmienda a la totalidad del sistema comunista de la URSS, que vendía el paraíso para sumir a sus habitantes en el infierno. Como infierno es el que recuerdan estas Voces de Cherbónil, el único libro traducido hasta el momento al español que la flamante Premio Nobel escribió en 1997 y actualizó y revisó en 2005. Habló con damnificados y con familiares de las víctimas mortales, con extrabajadores de la central, con científicos, con médicos, con soldados, con evacuados, con residentes ilegales en zonas prohibidas. Se encontró con aquellas “personas para las cuales Chernóbil representa el principal contenido de su vida, cuyo interior y cuyo entorno, y no solo la tierra y el agua, están envenenados con Chernóbil. Estas personas contaban, buscaban respuesta. Reflexionábamos juntos”. A una nota histórica, donde se vierten informaciones sobre la catástrofe ocurrida en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin de la ciudad de Chernóbil el 26 de abril de 1986, le sigue “Una solitaria voz humana” y una “Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida y sobre por qué Chernóbil pone en tela de juicio nuestra visión del mundo”. Después, más de cuarenta testimonios en los que toman la palabra aquellos a los que se quiso silenciar y a quienes se mintió: “Nos han engañado. Nos prometieron que regresaríamos a los tres días. Dejamos la casa, el baño, el pozo y el viejo jardín. Por la noche, antes de partir, salí al jardín y vi cómo se habían abierto las flores. Por la mañana cayeron todas. Mi madre no pudo soportar la evacuación”.

Todo conforma una obra que nos sitúa ante sentimientos e historias a flor de piel, en carne viva, como la de la mujer de uno de los bomberos fallecidos que acudió a sofocar el fuego: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto”. Estremecedor relato de dolor, pero también de amor, con esa esposa a quien una enfermera le dice: “No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre la sensatez”. Y esos sentimientos se aglutinan con reflexiones donde descubrimos, en un eco de Hannah Arendt, que, como dirá Svetlana Alexiévich, “es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror”.

En este y en otros libros de Svetlana Alexiévich, como La guerra no tiene rostro de mujer -sobre las mujeres que de una manera u otra combatieron en la II Guerra Mundial-, o Los muchachos de zinc -esos cuyos cuerpos llegaban en un ataúd de ese material tras participar en la guerra de Afganistán-, nos sumergimos en una intrahistoria donde, sin duda, se aprecia ese “monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”, como ha resaltado la Academia sueca. “Me dedico -explica la escritora en esa entrevista consigo misma incluida en Voces de Chernóbil- a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma”.

Y lo hace a través de una compleja, pero muy accesible, escritura polifónica que desborda la crónica o la historia oral entendidas de manera más común y convierte a Alexiévich en una cronista única y especial de las profundas grietas del sistema soviético, cuyos estigmas, según advierte Svetlana Alexiévich, son aún muy potentes. Los sellos Debate y Acantilado han anunciado que publicarán en nuestro país otros dos libros de la nueva Premio Nobel: La guerra no tiene rostro de mujer y El fin del Homo Sovieticus, respectivamente.

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