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TRIBUNA

Las lágrimas del speaker

Alfonso Cuenca Miranda
viernes 16 de octubre de 2015, 20:33h

Cuando el pasado 24 de septiembre, en el balcón del Congreso estadounidense desde el que el Papa Francisco saludaba a la multitud congregada en el Mall, nos llamaban la atención las lágrimas difícilmente reprimidas del personaje ubicado a su izquierda, elSpeaker (Presidente) de la Cámara de Representantes, John Boehner, pocos podían sospechar que apenas horas más tarde el panorama político norteamericano se sacudiría con la noticia de su dimisión. Efectivamente, en rueda de prensa convocada por sorpresa, el que ha sido Presidente de la Cámara durante cinco años anunció su renuncia al puesto. Como trasfondo (o causa) la revuelta de un sector de la mayoría republicana descontenta con la supuesta tibieza del Speaker en el enfrentamiento con la Casa Blanca, especialmente en casos como el techo de gasto y el denominado shutdown, la financiación de los programas de control de la natalidad o la reforma sanitaria. Ante una moción de censura presentada en julio por un representante republicano, y próxima su votación, Boehner ha preferido “no hacer pasar a la Cámara por dicho trance”, además de no ahondar en la división de un partido algo revuelto en vísperas de la nominación del candidato en la carrera a la Casa Blanca, ya que únicamente hubiera podido salvar la presidencia con el apoyo de parte de los demócratas (algo que hubiera ocurrido con gran probabilidad).

Lo primero que sorprenderá a un observador europeo no avezado en las peculiaridades del sistema político estadounidense es la importancia conferida a la noticia al otro lado del Atlántico, muy lejos de la que se otorgaría en el Viejo Continente a una similar que afectara a los Presidentes de las Cámaras. Y es que el Speaker de la Cámara de Representantes es la segunda figura en importancia política del país. En tanto que en Europa el cargo de Presidente de una asamblea parlamentaria no se encuentra entre los políticamente más codiciados (comparado, por ejemplo, con el de Ministro), siendo su virtualidad principal la representativa, en Estados Unidos el puesto se halla entre los más ambicionados e influyentes de todo el cursus honorum, pues el mismo entraña un poder efectivo muy determinante en el engranaje político norteamericano.

El cargo aparece reflejado en la Constitución de Filadelfia de 1787, creándose dos años más tarde con la entrada en funcionamiento de las recién nacidas Cámaras federales. La importancia del mismo se irá acrecentando a la par que la de la propia Cámara. Será uno de sus presidentes, Henry Clay, quien personifique como pocos el nuevo poder. Así, durante su mandato diseñó muchos de los caracteres del cargo, siendo su papel muy activo en la declaración de guerra a Inglaterra en 1812 y años más tarde (1825) en la designación por la Cámara de John Quincy Adams como Presidente federal en detrimento de Andrew Jackson (ante la falta de mayoría suficiente de ningún candidato en el colegio electoral). Los Speakers de finales de siglo terminarán de dar el carácter definitivo a la figura, destacando Thomas Reed, quien con determinación aprobaría las normas que acabaron definitivamente con el filibusterismo en la Cámara Baja, y Joseph Cannon, cuyo dominio omnímodo de todos los resortes de la Cámara le granjearía el apodo de “zar”. Precisamente, el poder concentrado por este último (nombraba libérrimamente todos los miembros de las Comisiones, por citar un ejemplo) provocaría la importante reforma de 1910 por la que muchas de su facultades serían ejercidas en adelante por la Comisión de Normas (Committee on Rules). Con todo, a partir de entonces seguirá siendo elevada la relevancia del puesto en el equilibrio o juego de poderes del sistema político estadounidense (especialmente tras la reformas de mediados de los 70 por las que el Speaker recuperaría algunas de sus anteriores competencias), cabiendo destacar las presidencias de Rayburn (clave en la aprobación parlamentaria del programa social de Franklin Roosevelt y Truman), O´Neill (firme opositor a las políticas de Reagan) o Gingrich (quien, a mediados de los 90 llevaría a cabo desde la Cámara la importante revolución republicana encarnada en el célebre “Contrato por América” e impulsaría el frustrado impeachment de Clinton).

