El torneo final del tenis internacional en este 2015 ha acogido la última exhibición de Roger Federer, que doblegó a Djokovic, dominador de este curso, deshaciendo su autoridad sin contemplaciones. Este sonado triunfo remarca la reconversión a jugador de Masters del helvético. El posterior repunte en el rendimiento tras el valle de 2013 podría marcar el camino a Rafa Nadal, que parece envuelto en el proceso que ya ha atravesado el número dos de esta temporada.
Templado. Tomó el rotulador que le facilitó la organización de la cobertura de la Copa Masters de Londres y firmó la cámara, como subraya el ritual del triunfador, sin variar una pulgada el rictus sereno que le acompañó tras mecanografiar otra página dorada de su ilustre mochila. Otra poética pieza deportiva. Autografiaba la última victoria envuelta en clinic de la lista que borda su estela al tiempo que deglutía el agua que había elegido como refresco en clave biológica tras la batalla, desprovisto de entusiasmo y cumplimentando, hasta en el postpartido, cada etapa ideada de un día más en la oficina.
Aposentado en el trono de la trascendencia al que nadie consigue escalar para discutirle espacio en la conversación de tú a tú. Aunque la periodicidad de cosechas de soberbio tenis cada vez alarga más la sequía entre episodios, por mor de los 34 años que refleja y condiciona su iluminada figura, el campeón de todo se limita a saborear, comedido, el regusto de “disfrutar compitiendo”. De amaestrar al dominador de 2015 con la rotundidad elegante de las mejores versiones. Todo se reduce, según susurra el discurso de Roger Federer, a buscar motivación para enfrentar frentes concretos porque el físico ya no alcanza para pasear la clase con regularidad en los cinco sets de agonía anatómica de un Grand Slams estándar. Y, toda vez remarcado el objetivo, desplegar la esencia de unicidad de su juego y recuperar el brillo de paladar exquisito. Destapar el frasco lo necesario para volver a cerrarlo, ya que no queda demasiado.
Novak Djokovic, emblema de la imposición irrebatible y sostenida del ritmo y exigencias tan perennes como abrasivas, con sello de desesperación ajena, aparecía en segundo plano en la escena, obligado a deglutir el trago que significa sorprenderse inferior, desprovisto de argumentos. Quedó el indiscutido mejor tenista del presente ejercicio constreñido a evocar la penumbra de pretéritas tesituras, cuando construía y alimentaba la irreverencia de aquel que quiere candidatearse, firmando autógrafos con resignada amabilidad a los aficionados de las primeras filas del faraónico O2 londinense. La exuberante superioridad del jugador serbio, que había convertido en un automatismo coherente la consecución de victorias encadenadas acá y acullá, sintetizó la mutación de su estatus en hora y cuarto de lección y rol de sujeto pasivo: "Estos días llegan. Este tipo de cosas pasan. Tengo que aceptarlo. Espero trabajarlo mañana y llegar mejor al siguiente partido. Roger jugó bien tácticamente. Sin duda fue el mejor en la pista. Pero creo que yo también contribuí a que él pudiera marcar el ritmo desde el fondo de la pista. Si juegas así contra Roger no tienes opción alguna".
El 7-5 y 6-2 que figura en el relato de la expresión metafísica de juego como elemento tangible de lo acontecido vino a deshilachar la lógica y los guarismos que mostraban inercias antagónicas. Nole desembarcaba en la segunda jornada de las Finales ATP con sólo cinco derrotas a estas alturas de calendario -dos de ellas a manos del suizo, en Dubai y Cincinnati- e impulsado a través de una racha de 23 victorias consecutivas y 38 encadenadas en pista cubierta. No había cedido un solo envite en indoor desde 2012 -frente al estadounidense Sam Querrey en París- y los espectadores que acuden a este epílogo a cada temporada no habían asistido a un duelo infructuoso del eslavo desde 2011, cuando su compatriota Janko Tipsarevic cercenó sus posibilidades de acceder a las semifinales. En el actual capítulo de su ya legendaria rivalidad -la segunda más larga de la historia- con su coyuntural némesis helvética arribaba preponderante, al arrancar de la sala de trofeos oponente las finales de Wimbledon y del US Open, todas ellas conquistadas por decantación.
Tanto el All England Club como el neoyorquino recinto de Flushing Meadows cobijaron la representación de los límites de la reinvención diseñada por Federer. El suizo exigió al extremo al serbio en los dos primeros sets para más tarde pagar el peaje de los seis años de diferencia existencial y el poso multiplicador de cansancio químico que acaba por contaminar también la concentración. Si bien los resultados finales no denotaron una relación monopolística (7-6, 6-7, 6-4, 6-3 en el verde británico y 6-4, 5-7, 6-4, 6-4 en el Abierto de Estados Unidos), el punto de inflexión que definió el nombre del poseedor de ambos títulos permanece relacionado de manera directa con el inexorable paso del tiempo. Y es que, en enfrentamientos largos, el único callejón a recorrer por la vieja gloria para conjugar el antídoto a la efervescente intensidad de Djokovic emerge del apartado mental, de mostrar al rutilante jugador referencial presente que su tenis no alcanza el terciopelo.
