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LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

La revolución de Nicolás Maduro

miércoles 02 de diciembre de 2015, 20:25h

Nicolás Maduro ha vuelto a repetir en público que digan lo que digan las urnas, no entregará la revolución. Lo que signifique en concreto esta afirmación o la idea que tenga en mente el caudillo venezolano es algo que solo podrá verse si, como parecen indicar los sondeos, la oposición logra terminar con los 16 años de un imperio chavista que sigue creciendo en su particular interpretación de regir un país. Un gobierno de carácter absolutista y dictatorial, empeñado en no tener de frente una oposición que pueda cuestionar sus actos, sus alucinantes tropelías. Instalado en el insulto y la descalificación permanentes, los discursos de Nicolás Maduro contienen, además, espeluznantes advertencias que más bien parecen amenazas o, sencillamente, lo son y punto. Todas las dictaduras se apuntalan con el miedo, a lo que sea. Por supuesto, siempre encofradas a base de populista demagogia.

Sin embargo, por otra parte, el tiempo nunca suele jugar a favor de los dictadores. A Nicolás Maduro se le nota especialmente desabrido a medida que se acerca el 6 de diciembre, a pesar de que las elecciones que ese día se celebran en Venezuela no sean presidenciales sino legislativas. Aun así, si el régimen chavista pierde la mayoría en la Asamblea Nacional cabría la posibilidad de que se pusiera en marcha un referéndum de carácter revocatorio para alejar a Maduro del Gobierno. Y, claro, a Maduro se le ha acentuado la paranoia, anda elevando el tono de sus improperios – parecía imposible que pudiera ir a más – y, sobre todo, sigue sin escuchar las peticiones de la comunidad internacional para que ponga en libertad a Leopoldo López, su principal opositor político. Es probable que Maduro, además de quitárselo de encima, pretendiera mandar un aviso a navegantes pero en Venezuela hace tiempo que se abrieron las compuertas y los marinos le crecen al presidente venezolano igual que los indómitos enanos de un circo maldito.

Para colmo, es probable que Maduro no contara con la propia mujer de López, Lilian Tintori, armando ruido de acá para allá, es decir, haciendo declaraciones y denunciando, dentro y fuera de Venezuela, hechos gravísimos presuntamente dirigidos por el líder chavista y su camarilla. “Me quieren matar”, ha asegurado Tintori a todo el que ha querido escucharla. Igual que si la frase fuera un escudo capaz de protegerla después de un sospechoso fallo de frenos en la avioneta en que viajaba y, sobre todo, a raíz de verse literalmente salpicada por la sangre de otro dirigente opositor, Luis Manuel Díaz, asesinado en Guárico durante un acto de campaña. Una horrenda muerte que, por supuesto, el gobierno venezolano se apresuró a relacionar con ajustes de cuentas entre bandas delictivas. Aunque lo blanco y en botella ya sepamos cómo se llama. Y Maduro, en un alarde de burdo cinismo, ha aprovechado la ocasión para ofrecer protección a Tintori a través de los equipos del Servicio Bolivariano de Inteligencia, precisamente, según la esposa de Leopoldo López, los mismos que pretenden cerrarle la boca para siempre.

En Venezuela, los esperanzadores vientos de un cambio que devuelva la libertad al país hacen girar, en todo caso, las aspas del temor a que si la oposición logra ganar – habrá que ver primero la transparencia de los comicios -, Maduro recurra a la Milicia Nacional, el cuerpo paramilitar creado por Hugo Chávez en 2007 con más de 120.000 efectivos que dependen de forma directa del Palacio de Miraflores. Más temor para inclinar su balanza, esa que cae siempre del lado de quien manda “por cojones”. Pero si Maduro no contaba con Tintori, menos debía de tener en la cabeza que dos sobrinos de su mujer, Cilia Flores, fueran a caer en manos estadounidenses, es decir, tan dramáticamente lejos de su poderosa zona de influencia. El pasado 11 de noviembre, a Efraín Campo Flores y Francisco Flores de Freitas los detenían en Haití con 800 kilos de cocaína acusados de asociarse para introducirla en Estados Unidos. Allí permanecen ambos sin fianza y todo apunta a que los retrasos en su comparecencia ante el juez federal de Manhattan Paul Crotty – la última estaba fijada para ayer mismo pero la abogada que representa a los Flores logró un nuevo aplazamiento – se deben a la oferta realizada por la fiscalía de una reducción de la pena a cambio de información sobre la presunta participación del régimen venezolano en asuntos de narcotráfico. Campo Flores y Flores de Freitas se enfrentan, recién cumplidos los 30 años de edad, a una más que posible sentencia de cadena perpetua y cualquier acuerdo que cambie tan definitivo destino, aunque sea de 20 años en la cárcel, puede que sirva para que se conviertan, ellos también, en indeseados e inesperados opositores de su tío.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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