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LUIS ENRIQUE, MEJOR ENTRENADOR DEL AÑO

FIFA Balón de Oro 2015. Messi se redefine para lograr su quinto título

lunes 11 de enero de 2016, 19:31h
Actualizado el: 12 de enero de 2016, 02:28h

El futbolista argentino del Barça lució este año una piel diferente, más tendente a la creación que a la resolución, para rozar el sextete y conquistar su quinto Balón de Oro, reclamando su vigencia y profundizando la altura de su leyenda. Neymar y Ronaldo le acompañaron en un podio al que también subió Luis Enrique como mejor entrenador.



La conclusión adoptada por el pintoresco quórum convocado por el FIFA Balón de Oro 2015, a través de la que Leo Messi ha añadido su quinto cetro mundial a su relamido museo hedonista, ha venido a premiar al futbolista que mejor ha congraciado su talento con el rendimiento continuado de influjo ganador, en primer término explícito, y a recompensar la resurrección más brillante acontecida en estos doce meses recién extintos, en la segunda página del guión. Los capitanes y seleccionadores de los combinados nacionales que componen el paisaje internacional -excepto las sancionadas Indonesia y Kuwait- y la particular amalgama de periodistas heredada de la exclusividad honoraria otorgada por France Football, han reconocido como una expresión de soberbio talento más la reconversión con la que la Pulga ha disparado a la obra de Luis Enrique hacia el techo que convirtió en referencial el estilo de su Barcelona y, además de asentar a Neymar en el escalafón exquisito del podio continental por primera vez de muchas -según pronostican los analistas acólitos o páganos-, ha vuelto a subrayar la preeminencia de la seda técnica y la lectura aterciopelada del juego frente a rutilantes ejercicios de abrasión física y astucia anotadora. Cristiano Ronaldo, casi descontextualizado en esa terna excelsa desde el último tramo del pasado curso, prometía el pretérito enero lucha por igualar, cuando no superar, el bagaje de trofeos individuales que envuelven la leyenda irrepetible de Lio. Ahora, con la estela de las palabras y el parangón equidistante de antaño como nebulosas volátiles en la memoria, parecería que la amenaza del luso se descubre vacía de contenido. Porque, para su desconsuelo, ya no compite contra su némesis argentina en valores anotadores (58 del portugués por 50 del rosarino). La inteligencia en el verde del 10 ha moldeado una reinvención de laboratorio que focaliza su motivación en la brega contra sí mismo. Como si, hastiado de la cotidiana unicidad del Olimpo, hubiera descubierto una ventana por la que refrescar la propia identidad y hambre.

Degustar y asistir a exuberantes cosechas goleadoras de asimile por frote de ojos se presume, de aquí en adelante, casi utópico, sólo perceptible bajo el aspecto de un eco de la memoria colectiva. Las cotas anotadoras experimentadas no representan una variable presente, aunque antes de la pomposa apnea competitiva de este lunes bajara el telón con un hat-trick de tentempié ante el apetitoso Granada. Muchos días de trabajo y repeticiones, horas de entrenamiento, minutos de confrontación de ideas y posturas han transcurrido desde que el gélido banquillo de Anoeta incendiara la batalla por la legitimidad entre el arquitecto del proyecto culé, Luis Enrique, y el nuclear ejecutor del libreto. El Barça se vio deshilachado en la mencionada tarde de cataclismo intestino en el vestidor catalán. Sin embargo, sobrevivió Lucho y tal tesitura se traduce a estas alturas de calendario como el punto de inflexión que propulsó la llama de compromiso reavivada en el mejor futbolista de la historia de la institución barcelonesa. Como las cenizas de una guerra que le era ajena al preparador -vicios heredados-, sobre ellas se edificó el sólido devenir de asimilación, crecimiento, evolución, desarrollo, afinación y deflagración individual y colectiva, que tan sólo una noche tormentosa de Aritz Aduriz alejó de confluir en el segundo sextete que haya conocido este deporte.


Con el transcurrir de los envites, el aprendizaje de los automatismos diseñados, que revolucionarían el pulso competitivo de un Barça de floridas variantes al ortodoxo plan de posesión monopolística, tocó tierra al tiempo que Messi alimentaba y cultivaba el convencimiento de una plantilla cada vez más entregada al concepto central: la atención y concentración a los aspectos tácticos corales generan y abonan los espacios que permiten conducir el partido y maniatar al rival al rutilante paso de la calidad. Obligar al oponente, sea cual fuere su pedigree, a bailar según el compás catalán se convirtió en costumbre y el cuero agradeció su íntimo reencuentro con las circulaciones esteticistas que ahondaron en una argumentación azulgrana que no encontraría rebate en Liga, Liga de Campeones, Copa del Rey, Supercopa de España y Mundial de Clubes.


