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TRIBUNA

Avaricia catalana e indolencia gallega

Antonio Domínguez Rey
miércoles 25 de noviembre de 2015, 20:56h
Actualizado el: 25 de noviembre de 2015, 21:04h

Los tópicos son figuras expresivas que sellan acontecimientos, modos de conducta, singularidades y anécdotas. Dependen del acierto expresivo y de la imagen concreta, sugestiva, que encierran. Dante reflejó en un endecasílabo de la Divina Comedia el de la Cataluña medieval: “l’avara povertà di Catalogna” (Paradiso, VIII, 77). Era viajero, en parte forzado, pues huyó de su Florencia querida escapando de una muerte probable. Hay quien sostiene que peregrinó a Santiago de Compostela. Queda la exclusiva del término peregrino asignado en acepción propia al viadante que, desde “lueñes tierras”, saluda a “san Jacopo, o riede”, vuelve a su lugar de origen. Los que van a Jerusalén son, en cambio, palmeros; los de Roma, romeros, dice el poeta soberano en Vita Nuova (XL).

No dejó Dante sellado el tópico gallego de la escalera. Nunca se sabe, dicen, si un gallego sube o baja. El galaico fino responde que quien no sabe es el otro, pero él sí. Espera a estar cierto de la intención y conducta ajena. Su imprevisión es cauta. Considera, calcula, cavila, templa sin perder el hilo del diálogo. Renan, muy crítico con el nacionalismo de Alemania, decía de los celtas que son autónomos, jueces de sí, y ajenos a la imagen que de ellos tengan los demás.

Tal vez sucedió algo de esto en el último encuentro oficial de 2014 entre los presidentes Artur Mas, autonómico, y Mariano Rajoy, estatal. Avaricia catalana frente a quietismo galaico. Quienes así piensan olvidan el fondo del tópico: una sinécdoque. La parte por el todo. Barcelona por Cataluña, Galicia por España. Lo cierto es que, si Rajoy accediera, contra el mandato que le otorga la ley, al pacto fiscal que proponía Artur Mas, se hubiera salvado la situación de momento. Y si, en plena exultación soberanista, hubiera aceptado Rajoy un consorcio económico singular, asimétrico, y el desarrollo del eje del Mediterráneo para Cataluña, no asistiríamos hoy al espectáculo ridículo que nos embarga. El Estado circuido por arrogancia de parte catalana, y exigua, de la población española.

Ni Europa ni el resto de España, ni la mayoría de Cataluña aprueban la sedición ya evidente. Y aun así persiste el Parlament autónomo en declararse escindido de España. Tiene ahora una justificación sui generis que antes solo esbozaba con rodeos múltiples. Pudieron declarar la soberanía en ejercicio democrático de sus funciones, por más que estas excedieran el marco legal de las competencias. El acto de proclamación ya figura en sus anales como sello histórico de soberanía al margen de lo que diga España. Y en esto sí ha habido indolencia política por parte del Estado. La soberanía nacional fue víctima, por mucho que se razone al revés con la ley en la mano, de su propia Constitución. Dejó entreabierta la puerta de salida a pesar del ejercicio de retórica democrática. La ley tiembla siempre si la fiducia de fondo cambia de signo. Y el pacto social autonómico está ahora bajo caución. Depende de una mano firme.

Por eso asistimos desde 2012 a una retórica vacua de remociones políticas, sociales, económicas, históricas. Se pretende crear el halo semántico que permita establecer un sentido hermenéutico favorable a la sedición y con argumentos posdemocráticos. Barcelona mantiene una tensión mediática continua y ascendente. El ruido creado en los medios icónicos, nacionales e internacionales, favorece una imagen catalana que incrementa su efecto soberano.

Ante esta crecida sutil de río desbordado, el presidente Rajoy sí ha ejercido la cautela de medir los tiempos permitidos por la Constitución. Y en contra de su rédito público. Lo que parecía indolencia, y tanto le criticaron, dentro y fuera de su partido, resulta ahora precaución más que galaica: sabiduría. El sabor del sentido común, único argumento que esgrime como político. Y le da resultado, al menos por ahora. Decidió hacer frente, y a su manera, pero sin romper el marco legal, a la insolencia sectaria.

El contraste entre el ruido informático e icónico de la política y el ejercicio templado del poder legalmente constituido deja al descubierto un abismo social peligroso. La política, su entorno y contorno mediático se convierte en escena de una obra esbozada a jirones de poder mercantil y partidista. Enfrente mira un público mimetizado con cara de marco luminoso, imbuido de las ondas nanológicas que cifran los cambios de secuencia. La tensión social depende del “plasma” teledirigido. Converge hacia el foco de una pantalla, sea la letra impresa, la voz del locutor, su imagen, la página de un libro. Todo es imagen y voluble, versátil. Los actores saltan del televisor al móvil, de la radio al artículo impreso, del eco digital a la sala y atril de fundaciones y ateneos, del discurso a la encuesta. Se lía un hilo de plasma atómico. Vibra con la gravedad del dinero que corre entre bambalinas mientras los agentes sociales denuncian la corrupción y viven de ella colateralmente. Un verdadero drama político.

Artur Mas conoce bien el resorte y se ha vuelto “un deus ex maquina”. Cambia, altera el guión de la obra según las circunstancias indiquen o forzándolas previendo la caída del telón. En realidad, no ha hecho otra cosa que practicar una política de distracción ante el cúmulo de corruptelas y desgaste del acervo ilustre e histórico de Cataluña. Una huida hacia adelante con mucho ruido como estela de fondo. De seguir así, Barcelona terminará emulando a la Florencia medieval de Dante como símbolo de corrupción en el canto sexto del Purgatorio. Y con ella, el resto de España.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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