Por fortuna, quienes ejercen en público de extremistas han de ser tremendamente hábiles para que no se les vea el plumero antes de tiempo. Y con este antes de tiempo, me refiero, por ejemplo, al periodo anterior a unas elecciones generales. Es durante esos meses o semanas cuando el que se postula como candidato de un partido radical tiene que asegurarse, con perdón, de que no la caga por completo. Porque algo tan viejo como la torpeza puede arrebatarle los votos que con su discurso de interpretación extrema, odio, continua recriminación y, sobre todo, prejuicios, haya podido ganarse entre quienes han perdido la confianza en las fuerzas políticas tradicionales, de izquierda o de derecha, pero, al menos, con un programa que no se limita a trilladas frases altisonantes o acusaciones a diestro y siniestro con o sin fundamento. En definitiva, demagogia pura y dura. Igual de antigua que la torpeza. Ambas “cualidades”, en todo caso, conforman una mezcla que, vuelvo a repetir por fortuna, suele conducir a que las cosas se coloquen en su sitio, a que quien puso sus esperanzas rotas en el súper héroe o predicador de turno termine por sentirse finalmente estafado. La historia está repleta de ejemplos de salvadores que únicamente buscaban medrar, hacerse con el poder y gobernar en exclusiva para sus acólitos más fieles. Pero, sobre todo, para ellos mismos.
Llevo más de año y medio escribiendo artículos para denunciar la sentencia de muerte que unos asesinos vestidos de negro han dictado contra todos nosotros. He publicado columnas sobre sus matanzas en cualquier parte del mundo. Al principio especialmente en el norte de Irak y Siria, punto cero de esta guerra que algunos todavía pretenden librar en los tribunales y, para colmo, sin endurecer las penas contra esta horrible forma de terrorismo que golpea a países tan lejanos y con tan pocas cosas en común como Nigeria y Rusia. Nunca he hecho distinción alguna entre las víctimas de una u otra nacionalidad, menos aún, por su religión, estatus social o color de piel. Tampoco, por la forma o el lugar en que perdieron la vida o por las circunstancias que les habían llevado a caer en manos asesinas. Con independencia de que se tratara de reporteros, niñas que han de caminar largas distancias para acudir a la escuela, cooperantes, turistas, pasajeros de un avión, universitarios o misioneros. La primera columna en la que hice referencia al Daesh fue con motivo del degollamiento del periodista estadounidense James Foley y les confieso mi desolación al comprobar que pocos, muy pocos, se mostraban horrorizados con su asesinato ante las cámaras. Fue en agosto de 2014, y les aseguro que cada asesinato, ocurra donde ocurra, merece un pequeñísimo granito de arena aunque solo sea en forma de palabras. De modo que - pido disculpas por mi vehemencia -, rechazo que me acusen de sectaria por mostrar sin ambages mi solidaridad con las víctimas de la masacre de París o de belicista, por mantener mi absoluta convicción de que nada puede negociarse con quienes nada quieren negociar.
El Daesh solo pretende exterminarnos y someter a quien quede a su dictadura atroz. Empezaron violando y asesinando a los kurdos – la milicia peshmerga fue la primera en defenderse de ellos con las armas y pedir ayuda internacional – y continuaron con los musulmanes que no comulgaban con su abominable califato. Por eso, los refugiados que llegan a Europa son en su mayoría musulmanes. Huyen de quienes en otro tiempo habrían sido sus propios “hermanos”. ¿De verdad no queremos verlo? Tantos años combatiendo cualquier régimen dictatorial y ahora nos ponemos finolis frente al más demente y sanguinario desde que los nazis fueran derrotados después de años de guerra mundial y millones de muertos. Ninguno de nosotros quiere una guerra. Proclamarlo es bonito, sano y de sentido común, pero, por desgracia, eso no basta para que no la haya cuando una de las partes está dispuesta a todo con tal de librarla hasta sus últimas consecuencias. Es terrible que mueran inocentes, en cualquier parte del mundo, aunque personalmente me gustaría entender por qué son más inocentes quienes pierden la vida a causa de bombardeos que aquellos que la pierden mientras visitan un museo, toman el sol en una playa, acuden a clase, asisten a un concierto, viajan en avión o cenan en un restaurante. Todos son víctimas inocentes de ataques sangrientos que ya duran demasiado, se llevan demasiadas vidas y desplazan a miles familias de sus hogares. Si no lo llamamos guerra, ¿cómo demonios lo llamamos?