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TRIBUNA

Goethe, nuestro contemporáneo

Juan José Solozábal
martes 20 de octubre de 2015, 19:05h

Esta biografía magistral de Goethe de Rúdiger Safranski (Goethe, la vida como obra de arte, un libro elegante, atractivo de leer y concienzudo en su documentación, según Jeremy Adler en el TLS ) es bastante antiorteguiana, pues está presidida por un intento de salvar la unidad de Goethe, presentándonos un Goethe de una sola pieza, “que nos enamore”, dice Ijoma Mangold in Die Zeit. La vida y la obra del genio alemán se muestran sin contradicciones o incluso diría sin tensiones, recuperando el Goethe del pedestal que resultaba sospechoso en la época de Bismark, a quien la alemanidad de Goethe le parecía tibia, y no digamos de la generación del 68, que consideraba a Goethe un oportunista, que prefería la institución a la libertad, cuya divisa fue “prefiero cometer una injusticia a soportar el desorden”, y que apuntaló el régimen aristocrático frente a la revolución. Ortega (Vives-Goethe, Madrid 1961) quería rescatar a Goethe de los filólogos, decía, esto es, entenderlo mas allá de su condición de poeta, y denunciar, como falsa, su imagen serena : de viejo, nos cuenta nuestro filósofo, Goethe le confiesa a un amigo que desde su regreso de Italia con treinta y nueve años, “no había pasado un solo día feliz”.

Es cierto que Goethe no rehuyó la idea escindida de sí mismo y tampoco dejó de registrar la fatalidad del desaliento vital. “Dos almas habitan en mi pecho-Zwei Seelen wohnen,ach /in meiner Brust-” y es muy difícil entender la vida con coherencia. “La vida humana tiene un comienzo y tiene un desenlace, pero no podemos decir que sea un todo” En 1779, anota el poeta, “puesto que la mitad de la vida ha pasado ya, veo en este momento que no he recorrido ningún camino, sino que más bien, estoy solamente como uno que se salva del agua y al que el sol empieza a secar benéficamente”.

Safranski capta, con su habilidad para las citas precisas, el atractivo de Goethe, que es verdaderamente nuestro contemporáneo: “amamos solamente lo individual; de ahí la gran alegría por los retratos, las confesiones, las memorias, las cartas y las anécdotas de los difuntos, incluso de hombres insignificantes”; y, de su mano, apreciamos el esfuerzo de Goethe por, al menos en el terreno personal, liberarnos de lo convencional o establecido si se trata de encontrar la felicidad. Hasta Werther la exteriorización del alma estaba reglamentada por las iglesias y la moral pública, pero había que poder expresar todo lo que uno llevaba en el corazón. El individuo es lo verdadero. Lo que ocurre es que lo que uno es, es lo que uno puede hacer, esto es, la realización de su proyecto en las cosas, pues vivir es actuar: “la necesidad de mi naturaleza, dice Goethe, me obliga a una actividad múltiple, e incluso en el pueblo más pequeño y en una isla desierta debería estar activo en alguna medida, aunque solo fuera para vivir”. “Contra el dolor y la desesperación solo ayuda la actividad”. Solo merece la pena el actuar reflexivo, esto es, la poiesis; pero lo que hacemos nos sirve para conocernos y que nos reconozcan los demás, pues el conocimiento de uno mismo llega por el rodeo a través del mundo.

Goethe se proyectó en una serie impresionante de labores: poeta, ministro de hacienda, y de obras públicas en el gobierno del Ducado de Weimar, físico, naturalista: en todos los campos se mostró como gran virtuoso, con una capacidad pasmosa que podía orientarle a la ligereza y devenir, en reacción ante ella, en cierto hieratismo o altivez. Llama la atención la actitud que observó en todos sus menesteres, lo que Safranski llama su pureza. La idea de pureza se refiere al cumplimiento concienzudo de cada tarea, esto es, a lo pertinente para cada cosa; y en lo personal presenta un aspecto ascético: disciplina, control de sí mismo, renuncia; o sinceridad. Desde el punto de vista objetivo la obra bien hecha a lo que lleva es al orden, que resulta cuando cada uno actúa solidariamente, desde su posición respectiva, con los demás: limpiando el umbral de su casa.