“No me esperaba esta victoria, pero confié en mis posibilidades durante todo el día”, reflexionó Roger para, a continuación, exponer la receta de su pócima: “La única manera de jugar contra Novak es arrinconarle, cerrarle, y eso es muy difícil”. Pero la teoría tomó la piel de lo pragmático y el número uno salió de eje. El pasado martes, mientras La Marsellesa rezumaba fraternidad entre pueblos y retumbaba para la posteridad en Wembley, Federer mezcló su tenis, obligando a su contrincante a mantener la concentración en búsqueda de lecturas anticipadas que amortiguaran la agresividad del suizo, unas veces, y explotaran las grietas de su achique, en otras. Planteó un desafío desde el fondo de la pista al mejor defensor del circuito, que se apuraba por llegar a cada envite, como acostumbra, pero poco a poco fue perdiendo resuello para atinar el golpe definitivo.
Intercambió derechas, golpes liftados, dejadas, subidas a la red, saques puntiagudos y aces con sabiduría para desquiciar a un Djokovic que, tras empatar el 0-2 inicial en el segundo y definitivo set , sufrió un colapso: la imponente regularidad en la excelencia cambio de bando. Aquel que disfrutó de su posesión en los Grand Slams se vió desbordado por la finura venenosa del veterano. Concluyó el duelo el favorito con una cifra de errores descontextualizada con respecto al rendimiento del eslavo este año: 22 fallos por 12 golpeos ganadores. La seguridad en el servicio -firmó un 75% de puntos ganados después del primer saque por el pobre 51% registrado por su rival y dibujó 6 aces por dos propulsados por las cuerdas de Nole- y la templanza en los instantes decisivos granjeó al lujoso segundón una victoria de altura salpicada por envíos de excelso pentagrama.

Con este atentado a la jerarquía del número uno de la ATP, que humanizó al otrora intratable Djokovic, Federer confirmó lo loable del ajuste de su zona de confort tenístico a su vetusta performance física. Tras “tocar fondo” en 2013, el primer curso que cerró sin ningún torneo que llevarse a la vitrina desde 2001 y el único desde la mencionada fecha, de carrera incipiente, en que tendió el telón por debajo del podio final y del 80% de victorias, el considerado como mejor deportista que haya ilustrado a una raqueta replanteó su escaño en la escena para elegir mejor los espacios de esfuerzo y la duración de intensidad que le beneficia, relativizando las eliminaciones prematuras para focalizar su mentalización hacia superficies e intervalos de temporada propicios.
Bajo este paraguas relanzó su competitividad para concluir este noviembre como segundo mejor tenista de 2015. Con goteras de motivación, que le conllevan más sudor del calculado -como muestra su tercera victoria en la travesía londinense ante Nishikori, que remontó dos veces de manera consecutiva un 4-1 del helvético-, el inteligente repunte en el rendimiento de Federer (ha regresado, con el actual 87% de victorias, a cifras que coquetean con su esplendor triunfal) y, sobre todo, el contenido del conducto recorrido, bien podrían marcar el camino a Rafa Nadal, instalado todavía en un plomizo periodo de auto-reflexión que le ha sacado del top 3. Aunque el perfil no resulta, bajo ninguna perspectiva precisa, aceptar parangón alguno.
Catalogaba Enric González al futbolista Antonio Cassano de 2004, el que enamoraba a Italia haciendo una dopietta lírica con Francesco Totti en Roma, cuando todavía respiraban protegidos por el estilo regionalista, como expresión poética, y, por tanto, adolecente de supervivencia prolongada. “Hay que disfrutarlo mientras dure”, aventuraba el analista destinado al Bel Paese. Parecería este diagnóstico el atinado para el deguste del epílogo de un coloso semejante a Federer. Como si se tratara de aquella deflagración fugaz protagonizada por Andre Agassi, cuando hubo colgado la peluca para concentrarse en erigirse como uno de los restadores de alcance atemporal.
Pertenece al magnetismo del azar la durabilidad física y mental del tenista. Por ende, no cabe otra opción que atender, con lupa, a cada punto que juegue. A la espera, tan templada como la resaca de su última sonada revelación de genialidad, de contemplar el penúltimo de respingo de un prototipo irrepetible atendiendo a sus variopintas aristas y la coordinación simétrica que guardan calidad, inteligencia, manejo del juego, finura y detección de soluciones en ambas facetas de la competencia. De momento, con futuro incierto, medirá su presente ante el indigesto vecino, Stan Wawrinka, en las semifinales de este Barclays ATP World Tour Finals. Un torneo que ha permanecido hierático, con total impotencia, ante el robo del protagonismo efectuado a sus partidos decisivos. El cenit ya cosechó su expresión en la segunda jornada de la primera fase, al verse arrodillado el mejor por una lección del más brillante.