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TRIBUNA

"Ser español"

miércoles 21 de octubre de 2015, 16:56h
Actualizado el: 21/10/2015 20:19h

El domingo pasado el diario El País dedicó un obituario, con diez años de retraso, al hijo de un autor teatral frustrado, nunca llegó a estrenar una comedia titulada El torerillo de Chamberí, y nieto de un letrista de cuplés, alguno tan famoso como Vino tinto con sifón. El título y la firma de la columna de la última página componían un cartel de tragicomedia: Ser español, para Manuel Vicent, sería algo así como imitar la conducta y el estilo de un periodista que murió hace diez años. Me resisto a creer que el catastrofismo de un viejo periodista de El País sea paradigma de nada y menos de “españolidad”. Me resisto a aceptar que alguien ponga como modelo de comportamiento democrático a un viejo falangista, autor de uno de los cantos más enfervorizados, dicho sea de paso, que nadie haya hecho jamás al dictador Francisco Franco.

La pieza literaria, escrita por ese modélico “demócrata” de Vicent, está recogida en las más importantes antologías de la literatura falangista, se titula Dies irae. Fue publicada el 10 de noviembre de 1946, en el diario Informaciones, para conmemorar el décimo aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, y entre otras alabanzas a las figuras de José Antonio y Franco hallamos estas dos: “Se nos murió el Capitán pero el Dios misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de sentido y enderezador de la historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo.” El texto del entonces joven secretario de redacción de Informaciones, Eduardo Haro Tecglen, concluía ante el féretro de José Antonio con estas sentidas palabras: “Una alegría tenemos: la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó.”

Tengo que resistirme, pues, a la “idea” de que un viejo fascista, incapaz de haber hecho examen de conciencia y autocrítica de sus posiciones, que se convirtió a la izquierda cuando ya había pasado el peligro de combatir a Franco, pueda dar lecciones a nadie de nada y menos de “españolidad”. Escribe Vicent, con poco criterio y farragoso estilo, que la pluma de Eduardo Haro Tecglen, autor del Dies irae, el franco tirador que, “desde la garita de El País, disparaba todos los días contra los recuelos del fascismo atrincherados en democracia, hubiera brillado hoy en todo su esplendor.” Falso. No se habría atrevido a disparar contra quien le daba de comer. Su jindama ante los poderosos era patética. Nunca habría escrito contra los impostores que habitan en el diario de Prisa. Nadie que procediera del franquismo, nadie amamantado en la dictadura, ha tenido jamás legitimidad para hacer la crítica de las maldades de la democracia española, al menos, sin haber reconocido previamente su origen. Le asiste toda la razón al maestro del periodismo español César Alonso de los Ríos, cuando mantiene con gran brillantez en un extraordinario libro sobre la llamada memoria histórica, titulado Yo tenía un camarada, lo siguiente: “Durante varios años Haro Tecglen vivió con desconcierto la evolución de la sociedad española sin conseguir hacerse a la idea de una posible transición (…). Ocurrió luego que, una vez hecha la transición, Haro se invistió de niño republicano, rojo más que de izquierdas, hasta el punto de olvidarse del pasado totalmente, del traslado de los restos de José Antonio al Escorial, de sus viejos camaradas. Quiso rescatar de la II República un radical amoralismo. Sólo quedó de su hombre viejo la defensa de las tres unidades en el teatro, la incapacidad para entender la vanguardia teatral, como demostró sobradamente en su sección de El País.”

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