Según la última encuesta del CIS, el PP ganaría las elecciones, quedando 8 puntos por encima de un PSOE al que se aproxima cada vez más Ciudadanos. Podemos y sus marcas blancas obtendrían cerca de 50 diputados, cifran en sí misma meritoria pero bastante alejada de las ínfulas primeras de Pablo Iglesias. Otras encuestas varían los porcentajes, aunque si en algo coinciden todas ellas es en la enorme cantidad de indecisos, la mayor en la historia de la democracia.
Efectivamente, casi uno de cada cuatro españoles no tendría aún claro su voto. Es por eso que los principales líderes políticos parecen haberse embarcado en una suerte de road movie a la caza del elector indeciso. Priman lo espacios de entretenimiento, donde se valora más el gracejo del político de turno que sus propuestas de futuro. PP y PSOE se han visto rebasados por dos formaciones emergentes como Ciudadanos y Podemos que han enterrado -al menos de momento- al bipartidismo tradicional, obligando a pelear por cada escaño.
¿Hasta qué punto es edificante este show mediático en que se ha convertido la campaña electoral? Por un lado, sí es positivo que los candidatos se humanicen e intenten aproximarse a quienes deben depositar su confianza en ellos. Por otro, la labia o el chascarrillo demagógico son argumentos claramente insuficientes para algo tan serio como gobernar un país. Y eso es algo que ha de tenerse muy claro el próximo día 20 de diciembre.