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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El público, de García Lorca: la pesadilla de un poeta

domingo 03 de enero de 2016, 18:26h
La Abadía y el Teatre Nacional de Catalunya han afrontado el reto de llevar a escena uno de los textos capitales y malditos de nuestra tradición teatral: El público, de Federico García Lorca. Una obra que ha tenido que arrostrar toda clase de incomprensiones y recelos, llega en un extraordinario montaje de Álex Rigola.
El público, de García Lorca: la pesadilla de un poeta
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El Público, de Federico García Lorca

Director de escena: Álex Rigola

Intérpretes: Pep Tosar, David Boceta, Juan Codina, Irene Escolar, David Luque y Pau Roca, entre otros

Lugar de representación: Teatre Nacional de Cataluny (Barcelona). Gira

Vuelve a escena -a cuentagotas- un texto capital no solo del teatro español, sino de toda la dramaturgia experimental del siglo XX: El público, de Federico García Lorca, que únicamente muy pocos se habían atrevido a representar antes, entre ellos Lluís Pasqual, quien lo estrenó, Jorge Lavelli o Carlos Marchena. Pero la actual versión de Álex Rigola sobrepasa a las anteriores en una deslumbrante puesta en escena cuya magia dejará un recuerdo imborrable en los afortunados espectadores que puedan disfrutarla.

Dio la impresión que la peripecia del texto jugó siempre en su contra, hasta hoy. Federico García Lorca decidió romper de una vez por todas con el color local andalucista de su obra tras su fracaso sentimental con el escultor Emilio Aladrén Perojo, su amante no tan secreto a finales de la década de los años veinte, quien rechazó a Lorca para casarse con una joven británica, Eleanor Dove. Un desgarro profundo para el autor del Romancero gitano, cuya depresión invitó a su familia a obligarle a poner tierra de por medio, con el pretexto de que aprendiese inglés en la Universidad de Columbia. Su compañero Salvador Dalí ya había iniciado la conquista del París surrealista. Otro tanto sucedía con la cinematografía de Luis Buñuel. Ambos le instaban a cambiar. Lorca creyó que la escena donde una navaja corta un ojo en el filme Un perro andaluz aludía a él y que el propio título era un cruel insulto que le dirigían ambos desde la gran pantalla. Depresión, despecho, indignación, sacudida interior, desgarros que en la gran metrópoli norteamericana, después del crack de 1929, llevaron a García Lorca a iniciar la poesía subversiva de Poeta en Nueva York, y a dar el paso decisivo hacia un teatro experimental que despedazaba las formas tradicionales y que comenzó a esbozar en Cuba, pergeñando los primeros fragmentos de El público.


El texto definitivo nunca se encontró. Sabemos que en julio de 1936, se lo leyó en el restaurante madrileño Buenavista a su amigo íntimo Rafael Martínez Nadal y a su último amante, Rafael Rodríguez Rampún, quizá depositario del drama, quien murió en el frente de Bilbao durante la Guerra Civil, sin que el original fuese recuperado nunca. Solo Martínez Nadal conservó el primer borrador incompleto de El público, que finalmente publicó en 1970. Aun así, suficiente para mantener lo esencial de la fascinante obra. Solo se había perdido un tiempo precioso, que le impidió ejercer una auténtica ascendencia sobre nuestra dramaturgia de vanguardia, en la que preponderaron otros referentes franceses o alemanes.

