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'TIRO CON ARCO'

Costumbrismo y moralismo en el Primark

domingo 18 de octubre de 2015, 16:41h

Me pregunta una amiga que sobre qué voy a escribir este domingo y le digo, medio en broma, que sobre el Primark de Gran Vía. “Pues se te han adelantado los de El Mundo Today”, me contesta. “¡Se me ha adelantado todo el mundo!”, le respondo, “menudo departamento de marketing deben de tener para convertir la apertura de una tienda en todo un acontecimiento cultural”.

Además, y esto me lo guardo para mis adentros, “estos tíos no me consideran ni ‘influencer’ ni nada, que no me han invitado a la preapertura, paso de hacerles publicidad”. Ya saben, los ‘influencers’ o ‘prescriptores’, para nombrarlos en castellano, son esa gente en Internet, sean actores de moda, sean señoras anónimas que desembalan productos del supermercado, que arrastran masas, cambian nuestras precepciones, nuestros puntos de vista y nuestro hábitos (nuestros hábitos de consumo, se entiende) a golpe de viralidad.

Que Primark ahora mola lo sabemos porque la gente que mola dice que mola.

Así que le contesto a mi amiga: “bah, paso”. Y ella me dice: “Pues Larra escribiría sobre el Primark”. Ella siempre fue muy fan de Mariano José.

En fin, que en seguida se me pasó la idea de escribir sobre la tal nimiedad, una tienda de ropa low-cost. Conforme transcurría el fin de semana me iba cargando con otras cosas, otras experiencias y sensaciones y ya me veía escribiendo sobre lo realmente importante: el paro, la crisis, los recortes y, ya más envalentonado, sobre el hambre, las guerras, la esclavitud…

Este domingo, a mediodía, comenzaba a caer sobre Madrid una lluvia muy fina pero constante y yo apretaba el paso hacia casa. Por la calle de la Salud veo una placa: “Aquí nació Ramón de Mesonero Romanos, cronista de la Villa de Madrid”. En seguida llego a la Gran Vía, siempre rutilante y cosmopolita. Ahí está el Primark. ¿Y si entro a ver?

Me doy cuenta de que hay una enorme cola para acceder al recinto. Ya con curiosidad, me dedico a seguir la sinuosa fila de personas que esperan para entrar a la tienda, y que recorre las callejas laterales hasta llegar a la plaza de la Luna.

Bajo la lluvia, la cola permanece detenida. Algunos llevan paraguas, otros no.

Me digo que es una pena que ya no estén de moda los artículos costumbristas que escribían Larra o Mesonero-Romanos. Sin duda tendrían material con estas nuevas estampas madrileñas.

En todo caso, en el costumbrismo hay mucho de moralismo. ¿Por qué me habría de parecer mal que la gente espere bajo la lluvia para entrar en una tienda de ropa, que las tiendas de ropa sean algo así como las nuevas discotecas de moda?

Sirva esta columna como testimonio de la reactivación del consumo, aunque, eso sí, sea un consumo ‘low-cost’.

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