La sensacional confluencia de talentosas voluntades que agracia al seguidor blaugrana -y, también, al neutral y al crítico permeable a lo exquisito- gravita en torno al premiado cerebro argento. Lo hace desde la susurrada lectura de los contextos de intervención, un ítem granjeado por el poso de la experiencia de prolongada estancia en la élite y fruto de la reflexión que ha terminado por desfragmentar la tradicional influencia de Leo en una pegajosa construcción de, cada vez, más amplias atribuciones, aristas y facetas. Messi no ha amainado su acostumbrado gusto por el baile, el cuerpo a cuerpo, con su par, en estático o al vuelo, en la soledad del cortejo íntimo o en piezas grupales culminadas con ejercicios de clase tan punzantes como aromáticas, pero ha ampliado su rango de actuación hasta acceder al gobierno -desprovisto del apartado goleador- directo de los partidos.


Del primer caso todavía se niega a proclamar con naturalidad su deshonrosa derrota Boateng, al que un centelleante cambio de ritmo y lectura de la relación de pesos gravitacionales robó el prestigio taponador de un irresistible plumazo, al conectar su trasero y autoestima con la hierba en un paso acelerado de la melodía que arrancó, de paso, el temple a Neuer, a su patrocinador principal, Pep Guardiola, y al coloso bávaro, cuyo cacareado orgullo quedó reducido al rosario de resignados rictus descompuestos al verse fuera del sueño en una breve sucesión de fogonazos fugaces. De la vigencia del segundo episodio, el de la coreografía con más de un soldado de botas relucientes dispuestas a ejecutar el inoportuno pisotón, guardan un excepcional diagnóstico Ernesto Valverde, Mikel Balenziaga y algún que otro actor de reparto mutado en sujeto pasivo coyuntural. Los dos nombres capitales de la acción entendieron que sacar del formol del olvido el recalcitrante marcaje al hombre actuaría como, al menos, herramienta disuasoria, y la pelota no concluiría en el carril del 10 con asiduidad, atendiendo a la red de ayudas activa por añadidura. Pues bien, el plan vizcaíno recogió rédito con seriedad, pero no contempló la caducidad del mismo por mor del cansancio y la continua exigencia de concentración bifurcada en ese artista maniatado y los espacios desatendidos. Cuando hubo descubierto Leo una oquedad, el relato de fintas, cambios de dirección, de ritmo, pegado a la cal y en diagonal, con autopase y con el esférico adherido a su vértigo, zanjó el frenesí en una pintura no premiada en la gala de este lunes como la más reluciente de este año por la plasticidad de la tijera esbozada por el brasileño Wendell Lira, Premio Puskas 2015.

De regreso a la novedad que ha encumbrado a la leyenda de este cambio de siglo, carente de premio en las dos últimas ediciones de la gala por desmérito propio, la mixtura de inteligencia y actitud yacen como elementos protagónicos. Luis Enrique decidió matizar la libertad de escena que acompaña al astro culé por excelencia retrasando su rango de actuación. Así, el goleador imperecedero de fino estoque cedía metros para relacionarse más con la pelota en fase de elaboración y menos con el último toque. El genio que había limitado su potencialidad de diez tradicional a la llegada venenosa se vestía, casi en un reencuentro natural con su esencia, con el uniforme del creativo, para engrasar las asociaciones contemporizadoras con Iniesta, Rakitic, Busquets, Rafinha, Sergi Roberto o el que se cruzara en la medular y delinear la pretendida verticalidad como imponente vuelta de tuerca al paradigma -el principal hito objetivable del legado del entrenador asturiano en el primer capítulo de su estancia en el Camp Nou, con el reconocimiento mundial gracias al Balón de Oro gremial otorgado y no recogido-. Abandonó su postura hierática de diagonal perpetua desde el perfil diestro y oposición al nueve para empezar a fluctuar entre líneas, jugando con la estructura dispuesta por su técnico y brotó la creatividad para nutrir de espacios a la explosión definitiva de Neymar, de opciones de brillo al manejo en espacios reducidos de Luis Suárez y de optimismo pragmático a la capacidad rematadora desde segunda línea del ramillete de interiores barceloneses. Todo ello sobre el timón de un Leo que aplicó su visión periférica para imaginar pasillos interiores o detectar desmarques de ruptura desde los extremos septentrionales, ocupados a menudo por Alves y Alba. Para resultar decisivo en el envío previo a la asistencia de gol, ese mecanismo tan trascendental como infravalorado. Y en la ideación del peligro. La antesala del incendio. De este modo creció el magnetismo de un futbolista que ha realizado un salto de página a la trama de su despliegue, con el fin de seguir pareciendo indetectable para el radar de los sistemas defensivos que le enfrentan. Cerró el curso con 28 asistencias y un buen puñado de intangibles que escapan a la estadística pero que cimentan la consistencia coral de una ofensiva que, amén del apoteósico tridente, se ve secundada por una acumulación de piezas y sistema de simple ejecución que bate registros gracias al paroxismo facilitado por Messi. Por todo ello se atisba que el aclamado sucesor de Diego Armando Maradona haya acometido, al fin, el acortamiento de distancias con su principal divergencia: hacer mejor a sus compañeros.

