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DESDE ULTRAMAR

París

sábado 14 de noviembre de 2015, 19:01h

Escribo anonadado las siguientes líneas y como me lo ha expresado mi queridísima amiga Gévy, no es fácil encontrar palabras. Mi solidaridad con las víctimas del terrorismo y con Francia. Solo puedo externar para comenzar, mi repudio al salvajismo de unos miserables, cuya saña es una afrenta que no puede pasarse por alto. Y lo alarmante es que no pararán. Y no es esporádica su bajeza. Mas trato de ordenar mis ideas ante un panorama tan desolador y postrante.

Lo que presenciamos no es una simple venganza o una revancha ni únicamente una planificada y muy metódica actuación terrorista. Ya es necesario otra catalogación. Eso implicará otra forma de responder. Esto es una guerra y no es otra cosa. Ya lo advertí aquí mismo en enero pasado: serán más frecuentes y más violentas las manifestaciones fundamentalistas, porque esto es una guerra. Una guerra que entre Al Qaedas, Jihades y Estados Islámicos, todas fuera del control de la institucionalidad formal de los países de los que provienen y en los que actúan impunemente inspirando el odio hace mucho que dejaron de ser simples reivindicaciones sociopolíticas para convertirse en brazos de una guerra santa contra Occidente, que carece de sustento y ha carecido de respuesta, cediendo dentro y fuera de Europa a pretensiones ajenas a su ser y hoy le pagan con la peor de las monedas. A su recalcitrante actuación respondamos con un ¡ya basta!

Y sí, hemos presenciado en París una aplicación inhumana de la Ley del Talión que no debe desembocar en seguirles el juego en una espiral de violencia. Se requiere por el contrario, de una actuación firme y contundente. No hemos visto el final, como no lo vimos en enero pasado con el atentado a la revista Charlie Hebdo.

Llevamos meses viendo los abusos impunes y en regla del Estado Islámico –solapado o no, tolerado o fomentado por Occidente o parte de él, o no– y su actuación requiere de una acción conjunta, porque amenaza a la Humanidad y concedo y comparto las palabras de Obama.

Se requiere afrontar de una vez por todas y de manera conjunta al fundamentalismo árabe, pese a que es un fantasma escurridizo y lo demuestra una vez más y con creces, antojándose como una tarea que requiere a un Occidente unido en sus intereses y no lo está, que es la mejor ventaja de aquella escoria despreciable. Afrontar ese fundamentalismo se antoja como una tarea descomunal, titánica para su contención y término, solo equiparable al combate al nazismo, al que se parece ya tanto. Así, en esa proporción de esfuerzo y nos quedamos cortos.

Todos somos París y cuantos sitios dentro y fuera de Europa sean lacerados por el terrorismo. La saña esta vez, ejecutando a los asistentes al concierto de rock, es tan calamitosa y demostrativa de la miseria humana de sus perpetradores, como lo es la advertencia de un choque de civilizaciones tan palmario, nada comparable con los planteamientos facetos y oportunistas del racista yanqui Huntington, sino de una realidad tan brutal como la que atestiguamos. Nuestro repudio no puede ser más sincero y más actuante. Por eso lee usted estas líneas. Nuestro aturdimiento ante los hechos no impide nuestra lucidez para detectarlos y describirlos, condenándolos.

París, referente del pensamiento y la cultura occidental, la capital del Sena, la de San Bartolomé, la Muy querida, la que bien vale una misa, la Ciudad Luz, la ciudad del amor, nos hace clamar esta vez, una vez más en menos de un año, alertando que esto ya no será ni esporádico ni fugaz, en tanto los miserables desalmados y sus compinches que perpetraron estos actos, continúen envenenando mentes y destruyendo todo a su paso. Unos descerebrados y cobardes que retan nuestra tolerancia y nuestra imaginación para afrontarlos con eficacia.

La conmoción que han causado tan deplorables acontecimientos parisinos este viernes 13, en que pudimos asistir en vivo a través de las redes sociales a conocer como unos infelices sátrapas actúan con absoluta impunidad y con algo muy alarmante: con una extraordinaria planeación de sus míseros actos, nos conduce a deplorarlos. El horror planetario causado solo puede generar nuestro firme repudio, no nuestro pavor como quisieran.

Me aturde constatar cuán ciertas resultaron mis palabras al inicio del año, no por adivinas ni mucho menos, sino porque con dos dedos de frente está visto que esta guerra no parará, en tanto no se la reconozca y se la afronte. Me retumba la bonita canción que hiciera famosa Joséphine Baker: “j'ai deux amours, mon pays et Paris…” y la tarareo azorado, como si de esa sencilla, pero sentida manera fuera yo homenajeando a los caídos víctimas del terrorismo islamista en la capital francesa, como si con ello sobrellevara un poco mejor tan horrorosa tragedia de macabra crónica que nos enluta, como ha pasado en otros actos terroristas y pienso en el atroz atentado que se suma a tantos otros en tantas partes por la imbecilidad humana. Y me repito que no será el último, en tanto esta provocación no pueda quedar impune.

Termino recuperando las sentidas palabras expresadas en redes sociales por mi admirada colega, amiga, maestra y destacada abogada mexicana, Rosalía Ramos:

“Es un día muy triste en la historia del País que acuñó hace más de dos siglos el concepto más estructurado y civilizado de los derechos fundamentales del hombre y del ciudadano. Un golpe que estremece cualquier conciencia sin importar la latitud en que se encuentre. No importa ideología política ni religiosa, nada justifica la muerte de civiles inocentes. Hoy la Ciudad Luz se ha oscurecido…es un crimen a la Humanidad”.

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