Para los dos primeros oyentes de El público, Rafael Martínez Nadal y Rafael Rodríguez Rampún, el asunto central de la pieza no encerraba grandes secretos. García Lorca pugnaba con su condición homosexual. La sufría, la escondía, la gozaba, y se proponía ahora revelarla ante una sociedad patriarcal castradora que trataba de sojuzgarla y martirizarla. Por ello, el poeta reivindicaba un teatro bajo la arena, que descendiese a las galerías subterráneas de las verdades silenciadas y ocultas. En El público, Lorca utiliza a William Shakespeare para mostrar un ejemplo elocuente de la necesidad de ese descenso. Partiendo de Romeo y Julieta, señala que la versión popular y pública, al aire libre de esta gran tragedia, no es otra que la del amor de Romeo por una chica: Julieta. Versión convencional y falsa, desde el punto de vista de Lorca, pese a la devoción universal por esa santa laica en la que se ha convertido Julieta. Pero la versión auténtica, subterránea y bajo la arena, que nos propone El público es la del amor de Romeo hacia un chico, a veces disfrazado de Julieta. Lo verdadero, ignorado y oculto, es de este modo el amor homosexual, amordazado y torturado, de Romeo por otro hombre, una persona, pues, de su mismo sexo. Opción donde se expresan los auténticos sentimientos de Federico García Lorca, aquellos que no se había atrevido a mostrar en público, y, menos aún, en las tablas de un escenario, sustituidos siempre por falsos amores heterosexuales.

Se trataba no solo de manifestar su propia dolorosa vivencia de la homosexualidad, embozada y disimulada tortuosamente ante los demás, sino de descubrir todo lo genuinamente vivido por él a costa de romper estereotipos, las fórmulas hechas, lo convencional, acartonado e invariable. Las pasiones escondidas se desvelan así en un texto heterodoxo, maldito, explosivo, hiriente. Cada personaje se desdobla en sombras de sí mismo, que constituyen a su vez otros personajes que muestran distintas facetas del mismo “yo”, a veces contradictorias o incompatibles. El espacio y el tiempo experimentan una radical fractura, mientras el diálogo expresa las emociones más hondas, hasta entonces estranguladas, mediante una poesía donde lo coloquial se cruza con lo absurdo. Todo lo cual no debe hacernos creer que estamos ante un texto de elaboración irracional o ininteligible. Muy al contrario. Federico García Lorca, y con él el conjunto del surrealismo de la Generación de 1927, reniega de la escritura automática y la asociación libre de imágenes o palabras. Hay una voluntad creativa controladora e inteligible.

Por ello en El público se puede apreciar con claridad la reutilización innovadora de fórmulas teatrales admiradas por Lorca, quien se adueña de ellas para transformarlas en su propia dramaturgia, comenzando por la ceremonia de la Misa, para continuar, entre otras, con las loas del Renacimiento español, los autos sacramentales del Barroco o las tragedias de Shakespeare. Todo un festín teatral. Una forma de hacer teatro revolucionaria que no llegó, por desgracia, a tiempo a nuestros dramaturgos experimentales, al fin más influidos por estímulos foráneos como Samuel Beckett o Bertolt Brecht. Se malograba una renovación escénica que brotaba de nuestras propias raíces.

En su puesta en escena, Álex Rigola ha sido creativamente infiel a la escenografía propuesta por Lorca. Ahora, en su versión, una pequeña orquesta a la izquierda de los espectadores envuelve con sedosos aires de jazz el virulento lenguaje y el furor pasional del drama. Una montaña de arena negra se alza frente a un brillante telón de fondo cuya tonalidad va tornándose en distintos colores puros según evolucionan los pasajes de la obra. Ese montón de arena se va derramando hasta las tablas del escenario, donde poco después se abrirá una trampilla, convertida en un conducto a través del cual seguir descendiendo hacia las entrañas del subsuelo.Una gran lámpara de salones aristocráticos desciende desde las alturas hasta el suelo arenoso para iluminar el barro en el que hay que escarbar. De las fingidas alturas elegantes e ilustres hasta el cieno. Al comienzo de la representación, sobre una tela sostenida por dos actores, se proyectan viejas imágenes mudas, en blanco y negro, que recogen maravillosos fragmentos de la actividad de La Barraca. Vemos en esos retazos a Lorca, director de la compañía, los camiones que llevaban el teatro clásico a las aldeas perdidas de España, así como instantes fugaces ¿reales, o reconstruidos?, en los que los actores de La Barraca levantan escenarios o representan las piezas ante un público atónito. Arriba, a la derecha, sobre el telón de fondo, se proyecta a gran escala el rostro sonriente de García Lorca, que preside el comienzo de la función.