Se entiende perfectamente que esta vocación de mundo en Goethe encantase a Ortega. Goethe era consciente de su distanciamiento en las cosas del idealismo alemán tan abstracto y ensimismado, más atento al poder conocer que al mismo conocimiento, a la categoría o potencia que al resultado. “Por lo demás los alemanes son gente sorprendente. Se hacen la vida más difícil, decía a Eckermann, que adecuada con sus profundos pensamientos e ideas, que buscan por doquier y en todas partes. Ay, tened el coraje de entregaros a las impresiones y las emociones…No penseis que todo es vano si no lleva consigo algún pensamiento o idea de tipo abstracto”. La actividad como capacidad transformadora del ser humano había llevado a la expulsión de Dios de la vida de los hombres. La pasión antaño dirigida a Dios se ha convertido en pasión por explorar el mundo y dominarlo, aunque, como advierte Mefistófeles, no hay que olvidar que el hombre “puede ser más animal que cualquier animal”. Con todo dice Fausto que el hombre “esté firme y mire a su alrededor, este mundo no es mudo para quien tiene habilidad.¿Qué ha de fantasear en los reinos de la eternidad”.

Un poco ingenua esta idea de Goethe que expulsa el mal y el pecado del hombre. No sabemos que habría pensado de haber vivido en el horroroso siglo XX. Pero, como dice Safranski, “los sentimientos de culpa le resultan mas bien extraños, no necesita ningún redentor extraterrestre”. El recurso a la actividad no solo es una necesidad filosófica o antropológica sino vital. Goethe, como captara Ortega, se vio tentado por la melancolía, el perro negro acuciante de que hablara Samuel Johnson: el tedio vital era el resultado de la vaciedad de la existencia, así como de su reiteración y monotonía; aunque hay otra variedad del tedio que es el que surge ante la plenitud fácil, ante el hecho de que el genio lo consigue todo lúdicamente, sin resistencia. Goethe durmió durante mucho tiempo con un puñal en la mesilla, por si la tentación del suicidio era irresistible. De ello le salvó la actividad, la dedicación febril a la composición de Werther.

El libro de Safranski que ofrece un caudal inagotable de citas, ya lo he dicho, es muy interesante para estudiar el pensamiento político de Goethe. Safranski no ve contradicción entre su apuesta por la monarquía tradicional y el liberalismo vital de Goethe. “Por lo que se refiere a la libertad, no la reclamó en el plano político, pero la hizo realidad en su propia vida”. Todos sabemos que optó por un gobierno patriarcal con una elite dirigente desprendida que, a condición de la deferencia del pueblo, ejerciera un gobierno benévolo sobre éste. Pero hay algunas hebras del pensamiento de Goethe extraordinariamente llamativas. Primero, su captación de la importancia de la Revolución, como fenómeno de la naturaleza, imparable, “sucesos que en el instante de su acontecer, emiten ya un brillo mítico y son interpretados como la escena originaria del nacimiento de una época”. Segundo, su resistencia a incorporarse al nacionalismo del romanticismo, heredero a su juicio, de las truculencias y excesos de la Revolución.Tercero, aprecio de la razón local en favor de los pequeños estados-veintinueve en la Alemania de su tiempo-, vinculados al patriotismo tradicional que desconfían de las tendencias igualadoras de las grandes configuraciones estatales.

Me resulta curioso el detalle, con el que cierro el artículo a modo de bucle, de la conferencia que Ortega prepara sobre Goethe y que iba a impartir en San Sebastián, hacia 1949, en la Sociedad Vascongada de Amigos del Pais, (tal vez, quiero imaginar, con la asistencia de Azaola, Arocena, Arteche, Caro…), de la que nos queda un esbozo, y en la que nuestro filósofo desempolva el propósito de los caballeritos de Azcoitia que han vivido bajo la presión de la misma atmósfera histórica con ideas goethianas y “vestidos con trajes iguales a los de éste”, y que como quería Goethe trascendiendo Alemania, “ no se proponían, dice Ortega, provincianizar a Guipúzcoa, sino al revés, desprovincianizarla, desaldeanizarla, tarea espléndida y fértil que sigue siéndole no poco menester”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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