Como se ha señalado, las atribuciones del Speaker de la Cámara son muy amplias, desconocidas en otras latitudes. Así, se trata de un cargo de ejercicio político-partidista, a diferencia de su configuración en otros países como cargo fundamentalmente representativo-protocolario y neutral en su ejercicio. En Estados Unidos su papel es decisivo: delimita la agenda, teniendo un control muy relevante sobre las materias sometidas a debate y, en especial, sobre los tiempos y orden de tramitación de los asuntos. En un Derecho Parlamentario tan “procedimentalizado” como el norteamericano (más cercano en este punto al “foro” que a la flexibilidad propia de los Reglamentos de los Parlamentos de otros países, pudiéndose hablar al respecto de un “derecho parlamentario de abogados” para caracterizar al primero) el poder del Speaker, por paradójico que en principio pudiera parecer, es mucho mayor que en otros sistemas, dado que concentra las facultades de interpretación y aplicación de las normas (Rules). Por todo ello, el puesto analizado es clave respecto a la posibilidad de llevar adelante u obstruir un programa legislativo o, más ampliamente, una agenda política.

La dimisión de Boehner tiene mucho que ver con ello, ya que se le ha acusado por parte del “Freedom Caucus” (organización que agrupa a los 40 congresistas más conservadores, incluido el célebre Tea Party) de no emplear todo el arsenal a su disposición para entorpecer la agenda Obama y poner sobre la mesa las propuestas más conservadoras. Con todo, como recordaba días atrás un célebre analista, Boehner ha abanderado importantes medidas republicanas, como el recorte del gasto público o el mantenimiento de las rebajas fiscales de Bush hijo. En cualquier caso su presidencia se recordará por haber puesto freno a las famosas “earmarks” (o medidas singulares de gasto, aprobadas, generalmente, para favorecer a las circunscripciones de congresistas, a cambio de su apoyo en las leyes más importantes) y, especialmente, por haber descentralizado la programación e impulso legislativos en favor de las Comisiones, favoreciendo el aumento significativo del número de iniciativas de todo tipo producido en la Cámara (así como de los días y horas de trabajo). En definitiva, Boehner ha combinado, con sabia maestría, la oposición más férrea a determinadas medidas de la Casa Blanca con la colaboración institucional imprescindible para sacar adelante medidas de Estado.

A partir de la renuncia de político de Ohio se ha desencadenado un drama o vodevil político, como se prefiera, claro exponente del momento en que se halla la política estadounidense. La retirada de la candidatura del sucesor natural, el líder de la mayoría McCarthy, la falta de candidatos de consenso entre los republicanos y las renuencias iniciales de Paul Ryan como candidato respetado por todos, arroja sombríos nubarrones sobre el partido republicano y, más allá, sobre el futuro político del país en los próximos meses. Hay que remontarse a 1855 y 1859 para rememorar una situación semejante, ocasiones en que se tardó más de dos meses en elegir al Speaker debido también a la división del entonces naciente Partido Republicano. La primera potencia mundial no puede permitirse el lujo de tener vacante (Boehner sigue en funciones, en tanto no se elija a su sustituto, pero obviamente capitidisminuido) un puesto de vital importancia ante decisiones trascendentales como la aprobación del límite de deuda en un mes (y la posibilidad, en caso contrario, del temido “default”) o el eventual cierre federal un mes más tarde. Con todo, las peores noticias son, de momento, para los republicanos. A pesar de contar con la mayoría en la Cámara más holgada desde la presidencia Hoover, el partido del elefante se encuentra ante un momento crucial de su historia reciente, ya que se juega continuar siendo un partido de gobierno o la atomización ante las demandas del sector más conservador-libertariano del mismo (el más activo y “fresco”, por otra parte). Esa lucha entre las dos concepciones se observa ya en la carrera hacia la nominación republicana a la Casa Blanca, con un Trump que amenaza con llevarse por delante el tradicional programa y al propio establishment republicanos. No obstante, conviene no olvidar que en el pasado también se ha producido en los meses previos a unas presidenciales un ruido semejante, imperando finalmente “cauces de mayor normalidad”.

A los republicanos les conviene en todo caso pasar página cuanto antes al episodio congresual. Ryan sigue siendo hoy por hoy el candidato ideal. Prueba de su firmeza es la condición que parece haber exigido de salir elegido con el consenso de todos los republicanos, sin adquirir a cambio compromisos previos con ningún grupo. El desenlace final en los próximos días, estando prevista la votación por el Pleno de la Cámara para el 29 de octubre.

Las lágrimas a las que nos referíamos al comenzar estas líneas tuvieron su causa más probable en el firme catolicismo del Speaker Boehner, en unión de su reconocida fácil propensión al sentimentalismo. De hecho él mismo admitió que el encuentro con Francisco le determinó a adelantar una decisión tiempo atrás tomada, añadiendo que el Papa le pidió que rezara por él, algo que sin duda habrá hecho. Seguramente, junto a ello, también habrá orado por la resolución pronta e incruenta de la crisis abierta. De que sus plegarias sean o no atendidas depende buena parte de lo que Estados Unidos (y el mundo por añadidura) sea en los próximos meses.

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