La impasibilidad del Gobierno ante el golpe de Estado de los secesionistas catalanes nos sitúa al borde del abismo a todos los españoles. Rajoy está a punto de perder la poca legitimidad que le queda para liderar las acciones contra los golpistas. El martes dio un comunicado absurdo. Electoralista. Ridículo. El miércoles dijo que llamaría a Rivera y a Sánchez para contarles, imagino, qué pretende hacer. De momento, no me creo nada de alguien que ha perdido casi toda la legitimidad para detener el golpe de Estado de los secesionistas. Por lo tanto, no creo que la conducta de este hombre sea prudente y proporcional, sino que se mueve entre la osadía del impasible y la parálisis de un gobierno sin ideas.
Bueno será, pues, repetir las ideas que este cronista ha expuesto aquí varias veces sobre el golpe de Estado de los secesionistas catalanes y la carencia de respuesta de Rajoy. El problema es viejo. Hace décadas que los nacionalistas catalanes se saltan las leyes del Estado de Derecho, es decir, de España. Viven en la ilegalidad permanentemente. Su forma de vida es insultar, maltratar y perseguir a la fuente que les da vida: España, la democracia sustentada en la Constitución de 1978. El fraude de ley, de cualquier ley, empezando por la Ley de leyes, es algo consustancial a los nacionalistas catalanes. El penúltimo fraude cometido fue la convocatoria de unas elecciones plebiscitarias para romper la unidad de España. Así de sencillo y contundente fue planteada la cosa por el jefe de los separatistas, Artur Mas: Si nuestra lista por la independencia gana el 27 de septiembre, declararemos la independencia de Cataluña y, naturalmente, nos separaremos de España aún más de lo que estamos ahora, o sea declararemos la independencia de la República de Cataluña.
¿Qué respuesta recibió este planteamiento, o mejor dicho, el decreto que anunciaba unas elecciones para separarse de España del Gobierno de la Nación española? Ninguna. El gobierno de Rajoy tragó con el decreto y con la explicación política de los golpistas. Rajoy aceptó un texto, supuestamente ilegal, que convocaba a todos los partidos para que se declarasen a favor o en contra de la independencia. Esa aceptación fue acompañada de unas declaraciones abstractas de los dos principales responsables del Consejo de Ministros sobre la imposibilidad de que Cataluña se separase de España. Un castizo diría que las respuestas del Gobierno de España al último, así lo plantean Mas y los suyos, desafío independentista son humo. Nada. Un jurista solvente argumentaría que el Gobierno, al menos, debería recurrir esta manera de convocar unas elecciones autonómicas haciéndolas pasar por plebiscitarias; pero, en fin, no entremos en pobres disquisiciones "jurídicas" sobre la forma y el fondo de esta convocatoria, porque terminaríamos llamando imbéciles a los que defiende la "legalidad" de la misma y no tengo ganas de entrar en pleitos entre estúpidos, entre otros motivos porque podrían confundirme con ellos. Lo decisivo es que ahora, como desde hace décadas, los independentistas catalanes no cumplen las leyes de España, pero los diferentes gobiernos de la nación lo han consentido. He ahí la tragedia.
En fin, si en el pasado Rodríguez Zapatero dijo, llevando las posiciones condescendientes de González y Aznar ante las ilegalidades de los nacionalistas de Felipe González y Aznar al extremo, que su gobierno aceptaría cualquier Estatuto de Cataluña por ilegal que fuera, el Gobierno de España de Rajoy aceptó que los independentistas planteasen las elecciones autonómicas como un referéndum o plebiscito popular por la independencia de Cataluña. Por eso, independientemente del resultado del día 27 de septiembre, el nacionalismo dio otro hachazo mortal a la Constitución española. Consiguió dar un salto de gigante en su golpe de Estado. Transformó la experiencia histórica de sus ilegalidades gubernamentales en una acción política de gran envergadura. Dejó en silencio, o peor, paralizado, que es lo peor que le puede pasar al poderoso, a un gobierno, que sabe que su vida depende de su acción permanente.
Rajoy se quedó petrificado. No hizo nada. No explicó nada. Y me malicio, perdonen mi juicio de intenciones, que tampoco tenía pensado nada para lo que han hecho ahora los secesionistas. La Presidenta del Parlamento de Cataluña declara la República Independiente de Cataluña y Rajoy dice que eso no tiene importancia. El grupo mayoritario del Parlamento de Cataluña presenta una iniciativa para desconectarse de España y contesta Rajoy que eso no lo va a permitir. ¿Quién se cree algo de este hombre? Es obvio que el Gobierno de España pudo hacer muchas cosas, pero… ¿Qué queda? Poco, muy poco, decía yo hace dos meses, porque eltimos, la furia, el coraje, que caracterizó alguna vez a los españoles, ya casi es propiedad de quienes llevan saltándose la ley treinta años. ¿Qué sobra? Cobardía.
Por eso, grito, que la conducta de Rajoy no es prudente ni proporcional al golpe de Estado dado por los secesionistas. Su comportamiento es propio de alguien que está fuera de juego. Será menester que los españoles se organicen al margen de este Gobierno, porque, a pesar de las triquiñuelas de Rajoy, este golpe de Estado no es contra Rajoy sino contra todos los españoles.