Lo peor de Pedro Sánchez es su divagante lucha consigo mismo. En política de altura no es lícito tener odio al adversario, con solo mantener simple rivalidad es suficiente. Mal, muy mal le van las cosas a quien confunde aptitud, respeto y solvencia de buen estadista con algo parecido a la rapa das bestas, de Sabucedo, (que no por la cita deja de ser un digno festejo). No es ese el camino que debe seguir quien, por imperativos de su propio fracaso en urnas, aún no ha tenido la gallardía de dimitir. Su inquina, aún siendo cuestión personal con Rajoy o en general con el Partido Popular e incluso con la derecha de este país, a estas alturas eso ya suena a excusa.
Aún está a tiempo de rectificar si deja de lado su arrogante y ardorosa manía de sentirse el líder de las energías perdidas. Fue Napoleón Bonaparte quien dijo que “En política hay que sanar los males, jamás vengarlos” Es cuestión de enmienda y una buena dosis de humildad, dos ingredientes esenciales en nuestra dieta mediterránea. Dicho esto, si el señor Sánchez asume el papel que le corresponde, o sea, asimilar su condición de haber quedado segundo con una gran pérdida de masa muscular en cuanto a votos referidos al PSOE, y a la vez afloja el rictus poderdante, metaboliza su fracaso y acata con displicencia su gran y única oportunidad para convertirse en futuro hombre de estado, entonces, estaríamos ante lo honorable. Con estos mimbres no cabe otra que acordar el pacto único con el PP, con inclusión de Ciudadanos, ya puestos, y con ello podríamos evitar el hundimiento de nuestro país, aunque la fobia cognitiva entre las partes le diera sustancia al propio acuerdo. Si además de todo ello, se cede, se extrae o se aporta lo mejor de cada ADN incluido en sus respectivos programas de gobierno en cuestión, esto sería la leche. No es tanto pedir.
Cuando dicen que las cosas van mal, la consigna para solventar los problemas, gobierne quien gobierne, está basada en la unidad, el esfuerzo y la confianza; como sabemos una suerte que siempre recae sobre los sherpas (versión Nepal), aquí simples ciudadanos contribuyentes. Por eso la llamada al sacrificio popular no tiene justa correspondencia cuando la exigencia se debe a la contra, es decir, cuando somos los sherpas (siempre versión Nepal) los que pedimos a los líderes políticos que se marquen un igual, dicho de manera coloquial, que dejen de tocar los bajos fondos y sean conscientes del sacrificio que ahora se les exige a ellos.
Esta contra natura que se nos ha formado después de 40 años de democracia estable no debiera ser obstáculo para conseguir una gran coalición capaz de devolvernos la solvencia, la coherencia y la tranquilidad ganada con tanto esfuerzo en época de la Transición, modelo de sensatez y unidad, dicho sea. De manera que la fragilidad en política debe contrarrestarse con la memoria de los ejemplos intelectuales de buen corte, pero claro, el tintineo del juego de llaves de la casa palaciega presidencial parece ser como la kryptonita para Superman, debilita las fuerzas de tal manera que las ambiciones, los odios y el mal de altura que otorga el poder supera al bien general de todo un país.
Está claro que el señor Sánchez no suelta el fusil de asalto aunque su partido se lo pida, más que nada por aquello de hacerle comprender que el futuro de España es algo más que un mero asunto personal con el señor Rajoy, quien dicho sea, otro que también hubiera tenido que dimitir por el fiasco en urnas, pero claro, aquí ya se sabe que somos muy de guardar en tradiciones. Lo de hacer autocrítica en este país debería ser obligatoria en la enseñanza reglada.
En fin, Otto Von Bismarck lo dijo: “La nación más fuerte del mundo, es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”