Benjamin Netanyahu tomaba ayer medidas extraordinarias para impedir que palestinos radicales sigan atentando contra ciudadanos israelíes. En esta ocasión no hay matices ni dobles interpretaciones posibles: toda la tensión que se vive estos días es responsabilidad única del lado palestino. Las imágenes hablan por sí solas: atropellos de peatones inocentes o apuñalamiento de los viajeros de un autobús o de simples viandantes no pueden tener justificación alguna.
Parece que esta vez la violencia cuenta con dos variables más o menos novedosas: la actividad radical en las redes sociales e, íntimamente relacionado con ello, la influencia del IS. De hecho, miembros del Estado Islámico ya han mostrado en más de una ocasión su malestar por cómo la autoridad palestina planta cara a Israel, exigiendo más “sangre”. Sea como fuere, la situación está muy lejos de hallarse bajo control, y todo parece indicar que así seguirá los próximos días.
Mahmud Abbas desde Cisjordania y Hamas desde Gaza pueden intentar pararlo, cosa que de momento no han hecho. La autoridad palestina debería entender que apuñalando y atropellando a ciudadanos israelíes no se consigue más que repulsa y reacción por parte de quienes -con toda la razón- se sienten agredidos. Y los que condenan a Israel cuando comete algún exceso deberían hacer ahora lo propio con los palestinos.