Toda una expectante, tensa aproximación al trabajo del poeta granadino, a su fisonomía, a su mente. Este es el proceso inicial, sin palabras, bajo el efecto cautivador de la música, mediante el que se transporta a los espectadores hacia el alma de García Lorca, hasta filtrarse en lo que sucede en el interior misterioso de su cabeza. La acción del drama cobra el sentido de una angustiosa pesadilla de Lorca, donde el público ha penetrado y de la que se ha hecho partícipe. Uno de los máximos aciertos de Álex Rigola consiste en suscitar esa gran empatía del espectador con ese delirio de García Lorca, que se agita furioso en el fondo de su mente tras un rostro sonriente y afable.

Convivimos, pues, con sus deseos prohibidos, con el miedo cerval a reconocerse en sus pulsiones secretas, el amor negado y macerado, el terror a las represalias colectivas contra su sexualidad, el placer culpable, la tentación de doblegarse ante el castigo psíquico y a su vez la determinación de erigirse contra él y hacerle frente pese al sufrimiento. Todo un viaje tumultuoso con el que revivir el reverso oculto, escondido, detrás de la grata fisonomía del poeta de éxito.

Dada la rabiosa y trágica naturaleza de esta pesadilla, podría pensarse que la luz y la música que la acompañan deberían ser asimismo estridentes y sincopadas. Otro gran acierto de Álex Rigola ha sido justo no decantarse por esta posibilidad. La iluminación de Carlos Marquerie crea, por el contrario, una envolvente y versátil coloración aterciopelada y el espacio sonoro una suave acústica que rodean, como un líquido amniótico, la ferocidad de las pasiones puestas en juego. Por contraste, la brutalidad de éstas queda subrayada.

Mención aparte merece la montaña de arena oscura que se eleva en el lateral del escenario, por donde entran y salen personajes hirientes, como el coro trágico de caballos. Encarna, obviamente, la tierra bajo la que habrá que horadar para hacer ese teatro de lo oculto “bajo la arena”, que propugna García Lorca. Pero si recordamos aquella lección escénica explicada por Arthur Miller, cuando en el escenario de Todos eran mis hijos se situó un montículo que venía a representar la sepultura de Larry Keller, podemos deducir que aquí, en esta pequeña colina de tierra, se simboliza la propia tumba de García Lorca, un sepulcro de tierra en una cuneta. El propósito declarado por el autor de descender al subsuelo para obligar al público a contemplar las verdades de las tumbas, adquiere así una impresionante veracidad.

La dirección de actores de Álex Rigola ha logrado que estos superen con soltura la dificultad de dialogar un texto que rompe la lógica cotidiana. La tendencia natural en estos casos es decantarse hacia la recitación poética, que siempre suena vacía en un conflicto dramático. A pesar de que Irene Escolar está siendo ensalzada como un incipiente mito de la joven escena española, es la única actriz que se deja llevar precisamente por un tonillo de recitación. Algo que desentona con los perfectos subtextos del resto del elenco. Desde David Boceta a Juan Codina, Jaime Lorente, David Luque o Pau Roca, en quienes la intención comunicativa, la contundencia y fluidez de las emociones, no se ven menoscabadas por la dificultad poética del texto. Virtudes que rayan en la perfección en Pep Tosar, en el papel de Director, en quien el gesto-diálogo se desenvuelve con una extrema naturalidad que trasmite al público con verosimilitud absoluta un texto lírico tan exigente.

Los obstáculos se han sorteado con pericia, sensibilidad e inteligencia. La obra llega al corazón del espectador de forma plena. Un drama arrancado del papel al que se le ha insuflado vida. Una puesta en escena deslumbrante, a la altura de la genial pieza lorquiana.

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