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EN TRES TIEMPOS

1961 y 1968, derrota moral del socialismo real

martes 01 de diciembre de 2015, 20:23h

La década de 1960, en diferentes lugares del mundo, significaba la posibilidad de construcción del socialismo como la sociedad del futuro. Después de la Segunda Guerra Mundial se habían consolidado distintos países siguiendo el modelo de la Unión Soviética en Europa Oriental, como ilustra Anne Applebaum en su excelenteEl Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este 1944-1956 (Madrid, Debate, 2014). Adicionalmente, en 1949 triunfó la Revolución China y diez años después llegaba el turno de la Revolución Cubana, liderada por Fidel Castro y el Che Guevara. Todo parecía ir en la misma línea de determinación histórica.

Un interesante diálogo en 1959 entre el líder soviético Nikita Kruschev (o Jrushchov) y Richard Nixon, entonces Vicepresidente de los Estados Unidos, ilustra muy bien la situación. Conviene reproducir algunos aspectos fundamentales, que se encuentran en la obra de Niall Ferguson, La guerra del mundo (Barcelona, Debate, 2007):

“Jruschov: Les guste o no, la historia está de nuestra parte. Les enterraremos… ¿Cuánto hace que existe Estados Unidos? ¿Trescientos años?

Nixon: Ciento cincuenta años.

Jruschov: ¿Ciento cincuenta años? Bueno, entonces podemos decir que Estados Unidos lleva ciento cincuenta años de existencia y ese es el nivel al que ha llegado. Nosotros existimos desde hace apenas cuarenta y dos años, y en otros siete llegaremos al mismo nivel que Estados Unidos. Cuando les alcancemos y les pasemos de largo, ya le saludaré con la mano”.

Lo valioso de la conversación no es la convicción de los jerarcas soviéticos sobre el promisorio futuro socialista, que podría deberse a la mera fanfarronería habitual en los burócratas del Kremlin. Lo realmente interesante es que se trataba de una idea que circulaba en distintos lugares del mundo casi como una profecía autocumplida: desde el bloque soviético había una certeza en la victoria ineluctable del socialismo, mientras en Occidente crecía el temor ante la imposibilidad de detener la marea roja. Eso en el plano político, porque en materia económica era cada día más evidente, y se consolidaría con el tiempo, la superioridad de las economías libres sobre el socialismo real, para la creación de riqueza y la generación de mejores oportunidades para la gente.

Por lo mismo, a la larga la historia adoptó un curso diferente. Las fuerzas del comunismo terminaron derrotadas en la década de 1980, con el triunfo ideológico del liberalismo económico y político, como destacaba Francisc Fukuyama a mediados de 1989, y como confirmaba la caída del Muro de Berlín en la histórica jornada del 9 de noviembre de ese mismo año. En cualquier caso, no sería correcto circunscribir el problema solamente a esa década, considerando que la situación -que seguramente pasó inadvertida para muchos- comenzó a fraguarse precisamente en los ’60. Entonces las declaraciones y los hechos parecían anunciar exactamente lo contrario, es decir, la consolidación del comunismo en distintos lugares del mundo, aunque con algunas contradicciones internas que eran la confesión pública de lo contrario. ¿Qué ocurrió en esos años que -observado con el paso del tiempo- resultaba una verdadera derrota de los socialismos reales?

Hay dos sucesos que, junto con abrir y cerrar la mítica década de 1960, muestran muy bien las contradicciones históricas del mundo detrás del Telón de Acero. En 1961 se produjo la construcción del Muro de Berlín, un acontecimiento que resulta una de las expresiones más elocuentes de la Guerra Fría, porque dividió a Alemania en dos, creó un cerco contra la libertad, así como un espacio de muerte y de vergüenza. En 1968 el lugar simbólico fue Praga, cuando un grupo dentro del sistema comunista, liderados por Alexander Dubcek, intentó crear lo que denominaron “un socialismo con rostro humano”, fórmula lapidaria que aparecía como contraste elocuente con el socialismo real.

En la práctica, estos hechos muestran muy bien en qué estaba la lucha entre el mundo comunista y las democracias occidentales, así como las respuestas a las expresiones libres de sus respectivos pueblos. En su visita a Berlín en 1963, el presidente John F. Kennedy pronunció un elocuente discurso: “Hay gentes que dicen que el futuro pertenece al comunismo. Que vengan a Berlín”. Y luego agregaba: “El muro es la demostración más terrible y más fuerte del fracaso del sistema comunista”. El tema resulta obvio: si un sistema, como el de la Alemania Oriental, debía levantar esta terrible edificación para que su población no huyera buscando mejores condiciones de vida, la verdad es que se trataba de la confesión abierta de su propio fracaso.

La situación de Checoslovaquia en 1968 tiene la misma naturaleza. La petición de una mayor libertad de prensa, el fin a la censura y todo aquel espíritu que dominó lo que se conocería como la Primavera de Praga, no encontró buena acogida entre las autoridades del socialismo mundial, específicamente las soviéticas. Los tanques rusos hicieron su labor y los intentos reformistas quedaron sepultados con la represión y la violencia, para que todos los pueblos bajo el comunismo tuvieran plena conciencia de los límites establecidos y por los cuales se volvería a actuar en caso de necesidad. Era una segunda gran derrota moral del comunismo en una década.

Sin embargo, como resume adecuadamente Tony Judt en Posguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Madrid, Taurus, 2012), la verdadera lección de 1968 era otra: “nunca más sería posible sostener que el comunismo descansaba en la voluntad popular, o la legitimidad de un Partido reformado, o incluso las lecciones de la historia”. Esto valía para los checos y, ciertamente, también para otras sociedades que se encontraban en situaciones análogas o tuvieran la alternativa de construir sus propios regímenes socialistas.

De esta manera, comenzaba el fin de un sistema que, a la luz pública, mostraba que sólo podía mantenerse por la fuerza, mediante un muro gigantesco o por medio de tanques organizados para la represión. Los pueblos respectivos, en Berlín o en Praga -y ciertamente en otros lugares de Europa Oriental- todavía deberían esperar algunas décadas para encontrar el final de la época del comunismo, dejar atrás sus dictaduras, y dar paso a nuevas oportunidades de organización social y búsqueda de una mejor convivencia en este mundo, sin tener que recurrir a promesas utópicas que, como siempre, terminaron con más dolor que felicidad.

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