Madrigal de las Altas Torres, cuna de Isabel I, un pueblo de Ávila en el que merece perderse, al menos por un día. En la meseta castellana donde en el mar de barbecho del otoño navega de vez en cuando algún tractor, sobresale esta ciudad que impone por sus torres, muralla, monasterios y su protagonismo en la Historia. Allí falleció Fray Luis de León y su “oda a la vida retirada” parece resonar entre las murallas de una corte que debió ser bulliciosa en su tiempo, ahora tranquila desde la mañana tupida por la niebla:
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
El Palacio de Juan II, hoy convento de monjas agustinas, fue el lugar de nacimiento de la Reina Católica y, en donde los reyes celebraron sus primeras Cortes en 1451. Allí se conserva parte de esa Historia de la que somos deudores los españoles y, donde las restauraciones tratan de vencer el paso de los años y la carcoma. Las monjas han descubierto para loa de Dios, una nueva vocación, puntero laser en mano: trasmitir el recuerdo de los siglos atrás.
Peor suerte corrió el convento de agustinos que extra muros solo conserva en pie aquello que la rapiña humana no pudo llevarse. Dentro de la muralla, otras iglesias, entre las que sobresale por su restauración, San Nicolás de Bari. Santo lejano en el tiempo, pues vivió en el siglo IV, y en la distancia, al ser oriundo de la Asia Menor, hoy Turquía. Miles de templos en todo el mundo están dedicados a este santo que por su generosidad y milagros ha dado origen al mito de Santa Claus.
Bodegas que se hunden en las entrañas de la villa y que nos descubren una riqueza que trata de resucitarse con la uva verdeja. Milagros del día a día, gracias a Gaspar, a las monjas agustinas, a la guía turística y a otros muchos, como el notario de origen asturiano que convoca a sus amigos y familiares a disfrutar de esta tierra dura, pero justa.
Buen yantar en Fontiveros, en donde un buen cocido “sanjuaniego” de la mano de la televisiva María José, un cochinillo o un lechazo resucitan a un muerto o nos ponen en un trance místico, más propio del que fue su ilustre vecino, San Juan de la Cruz.
Jornadas de encuentro con familiares que llegan de varios punto de España acogidos en estas tierras, a la vera de Arévalo, origen de místicos y panaderos, secretarios de estado y seglares, almirantes y agricultores, obispos y reyes.
Tiempo para empaparse de tranquilidad y del frío castellano, mientras que el sol dibuja extrañas sombras entre majestuosas iglesias y alimenta las placas que crean chispas que calientan los lejanos hogares de la ciudad.
Y en la agenda se apunta los retos futuros de nombres casi mágicos como Peñaranda de Bracamonte, las Navas del Marqués, Medina del Campo y de las grandiosas capitales de Ávila, Salamanca, Valladolid… lugares para visitar y vivir, que nos esperan aquí, a la vuelta de la esquina.