ÉL ME LLAMÓ MALALA
Director: Davis Guggenheim
País: Emiratos Árabes
Guión: Davis Guggenheim
Fotografía: Erich Roland
Música: Thomas Newman
Reparto: Malala Yousafzai, Ziauddin Yousafzai, Toor Pekai Yousafzai, Khushal Yousafzai, Atal Yousafzai.
Sinopsis: Un retrato íntimo de la activista paquistaní Malala Yousafzai. Ganadora del Premio Nobel de la Paz, la persona más joven que jamás ha recibido tan prestigioso galardón, Malala fue señalada como objetivo por los talibanes y sufrió graves heridas por arma de fuego cuando regresaba a su casa, en el Valle de Swat (Pakistán), en su autobús escolar. El ataque que sufrió provocó la protesta de quienes la apoyaban en todo el mundo. Sobrevivió milagrosamente y es ahora una destacada defensora de la educación de las jóvenes en todo el mundo, como cofundadora del Fondo Malala.
Lo mejor: La inteligencia a la hora de presentar un tema tendente a la mitomanía excesiva | El ritmo
Lo peor: Algunos pasajes en los que se desvela cierta "preparación" forzada del documental.
Ir a ver un documental de
Davis Guggenheim ya es una garantía. El ganador de un Óscar por
Una verdad incómoda, cinta que abordaba la realidad del cambio climático, y realizador de otras joyas del género como
Esperando a Superman o los musicales
It Might Get Loud y
U2: From the Sky Down, vuelve a ponerse detrás de las cámaras para abordar el perfil de
Malala Yousafzai, la adolescente paquistaní que se enfrentó a los talibanes por los derechos de las niñas, sufrió las consecuencias en forma de brutal atentado que estuvo a punto de costarle la vida y
recibió el Nobel de la Paz a los 17 años, convirtiéndose en la persona más joven en recibir el galardón en cualquiera de sus categorías.
El título de la cinta y su arranque configuran las claves de la obra de Guggenheim, que acierta en estructura, guión y tono.
El me llamó Malala no aborda sólo la biografía documental de la joven pasthún, sino que atiende al contexto de su heroica actividad pro derechos humanos, en especial a la
figura de su padre, Ziauddin Yousafzai, profesor, activista y evidente fuente de inspiración de la protagonista. Por otro lado, el documental abre con
una secuencia de animación que recrea un antiguo cuento “que todos los niños pasthunes conocen”, según Malala. Es la historia de una mujer que aupó con su oratoria a las tropas afganas contra los ingleses por la independencia y murió en el campo de batalla, defendiendo sus ideas y a su pueblo. A lo largo de la cinta, -que no recorre un orden cronológico sino que salta en el tiempo, hacia adelante y hacia atrás- Guggenheim recurre de nuevo a la ilustración animada de cuando en cuando, sobre todo para componer imágenes del pasado de Malala a partir de su relato y el de su padre.
La sensación global es que, si bien el cineasta ha dejado esta vez de lado la polémica directa que abrió en canal en anteriores trabajos,
tampoco ha rehuido las sombras que, para algunos, proyecta la joven paquistaní. Hay quien ha criticado su excesiva
exposición mediática y ha señalado a
su padre como verdadero motor de sus acciones (En realidad, ¿no es más lógico que una niña paquistaní sea capaz de ciertas cosas con el apoyo de su padre? ¿No son los hombres también pieza fundamental y necesaria del cambio?). Ha sido acusada de haberse convertido en un instrumento de Occidente para enfocar los problemas de Pakistán y otros países según determinados intereses. Con su discurso, Guggenheim convierte a Malala en un símbolo de lucha,
como la heroína de la leyenda del inicio, con un valor conceptual y universal que trasciende de individualismos.
Al mismo tiempo, y es de agradecer desde el punto de vista de cualquier espectador que acuda a la sala,
retrata a la Malala más terrenal: esa que se pelea con sus hermanos pequeños, que saca peores notas de las que le gustaría o que se sonroja si habla de hombres atractivos. Es en este punto relevante el inevitable tratamiento del
choque cultural de una familia tradicional pasthún que se muda a Inglaterra (recordemos que Malala recibió tras el atentado tratamiento médico en Birmingham, la actual ciudad de residencia de la familia, que no puede volver a su país por las amenazas de muerte a la activista). La cuestión del hiyab, las relaciones con chicos o las formas de ocio se abordan en la cinta desde una perspectiva natural y clara, dibujando interesantes caminos entre
la religión o la fe, el poder y la tradición.
Bien contado, con un manejo solvente del riesgo de caer en el elogio excesivo y desmesurado; inspiradora y de bella composición audiovisual.
Recomendable.