El viernes, 13 de noviembre, ha pasado ya en la historia como una fecha trágica. Los atentados de París serán recordados por todos como un día de luto y de dolor. Lo sucedido es otro aviso escalofriante de un hecho que Europa, el pensamiento occidental, ha negado durante siglos: la posibilidad de que el hombre en tanto ser verdaderamente humano no fuera un bárbaro impío. El pensamiento de Occidente ha creado y vivido durante siglos sobre la utopía de la bondad innata del hombre; propagada por la mayoría de los medios, sostenida por la mayoría de los intelectuales, clave del pensamiento políticamente correcto, esa ideología ocultó los problemas reales de la sociedad europea: la existencia entre sus ciudadanos de seres que niegan a los demás el derecho a existir porque no comparten sus creencias.
Hace siglos Erasmo de Rotterdam negó el derecho de los cristianos hacer la guerra. Este argumento tuvo numerosos seguidores por toda Europa, pero su número fue bastante reducido en España y menor todavía en Italia, países que sufrían permanentes ataques del turco. El reconocimiento de esa ocurrencia del pensador neerlandés por parte de España e Italia hubiera sido tanto como aceptar el suicidio colectivo de estos dos países. Por esto, la respuesta de sus teólogos y humanistas a Erasmo fue inmediata: una serie de tratados donde se afirmaba que el cristiano como cualquier otro ser humano tiene derecho a defender su vida y responder con guerra a las acciones beligerantes de los infieles. Mas esta corriente del pensamiento se disipó aún antes que la amenaza del “turco”, y la “idea” pacifista del Erasmo se instaló en el pensamiento moderno occidental para quedarse.
El pacifismo, como una de las secuelas de la ocurrencia erasmista, desoló Europa durante todo el siglo XX, pero sólo ahora el Occidente, entontecido por la ilusión del progreso continuo y por el afán de autocrítica destructiva, ha retrasado tanto que se enfrenta de nuevo con un problema ya resuelto hace siglos: la necesidad de reconocer que el ser humano no es verdaderamente humano únicamente por su aspecto físico, sino por mostrar su capacidad de convivencia en la sociedad. Las mentes más eminentes del Occidente creían que al cerrar los ojos ante esta evidencia, enmascararlo con los atractivos conceptos “multiculturalismo” y “cosmopolitismo” se resuelve el problema de la convivencia de gente de distintas culturas, fustigando a la vez los valores del cristianismo tachando las épocas pasadas por intransigentes e intolerantes sin introducir ningún matiz. Nos hemos acostumbrado a creer que son realidad las farsas como esas llamadas “alianzas de civilizaciones”; de creer que la guerra es un mal endémico del hombre occidental (leer cristiano) y que la penitencia está en la liquidación del ejército en Europa; creemos que cualquier culto, aunque sea idolátrico, tiene principios más valiosos que el cristianismo. El error craso ha sido no darse cuenta que al desprestigiar el cristianismo, desprestigiamos su principio fundamental: reconocer en el próximo, antes que nada, un ser humano.
El problema real no está en el culto que uno profesa, ni en la sangre que lleva en sus venas, sino en el nihilismo y relativismo que lo hizo posible rechazar la base de la sociedad occidental: la convivencia pacífica, basada en el reconocimiento mutuo de los ciudadanos como tales independientemente de sus costumbres y creencias. Los europeos, al negar su pasado cristiano, no han sido capaces de transmitir los valores universales del cristianismo a sus nuevos habitantes, es decir, reconocer un hombre antes que su credo.