Un tuit del 30 de junio de 2014 ha desencadenado el linchamiento de Marta Rivera de la Cruz. Ella ya ha explicado aquí que se descontextualizó lo que decía. Algunos han querido comparar esta polémica con la de los tuits del concejal Zapata y los chistes antisemitas. Creo que son casos diferentes y que, en este caso, el humor no está presente. Me parece que esto marca una diferencia. Conozco a Marta desde hace años. Es una escritora brillante que ha dedicado una novela entera a describir el horror del Holocausto. He tenido el placer de compartir con ella tertulias y conversaciones muy largas. Yo no necesitaba una explicación –aunque entiendo que quizás otros sí- porque por Marta hablan sus obras y sus personajes y no un tuit, que solo permite ciento cuarenta caracteres. Lean “En tiempo de prodigios”. Sin duda, hay en España antisemitas pero Marta Rivera de la Cruz no se encuentra entre ellos.
Hay, sin embargo, algo muy inquietante tras esta polémica: la utilización del Holocausto y el antisemitismo como bumeranes políticos durante la campaña electoral.
A muchos en España les duele la tragedia de los judíos muertos durante la Shoah. No me cabe duda de su sinceridad cuando recuerdan a las víctimas y se conmueven evocando el espanto de los guetos, los campos, las fosas, las cámaras y todo el terror que damos en llamar Auschwitz. Sin embargo, cuando pasan las conmemoraciones y las ceremonias, cae sobre el antisemitismo en España un manto de silencio que rara vez se alza salvo para utilizarlo con otros fines. Apenas se habla del odio contra los judíos que se esconde hoy tras el odio a Israel. Se silencia o se relativiza el terrorismo que habitualmente sufren los israelíes y, a menudo, se oculta a sus víctimas. Parece de mal gusto reconocer que, junto con el antisemitismo de extrema derecha, existe un antisemitismo de extrema izquierda. Pocos dicen en público lo que hoy se sabe a ciencia cierta: el odio contra los judíos –especialmente en Europa- se está difundiendo a través de foros y redes islamistas y yihadistas. Ojalá se levantase esta ola de indignación cada vez que el antisemitismo se disfraza de antisionismo.
En el fondo, palpita el miedo. Con esta dinámica de linchamientos, consignas y hostigamientos, las tecnologías de la información y la comunicación se están convirtiendo en los nuevos cauces de la vieja propaganda: los chivos expiatorios, las descontextualizaciones, la omisión de datos fundamentales de modo que el mensaje se tergiverse sin parecer falso. La media verdad es la forma suprema de la mentira. Así no hay quien pueda entablar un debate sobre nada ni se genera información alguna que merezca ese nombre. En medio del ruido de las redes sociales y los eslóganes, es difícil percatarse del silencio que se cierne sobre las cuestiones fundamentales. Con tanto aporreo, la verdad de las cosas pierde peso frente a la apariencia.
Una de las terribles lecciones que el Holocausto nos enseña es el formidable poder de la propaganda y la manipulación del lenguaje. El temor a la soledad –quedarse solo frente a la turba- contribuye a que la persona señalada se vea doblemente afrentada por la mentira y por el abandono. La confusión y la celeridad con que todo transcurre lleva a personas bienintencionadas a dar por cierta una falsedad que se repite y viraliza ad infinitum. Incluso cuando la verdad se imponga, la mentira quedará en los repositorios digitales y quien busque en el futuro tendrá que formarse su propio juicio.
Por eso –he aquí la paradoja- tenemos que hablar más que nunca y romper ese muro de silencio, falsedad y confusión que el linchamiento levanta sobre la persona que lo sufre.
Estamos en la fiesta de Janucá, la fiesta de las luminarias que conmemora cómo el candelabro del Templo –la Menorá- permaneció encendido ocho días a pesar de que solo tenía aceite para uno. Es un tiempo de milagros que recuerda cómo la luz vence a la tiniebla y cómo unos pocos pueden vencer a muchos.
Una fotografía famosa del año 1932 muestra un candelabro de Janucá –que tiene ocho brazos laterales y uno central- en una ventana a través de la cual se divisa una bandera nazi. Pertenecía a la familia de Akivá y Raquel Posner. Tras la foto, Raquel Posner escribió “Muerte a Judá/dice la bandera/Judá vivirá para siempre/ responde la luz”. No, el destino de los judíos no dependerá de lo que sigan vociferando unos u otros sobre ellos, su pasado o su futuro. Se atribuye a Ben-Gurión la cita de que “lo que importa no es lo que digan los gentiles. Lo que importa es lo que hagan los judíos”.
Así, el debate sobre el Holocausto, el antisemitismo y su estatuto en el discurso público –que, al parecer, en España puede convertirse en el de un arma arrojadiza- atañe a nuestra propia identidad y a los valores que decimos defender como sociedad. La Shoah impone a Europa la responsabilidad que Emil Fackenheim llamó el mandamiento 614: “primero, se nos ordena sobrevivir como judíos para que el pueblo judío no perezca. Se nos ordena, en segundo lugar, recordar en lo más profundo de nuestro ser a los mártires del Holocausto para que su memoria no perezca. Se nos prohíbe, en tercer lugar, negar o desesperar de Dios […] para que el judaísmo no perezca. Se nos prohíbe, finalmente, desesperar del mundo como el lugar que va a ser el Reino de Dios para que no lo convirtamos en un lugar donde Dios esté muerto, sea irrelevante o todo esté permitido. Abandonar cualquiera de estos imperativos, en respuesta de la victoria de Hitler en Auschwitz, sería darle todavía otra victoria póstuma”.
He aquí la cuestión de fondo: no darles a los nazis una victoria póstuma. Con esta dinámica de linchamientos tuiteros y de aporreamiento a punta de consignas, estamos desterrando la inteligencia y la verdad a los rincones de la esfera pública. Cada campaña de hostigamiento es una victoria de la barbarie.
A veces, callar es una forma de complicidad con la injusticia. En defensa de Marta Rivera de la Cruz hablan sus libros, sus artículos y, en suma, sus textos.
Esta columna se limita a mandarle un abrazo.