Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) publicó en 1955 El Jarama, quizás la mejor novela española de la segunda mitad del siglo XX. Su recreación de una sociedad hundida en el tedio y la mediocridad compone una epopeya de lo trivial que desmonta la novela tradicional. Sin personajes que destaquen por ninguna cualidad, el prosaísmo de lo real ocupa el centro de la narración, dibujando una ligera ondulación, cuando uno de los excursionistas muere ahogado. Los ocho cuentos de El escudo de Jotán no responden a la misma poética de la insignificancia, pero sí respiran un aire similar, desplegando una prosa de enorme belleza y originalidad, que acredita la condición de clásico vivo de Sánchez Ferlosio.
Podemos agrupar los relatos por temática y rasgos estilísticos. No parece casual que tres relatos escojan al lobo como motivo narrativo. “Dientes, pólvora, febrero” se publicó en 1956 en Papeles de Son Armadans. Es un cuento cruel, que recrea la cacería de una loba. Abatida a tiros, será destrozada por los mastines de un pastor. La pieza reproduce la crudeza del mundo rural, donde el juego de la supervivencia excluye cualquier forma de compasión. Se nota que es un relato de un tiempo relativamente cercano, pero abocado a la extinción. En la década de los cincuenta, las ciudades se expandían, mientras los pueblos se encogían o desaparecían.
La prosa de Sánchez Ferlosio es un alarde de consistencia y profundidad, con un dominio asombroso del castellano: “…La loba moribunda, que aún se debatía y manchaba de sangre los cantos rodados, en un pequeño claro del jaral, donde los cortos hilillos de hierba de febrero raleaban mojados todavía por el rocío de la mañana”. “Carta de provincias” se publicó en el diario ABC en 2004. Está dedicado a Miguel Delibes. Han transcurrido casi cincuenta años y el lobo no sólo ha dejado de ser una amenaza, sino que ha desaparecido de muchas regiones, convirtiéndose en un ser tan mítico, legendario e irreal como el unicornio. Corren rumores sobre su reaparición, pero casi siempre son confusiones o puras invenciones. El relato es una carta de una madre a su hijo, asegurándole que su padre se cruzó con un ejemplar: “Lo vio en lo alto de la Loma Larga, corriendo por la cuerda del perfil, bien recortado por la luna llena; que se paró un instante y volvió la cabeza y jura que lo miraba sólo a él”.
La prosa conserva ese estilo arcaizante que evoca la influencia de los clásicos castellanos, pero al mismo tiempo exhibe la modernidad de un Juan Rulfo, uno de los creadores del realismo mágico. De hecho, el cuento discurre en una atmósfera irreal, onírica, que contrasta con el intenso realismo del relato de 1956. “El reincidente” se publicó en el diario El País en 1987 y ofrece una imagen patética del lobo, que recuerda al famoso poema de Rubén Darío. En esta ocasión, el lobo intenta acceder al cielo, pero le cierran las puertas una y otra vez, exigiéndole la redención de sus pecados. Lejos de enfurecerse, se resigna a su destino. No es Don Juan Tenorio, con su rebeldía fáustica, sino un paria que ha vivido entre el miedo y el desprecio. Su desamparo es la imagen invertida de la sociedad humana, mucho más implacable y despiadada que el vilipendiado depredador.
“Y el corazón caliente” se publicó en 1956 en el diario ABC y tal vez es el cuento que más se aproxima al planteamiento del Jarama. Un camionero sufre un accidente sin consecuencias, pero se niega a abandonar el lugar, pese al intenso frío. La acción es mínima, el personaje carece de interés, no hay moraleja. Se podría pensar en el espejo stendhaliano o barojiano que se desplaza a lo largo del camino, recogiendo indistintamente lo banal y lo asombroso. La pluma de Sánchez Ferlosio no pierde en ningún momento su calidad, pero tiende a diluirse como una mancha de una tinta sobre un mantel de papel. El cuento no produce indiferencia, sino inquietud y malestar. En un mundo áspero, los seres humanos son tan frágiles como un pájaro recién nacido. En 1980, aparece “El escudo de Jotán” en el diario El País. Es un relato fantástico, ambientado en un escenario atemporal y exótico. Podría ser una pieza de Kafka, narrando la indefensión del individuo frente al poder del Estado, que siempre triunfa sobre cualquier disidencia y ni siquiera necesita un pretexto para exhibir su fuerza. El estilo es barroco y deslumbrante.
Algunas páginas están a medio camino entre Lezama Lima y Alejo Carpentier, pero sin sus excesos verbales. “Plata y ónix” (La Estafeta Literaria, 1993) es una chispeante fábula sobre un salmón gigantesco. Un lance de pesca se transforma en una creativa especulación sobre el tiempo, lo real, lo imaginario, lo humano y lo divino. La intervención de un diablo añade una atmósfera sobrenatural y grotesca. “Cuatro colegas” se incluyó en un volumen que conmemoraba los 50 años del Premio Nadal. Es un breve estudio sobre el carácter. Sin pretensiones de rigor científico, constituye un tributo al humor, pero puede leerse como un autorretrato que justifica la fama de hombre sarcástico y feroz. “El huésped de las nieves” (Alfaguara, 1982) fue repudiado por el autor, que lo consideró cursi y sentimental, pero es un delicioso cuento infantil sobre la avistamiento fugaz de un ciervo, que se aventura en un establo, buscando comida. No me importa reconocer que me parece el más hermoso de la colección.
El escudo de Jotán es un raro y extraordinario libro de relatos de un narrador que abomina de la literatura, pues considera que es tiempo de reflexión y no de fantasía. No puedo estar de acuerdo con este planteamiento. Sin menospreciar sus ensayos, pienso que Sánchez Ferlosio es uno de los grandes narradores de nuestro tiempo. Su talento para contar historias es tan irrefutable como su temperamento ariscado, que compite en desaires y desplantes con Quevedo. Los escritores casi nunca son los mejores intérpretes de su obra y, aunque le pese, Sánchez Ferlosio es un espléndido “plumífero”, por utilizar una de sus expresiones.