Alguna otra vez comenté en estas páginas lo que viene sucediendo con las miles de personas errantes y abandonadas a su suerte. No por volver a lo mismo dejan de ser menos aborrecibles las nuevas imágenes de los refugiados en medio de la nada y con las puertas cerradas al paso en líneas infranqueables. Es, sencillamente, repugnante tolerar la pérfida desidia de quienes consienten que familias enteras se hacinen en pleno barrizal rodeados de lodo, agua y frío. Es un crimen contra la humanidad y así no hay manera de entender lo que está sucediendo entre nosotros mismos, porque esto no es cosa de otros, por desgracia es la consecuencia de habernos granjeado el apócope de primer mundo y creernos seres superiores a los demás. No, nada de eso, aquí lo que estamos haciendo es presenciar lo idéntico que puede sucedernos cuando menos lo esperemos. Que nadie crea que vivimos al otro lado de una muralla que nos aísla, nos alimenta, y nos protege del resto del mundo.
Lo que estamos contemplando es la vergüenza de lo irracional. Miles de personas en fila india conducidas como cabezas de ganado a través de irregulares caminos y custodiadas por policías a caballo. El lejano Oeste sería comparable, pero no estamos hablando de reses, lo hacemos de hombres, mujeres y niños cuya imagen desgarra la retina de cualquiera. Y uno se pregunta para qué sirve todo el entramado político, toda la escenificación en parlamentos y organizaciones creadas por y para dar amparo al que más lo necesita. ¿Para qué sirven, pues, tantas estructuras al servicio del hombre? ¿Cuál es el caudal de dinero que se precisa para sobrevivir a una ideología, a una creencia o a una huida hacia la muerte en tierra de nadie y a manos de seres que duermen alejados de cualquier escrúpulo?
No voy a tratar aquí de la presunta llegada de un caballo de Troya, pero si esta fuera la estratagema para los invasores, éste talento no sería diferente a otras técnicas de asalto en esa fábula de las alianzas. No, esa no es la doctrina ni la humanitaria realidad. Aquí y ahora lo que subyace es la gente de bien, personas que huyen de los políticos, del crimen asociado, de la barbarie consentida y del terror financiado por quienes apuestan por matar sin ninguna compasión. Por eso conviene separar el grano de la paja y no caer en la tentación de igualar el rasero de la indiferencia o la desconfianza hacia quienes el frío invierno, que ha de llegar, a buen seguro excavará la fosa de cuantos seres humanos se encuentren en la encrucijada de haber nacido, huido y poco más.
En esta parte del mundo, o mejor dicho, donde ustedes y yo nacemos cada día, vivimos y nos multiplicamos, tiene, como casi todos sabemos, la generosa y durmiente costumbre de solapar imágenes sin pausa ni sosiego, de tal manera que ante las terribles secuencias del hacinamiento de refugiados en medio de un lodazal, sin derecho a cauterizar ninguna de sus heridas, ni físicas ni del propio alma, como les digo, de inmediato surge la fastuosidad encaramada en carroza dorada valorada en 3,6 millones de euros, con 260 zafiros y 48 diamantes incrustados en las manecillas de las puertas, dando traslado a la reina Isabel II de Inglaterra junto a su invitado el presidente de China Xi Jinping, como nos han ilustrado las reseñas recién televisadas.
Y uno glosa con la suerte de tan plural noticiero que en apenas cinco minutos ha sido capaz el realizador de meternos cara y cruz de lo indecente; pero he ahí que el diccionario de la Real Academia Española nos viene a ilustrar en varias definiciones para la misma acepción: “1. Falta de decencia o modestia y 2. Dicho o hecho vituperable o vergonzoso” Y claro, uno recurre al gen popular de cuantos arrimados hubo en otras tantas gestas de parecida indecencia. A la memoria me viene aquella dedicada al “No a la guerra” por ejemplo. Peroahora se hace todo de otra manera, basta una simple pancarta en la fachada del Ayuntamiento de Madrid con un desnudo y único slogan: “Refugees Welcome”
En fin, Croacia refuerza sus fronteras con tanques y el Parlamento de Eslovenia ha otorgado al ejército competencias para poder controlar, junto a la policía, el asentamiento de una miseria humana cuyo peor pecado es el de haber trasladado de lugar a la propia muerte. Que nadie arrugue el entrecejo, las calamidades van camino de devorar la fatídica marca de la supervivencia y esta emulsión entre la vida y la muerte, entre el vivir peor que animales y morir contemplando carrozas de jubileo no puede dejarnos indiferentes. Yo, al menos, aún creo en la decencia de un Dios capaz de crear al hombre e incapaz de traicionarle a pesar de todo.