Este artículo pudiera escribirlo solo con metáforas: España, pasmada; España, a trizas; España, cuarteada; España, sin destino, horizonte. También cabría titularlo: Puño, puñetazo e insultos. Etcétera. España, pura metáfora.
Si algo queda claro tras las últimas elecciones generales, es el desfondamiento paulatino del país. La democracia no se consolida, al menos con la consistencia de los demás países europeos. Da vueltas, merodea, se revuelve y, en cada giro, pierde sustancia. Hay en ella un trasfondo actualizado por el discurso del Rey la noche de Navidad: la sombra latente del pasado. El tiempo previo a la Constitución de 1978. El franquismo parece haber consignado una tendencia larvada de este país siempre revuelto.
En Europa, el partido que gana las elecciones, gobierna. Y si no es así, porque los márgenes son estrechos y el gobierno elegido tendría escasa consistencia, se vota de nuevo o se recurre a la segunda representación elegida o a pactos con personas consensuadas. Cualquier otra solución, inquieta, cuestiona y confronta. ¿Es esto lo que se busca?
No lo creo. España ha entrado en un dinamismo hiperbólico peligroso. Desconfía del poder político por inercia. Hay sectores que han conseguido rentabilizar la hipérbole mudándola en hipocresía social. Lo común es transitorio, pasajero, casuístico. Puede removerse en cualquier instante. Depende del entorno y contexto que se establezca. La estrategia consiste en forzar condiciones y variables de procedimiento cuya acción y discurso lo convierten en provecho. Quien acierte con la clave o algoritmo de remoción social, se impone, triunfa.
La prensa ha entendido muy bien esta fórmula durante el período de elecciones. La producción de títulos, símbolos, iconos, creó una tensión semántica en la que cada encuesta era un flash e incitación de voto inducido. Por una parte, y como siempre, lo nuevo contra lo de ayer, ya viejo, caduco. Por otra, el cambio permanente, la remoción. Y la frontera de esta novedad son los cuarenta, cincuenta años. Algo inconcebible en cualquier país fundado en ideas y no en poses de trasiego ideológico.
La tensión produjo indiferencia, incertidumbre y desconcierto en parte importante del electorado. Quince días antes de las elecciones la tasa de voto dubitativo era elevada. La presión mediática reforzó entonces técnicas de presión social. Y no solo por atraer más votos a uno u otro partido, dependientes como nunca de la audiencia reforzada. Iba en ello la rentabilidad económica. Y al margen de ideologías, o mezclándolas, o reduciendo todas a su producto mercantil.
El ruido mediático y suspense inducido primó el rostro sobre la idea, el gesto sobre el argumento, la estrategia del discurso sobre el contenido. El clímax se logró en el debate a dúo del presidente del gobierno y el jefe de la oposición. Su figura dramática fue el puñetazo de un joven (otra vez la edad de las ideas) en el pómulo izquierdo del presidente. Al puño lo precedió el insulto en pantalla. Directo a la persona en un caso; a la expresión, en otro, pero con rabia oblicua no menos directa. Y el mediador del debate, en teoría el foco del espectador neutro, de la audiencia expectante, pasmado.
Crecían entretanto la risa y sonrisa de los partidos emergentes, puño en alto o tic de dedos en la empuñadura bien plegada de la chaqueta. Cada cual con proclamas como cuñas. En una mano, cerrada, la historia reducida a símbolo de fuerza e impulso. En la otra, u otras, derecha tactando la izquierda, o viceversa, escarceo de muñecas.
Al extractismo sincrónico –sutil aprovechamiento de lo ajeno- se suma hoy el posibilismo diacrónico. Carentes de ideas, los políticos asentados buscan entre los recovecos del día subterfugios que justifiquen su permanencia. Los alevines, postulantes, miran por los entresijos de la historia qué posibilidades quedaron varadas, en potencia, por si renace algún valor virtual del ahora presente. Y retornan los dualismos, aporías, las oposiciones democráticas: república, monarquía, nacionalismo, socialismo real (democracia directa o simbiosis de los dos, tres ismos), neocomunismo... Remoción de los fundamentos. Vuelta al debate sobre la forma de convivencia. La noria política.
Durante cuarenta años, y a pesar de ver franquismo en todo tiempo anterior, o como consecuencia suya (que debatan los historiadores), el conocimiento se ha reducido a esquemas, planos, apuntes, clics mentales, archivos, nubes informáticas que ocultan, orillan realidades como puños. Y nadie las afronta, pero casi todos sospechan que atrás quedó otra forma posible de vida conjunta. Jóvenes mirando de reojo por la rendija de los años que no vivieron.
Ningún candidato se ha detenido a consultar el termómetro de la cultura española. Nadie ha proyectado la realidad de España en el mapa de Europa e implicaciones inmediatas de sus exigencias. Tampoco en el de América, aunque se citara de paso y el discurso del Rey escogiera como símbolo el escenario del Trono que reinó en una y otra parte del Atlántico. ¿Podemos eludir la deuda e intereses contraídos con el derroche, en estos años, de la inversión y ayuda europea? ¿Explicó alguien el peso de esta losa en el día a día de nuestra realidad cotidiana? ¿Dijo alguno de los candidatos que la reducción se orienta a más del treinta por ciento de los sueldos actuales y casi a la mitad el cobro de las jubilaciones? ¿Quedó claro que la fuente de subsistencia futura del gasto estatal serán impuestos sobre el ahorro, herencias, consumo, prestaciones? ¿Quién puede subvertir esto, en nombre de qué partido, promesa? ¿Con qué cara? Encima, el debate escatimó la importancia del conocimiento estructurado como riqueza y rentabilidad democrática. Solo la mención, pues está de moda. De la Universidad trascendió el puño en alto y como reducción de la historia sin contar los millones de muertos que sepulta. Y el capital mediático espoleando la oferta, contra sí mismo, pues penaría en caso de triunfar el comunismo. Mientras tanto, la plusvalía está asegurada. No importa que desaparezcan dotaciones, recursos, puestos docentes. Se amañan con sutileza los pocos contratos. Los profesores trabajan a coste cero, asumiendo cualquier tipo de función, gestión, asignatura, horario real, incluida la tarea en casa. Y el Estado pretende además representación internacional, cualificada, del conocimiento. Pura hipérbole. La televisión sustituye al parlamento y a la cultura. El periodismo, a los diputados. La imagen mercantil es el Olimpo. Unos y otros viven de la paradoja que generan. Y los agentes sociales apenas emergieron en las plataformas públicas de estas elecciones.
Quien quiera ganar rédito, que hable claro. Y esto solo lo puede hacer hoy un gobierno de concentración democrática que respete la mayoría del voto y blinde el desarrollo económico conseguido. Necesitamos saber en qué punto nos encontramos, cuál es nuestra esperanza de ciudadanos europeos. Desde estas páginas, hemos pedido alguna vez que la democracia incluya en sus gobiernos a una representación cualificada de ciudadanos independientes. Los partidos ya no garantizan, tal como se conducen, la salud del Estado. Han perdido crédito. Nos empantanan.