Por el camino de esta metamorfosis en el rol ha emergido un compromiso con el grupo que transita desde el inicio de la presión y activación tras pérdida, y que en correlación de fuerzas, cual tsunami, termina por aclarar el paisaje para el lucimiento de las aptitudes de Busquets, hasta completar la icónica figura de desestabilización continua que ha relanzado los vatios de Leo en este ejercicio. Los cierres contrincantes han de adaptar su concepción a esta profunda actualización. Porque la inherente clarividencia que deslumbra en la sombra del renacido 10 cuando éste se encuentra rodeado está mortificando al pretendido muro rival de turno con envíos altruistas de alta asiduidad y precisión. Porque su movilidad encuentra un elevado porcentaje de puntiaguda resolución al horadar fisuras entre líneas, por el carril central o lateral, al primer toque o congelando barreras escalonadas por la vía de la eterna amenaza dispar de amagos y envíos tensos en recorrido frenético, desde segunda línea o comandando la transición, recurso éste cada vez más despojado de prejuicios en Can Barça. La rocosa Juventus, en la final de Berlín, atestigua lo efervescente del novedoso encuadre.





Parecería que aquel tenebroso último tramo de la era Martino, en el que el referente desconectó su espíritu de las obligaciones contraídas con su club, con la diana puesta en el Mundial carioca desnudando un gris boquete en la regularidad que desprende su hoja de servicio, no guardaba relación con la erosión física del paso del tiempo y las escaramuzas, ni con la relatividad de su unión afectiva con el equipo que le mimó en su desembarco europeo, ni amainaba la luz de una mente que no encuentra comparación razonable en su aplicación al balompié. El descenso de revoluciones que costó, entre otros factores, la Liga y la Liga de Campeones a aquel club en transición de poderes, se lee, en este instante de gratificación, como el paréntesis necesitado por el ser humano para retomar el pulso divino con pasión rejuvenecida.

Para el recuerdo queda grabada la pureza impecable en el golpeo de falta directa que evocó el sollozo hispalense en la Supercopa continental, como tantas otras atravesaron el recorrido de esta temporada natural; la deflagración de fútbol ponderable sólo en lo metafísico que colapsó el Calderón desde la suplencia, para solidificar un inicio dubitativo que cobró buqué y altura con la quema de fechas y el liderato sobrevenido; y la sensación de dominio ausente. El desgarro del ligamento colateral medio de su rodilla izquierda, ante Las Palmas, que le apartó del escenario casi dos meses (26 de septiembre a 21 de diciembre) sirvió para argüir la fuerza de la filosofía de Luis Enrique. El bloque no sólo no adoleció de resultados, sino que el movimiento tendente a alejar a Messi del área, de su aprehendida relación con los escaños de remate desde la frontal, confluyó en la asunción de responsabilidad y distribución razonada de la exclusividad del gol de una pareja -Suárez/Neymar- que se sorprendió letal en ausencia de la pata más fuerte del trío. En efecto, nunca ha estado mejor acompañado el cinco veces destacado como mejor futbolista del año.


Desde su infortunio, los focos acudieron a la calculadora de plazos de rehabilitación, con el Clásico marcado en rojo. Cuando arribó la visita a Chamartín, la mera sombra del regreso del imán seductor aliñó una atmósfera que confundió al gigante madridista, que sesteó y terminó por arrodillar su pelaje sin necesidad de la participación de su enemigo íntimo. El colectivo visitante adoctrinó a un decrépito, casi sentenciado, proyecto. La amenaza de titularidad condicionó todo. Del mismo modo que lo haría en la Copa América de celebración chilena. Casi sin resuello, la asunción de sus aptitudes condujo a Argentina hasta la infructuosa final que coronó a Sampaoli. El inmisericorde lunar con su seleccionado, que luce aferrado en paralelo al monopolio talentoso del viejo continente, ha vuelto a antojarse fútil ante la inequívoca jefatura ejercida desde la calidad y para jolgorio blaugrana y del aficionado sincero, que trata de no pestañear, sabedor de estar asistiendo al despliegue de un currículo quimérico.


Palmarés de la gala del FIFA Balón de Oro 2015:
Mejor equipo: Neuer (Bayern); Marcelo (Real Madrid), Thiago Silva (PSG), Sergio Ramos (Real Madrid), Dani Alves (Barcelona); Iniesta (Barcelona), Modric (Real Madrid), Pogba (Juventus); Neymar (Barcelona), Cristiano Ronaldo (Real Madrid) y Messi (Barcelona).
Mejor entrenadora: Jill Ellis (selección de Estados Unidos)
Mejor entrenador: Luis Enrique (Barcelona)
Fair Play: Asociaciones y clubes que han apoyado a la ayuda en la acogida de refugiados
Premio Puskas al mejor gol: Wendell Lira (Goianesia/Vila Nova)
Mejor jugadora: Carli Lloyd (selección de Estados Unidos)
Mejor jugador: Leo Messi (Barcelona - 41%)
Balón de Plata: Cristiano Ronaldo (Real Madrid - 27%)
Balón de Bronce: Neymar (Barcelona - 7%)
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