www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La vecindad del terror

Alberto Pérez Castellanos
lunes 16 de noviembre de 2015, 19:56h
Es, hasta cierto punto, lógico que nos afecte más algo ocurrido cerca, a personas que podemos conocer y en lugares en los que hemos podido vivir o realizar una visita. Es normal que demos más importancia a todo lo que inunda los medios de comunicación y las redes sociales. Y claro, también es entendible que nos sorprenda mucho más una tragedia allí donde no suelen ocurrir. Son tres certezas, tres verdades, que no por eso dejan de ser menos dolorosas si reflexionamos y nos damos cuenta de que cada día decenas de personas mueren a manos de fanáticos e iluminados de todo tipo.

A mi también me afecta mucho más un atentado a la puerta de mi casa, en una ciudad en la que viven familiares y amigos, o en un destino tan llamativo como París, pero no comulgo con la ilimitada capacidad de todos nosotros de alarmarnos, solidarizarnos y condenar tales actos. Este viernes hemos asistido a una nueva tragedia en el “mundo occidental”, el “primer mundo” o el “mundo civilizado”, tres formas de autoconvencernos de que nuestro modelo social, económico y cultural es el correcto. Un modelo que tiene en esa premisa su error fundamental.

Ese egocentrismo crea una venda que no nos deja ver más allá de nuestro ombligo y acaba con el primer derecho fundamental de todo ser humano: la igualdad. En el momento que una vida o una muerte tiene más valor que otra, el día en el que 129 muertos en una capital europea se convierten en miles de noticias y millones de gestos en todo el mundo, y que otro número similar de fallecidos en un país que muchos ni sitúan en el mapa es un breve en cualquier telediario; ese día hemos perdido el respeto por la humanidad.

No critico que se apoye a las víctimas de una tragedia cercana, pero sí que se olvide a las que sufren en países en los que la presencia de los medios de comunicación es anecdótica y en la que conviven a diario con bombas, tiroteos y ataques por doquier. Ponemos el grito en el cielo cuando nos lanzan un jarro de agua fría a la cara pero nos mantenemos impasibles mientras a otros les sujetan la nuca para que su cabeza no salga de una bañera.

Cada mes, incluso cada semana o cada día, hay países y ciudades que conviven con ese terror que aquí sólo olemos cada cierto tiempo. Nuestros perfiles en las redes sociales y nuestros monumentos deberían estar, a diario, iluminados con los colores de banderas como la de Nigeria, Irak o Líbano, pero no lo están. Pocas veces nos enteramos de lo que sucede, salvo cuando la sequía informativa los lleva a ocupar un mayor espacio en los medios de comunicación; y aún así, lo vemos como algo tan normal y rutinario en las noticias como la información del tiempo o el estado de las carreteras.

Nos preocupa lo justo, a veces ni eso, pero cuando esas mismas imágenes se producen en un entorno conocido y cercano nos llevamos las manos a la cabeza. Entonces lo llamamos un “ataque contra la humanidad”, cuando hemos obviado que es algo que ocurre cada día, y los jefes de varios estados deciden que esto es una guerra. Guerra. Una palabra que a muchos nos duele escuchar y que no queremos ver convertida en realidad. Quizá hubiera sido un mal menor hace muchos años, cuando se empezó a gestar esta amenaza mundial, pero ahora es una medida tan inadecuada como improvisada y llena de venganza.

Hace décadas que nuestro “primer mundo” juguetea al Monopoly con el segundo y el tercero para seguir exprimiendo sus recursos. Nos ha importado muy poco mientras se maten entre ellos y no nos den demasiados problemas, pero los errores siempre pasan factura. Desde Europa y Estados Unidos se han apoyado todo tipo de regímenes sin importarnos qué defendían ni promulgaban. Se han derrocado dictadores o democracias sólo porque nos convenía financieramente, no porque asesinaran a sus convecinos o fueran unos fanáticos religiosos. Ahora, en todos aquellos países hay quienes quieren esos recursos para sí mismo y están usando el odio contra lo occidental para crear miles de seres humanos convertidos en armas. No es justificable, ni mucho menos, pero no podemos sorprendernos ante ello ni dedicarnos a pensar que masacrar sus países de origen es la solución.

Si de verdad comprendemos que estamos en un mundo globalizado sólo tenemos que entender que todo está conectado, que cada acto tiene una respuesta y que nuestro barrio hace ya mucho que amplió sus límites. Tenemos miles de millones de vecinos y eso ya nunca cambiará.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (14)    No(0)

+
0 comentarios