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TRIBUNA

La otra foto de la Cumbre del Clima

David Felipe Arranz
viernes 01 de enero de 2016, 19:25h

El medio ambiente a los políticos no les sirve para nada, salvo para hacer campaña cuando toca. A lo más que han llegado es a discernir en Kioto quién contaminaba más en qué estado o región para, ante los medios, meterle el dedo en el ojo al culpable o culpables del vertido tóxico o de gasóleo de turno. Sus señorías han “resuelto” esto en España en una suerte de pirueta de chapapote mezclado con los periodistas saltando de roca en roca en una playa embadurnada de petróleo, contando en directo el drama del cormorán agónico, asfixiado en la mancha negra. Y así. A los españoles la limpieza del aire no nos ha importado nunca demasiado, a menos que conlleve un sentimiento trágico, futbolístico,jorgejaveriano y televisual de la vida. Que recicle el alcalde y tal.

Sin embargo, a mediados de diciembre 195 países dijeron haber acordado caballerescamente en la Cumbre del Clima celebrada en París rebajar las emisiones que contribuyen al calentamiento global y al efecto invernadero, aunque –oh, ironía– no se han fijado aún las cuotas máximas de emisión de gases, y China y EE.UU., los mayores contaminantes, han firmado un pacto que entrará en vigor en 2020 con condiciones y sin objetivos de reducción jurídicamente vinculantes; nobleza poca y ganas de foto, muchas. El secretario de los Estados Unidos Contaminantes, John Kerry, le dijo a Hollande que habían lanzado un mensaje clave al mercado global: imaginamos que se refiere al de la mala conciencia por no cumplir con el último protocolo.

Y así se ha creado como un falso malestar, una performance contestataria –que en realidad no lo es– contra el tubo de escape de los fabricantes de coches y las chimeneas industriales, una conciencia de escaparate de mucho decir y, en el fondo, no hacer y menos querer. A nosotros que nos expliquen por qué se hace esa salvedad con los dos países más sucios y cómo van a lograr que no suba la temperatura al ritmo de calentón que llevamos con este CO2 de reguetón tóxico. El efecto invernadero es el que provocan en la atmósfera navideña los debates y pactos de los cuatro jinetes de este apocalipsis político y electoral, concebido como show demagógico y populista.

Lo que más contamina es acostumbrarse al político porque le quita intimidad a las otras cosas de la vida. Así que, ante tanta miasma ambiental, algunos nos decidimos a unirnos a los placeres sencillos, a los últimos noctámbulos de la ciudad, que decoran la Navidad con su algarabía, y tenemos la certeza de que el periodismo nos eligió por clandestinos, por bohemios, por libres. Y a algunos este diciembre que se adentra en avanzadilla en los fríos de enero nos sabe al “Day is Done” de Nick Drake o a un club de jazz, con fotografías de los primeros tiempos, luces bajas y una máquina de escribir decorando las viejas vigas que sostienen el oficio del reportero. Y nos volvemos hacia la chica tan sexy, de mirada pícara y andares rockeros, que nos dice que toca su versión de “The Funeral”, de The Band of Horses. Estos sitios se han hecho con el tiempo con el confort de las cosas sencillas, la misma pátina valiosa del artículo que publica, por ejemplo, The New Yorker: la que marca el ritmo de la madrugada, la que mezcla el whisky de Malta con el relente del amanecer, cuando se pelean la noche y el día, y le da ese sabor único a nuestros besos.

Es cuando Madrid se desnuda y nos alumbra con más fulgor, el de nuestras nostalgias y errores, el del último metro y el primero, apoyados tan solo en la inercia del paso ligero. El frío ha vuelto más rígido el papel del periódico, en el que hicimos algunas anotaciones al salir del Teatro Valle-Inclán, donde Shakespeare nos dijo que el amor aquel era Como gustéis, pero no le creímos porque no nos gusta lo efímero. Porque cuando nos enamoramos y vemos el alba en ese itinerario nocturno que es el querer y que es el periodismo, no nos damos cuenta de nada, salvo del milagro que nos habita y calienta. Los besos, nocturnos y navideños, en los portales tienen sobre el aliciente de lo furtivo la fascinación de toda una épica del invierno que empieza con un abrazo de pie, lejos de las miradas indiscretas. Que nazcan bajo el acebo bajo un arco de la plaza Mayor o en los fríos de la Puerta de Alcalá es un milagro de la Navidad. Llegamos a tocarle la nariz, clásica y perfecta, en el taxi. Y se nos antoja como una paradoja el que una morenaza tan cheli y madrileñaza tenga una nariz tan formal, como un estrambote respingón a un poema de Gabriel Celaya.

Mientras se representaba en la Cumbre la comedieta de la vigilancia sobre los agentes económicos para que invirtiesen en energías limpias, miles de personas pertenecientes a asociaciones ecologistas se manifestaban frente a la torre Eiffel: esa es la foto que a algunos –no a todos– nos interesa. De modo que, en el acogedor barullo del invierno callejero, la almoneda política se convierte, al fin, gracias al asociacionismo ecologista, en una contrapartida romántica necesaria, el remedio a tanto candidato saltimbanqui, relamido y falso, que aparece en el programa hortera para, cual caprino, subirse al taburete mientras tocan los “gitanos” showmen de la tele. Aunque a estas cabras montesas del pactismo las proteja también el pacto climático, ellas, por descontado, nunca lo cumplen: se irán con la música de sus topetazos a otra parte. El resto, eso siempre, nos quedaremos para regarles las plantas.

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