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TRIBUNA

El papel del Rey

lunes 18 de enero de 2016, 19:45h

En una monarquía parlamentaria el “Rey reina, pero no gobierna”. Con esta frase se quiere señalar que el Jefe del Estado tiene una casi nula capacidad de decisión política. Los actos del Rey que puede hacer sin refrendo son escasos y tasados por nuestra Constitución: el nombramiento libre de los miembros civiles y militares de su Casa o la distribución de dinero que recibe de los Presupuestos Generales del Estado (artículo 65). A ello habría que añadir la presidencia del Consejo de Ministros a petición del Presidente del Gobierno, siempre que el monarca “lo estime oportuno” (artículo 62 g) y, pocos más, como fijar en su testamento quien será el tutor de su sucesor menor de edad (artículo 60.1).

Una de las funciones importantes del Rey es “proponer el candidato a Presidente de Gobierno y, en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución” (artículo 62 d) para que se produzca el proceso de investidura en los términos previstos en el artículo 99: “1.-Después de cada renovación del Congreso de los Diputados, y en los demás supuestos constitucionales en que así proceda, el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno”.

Hasta el momento no ha existido ningún problema en el proceso, pues la costumbre política señala que el Monarca propone al número 1 de la lista por Madrid del partido que ha vencido en las elecciones. Quizás una cierta duda se planteó en el año 1996 cuando José María Aznar obtuvo una victoria sin mayoría absoluta y, algunos desde la oposición y su propio partido comenzaron a moverse para conseguir que otro miembro del PP fuera propuesto como candidato. Todo aquello no llegó a nada cuando Aznar obtuvo el apoyo de fuerzas nacionalistas y consiguió ser investido Presidente del Gobierno en la primera votación el 4 de mayo de 1996 por 181 votos a favor (de ellos sólo 156 del Partido Popular), 166 en contra y 1 abstención. Es cierto que las negociaciones habían sido difíciles, prueba de ello es que la votación se demoró 2 meses desde que se habían celebrado las elecciones el 3 de marzo.

La situación política actual es mucho más complicada. Por costumbre política, Felipe VI debería proponer a Mariano Rajoy como candidato. Todo ello salvo la sorpresa que Rajoy diga que el PP propone a otro candidato y cuenta con apoyos suficientes.

Lo cierto es que Mariano Rajoy como candidato será muy difícil que consiga mayoría absoluta en la primera votación, pues solo un pacto PP-PSOE podría alcanzarla o, algún acontecimiento grave motivase que todas o casi todas las fuerzas políticas se unan en torno a Rajoy. Y si el desafío soberanista catalán no lo ha conseguido, será complicado que eso ocurra. A día de hoy, parece casi imposible de conseguir la mitad más uno de los miembros del Congreso, en estos momentos 176 votos voten a favor de Rajoy. También parece complicado que Mariano Rajoy consiga la mayoría simple de más votos a favor que en contra en la segunda votación que se celebraría 48 horas después.

La incógnita se desarrolla a partir de ese momento con el segundo candidato que debe proponer el Rey: ¿otro miembro del PP? ¿Pedro Sánchez como líder del PSOE y segundo partido más votado? ¿puede volver a proponer a Mariano Rajoy? El tiempo para hacerlo es de 2 meses desde la primera votación (artículo 99.3). Si en ese plazo ningún candidato consigue la investidura en la primera votación con mayoría absoluta o en la segunda con mayoría simple, las Cortes Generales son disueltas y se celebran nuevas elecciones.

Es en ese momento, Felipe VI cobra un especial protagonismo en donde el interés de España puede chocar con el de la Institución monárquica o incluso con el del propio monarca. La obra de Jeffry Archer titulada la “Carrera hacia el Poder” en donde el monarca británico ha de elegir entre dos candidatos se queda muy corta con la alambicada situación política española.

La gran pregunta es si Felipe VI puede no proponer a Pedro Sánchez como candidato a Presidente del Gobierno, pese a que el líder del PSOE consiga el apoyo de varias fuerzas políticas y la abstención de los independentistas y nacionalistas. Parece claro que Pedro Sánchez quiere ser Presidente del Gobierno, lo cual es muy legítimo. Sabe que esta es su oportunidad y, si no logra ser investido como Presidente del Gobierno, ha muerto políticamente. Ya sé que alguien puede pensar que en “la guerra, el amor y la política”, todo vale. ¿Realmente todo vale? ¿Alguien puede decir que no todo vale?

La labor de mediación del monarca es esencial. Consultas y contactos, tanto con personalidades del mundo de la política, incluso con otros líderes socialistas, como en los ámbitos de la economía, la ciencia… son imprescindibles. El primer objetivo: lograr un gran pacto de estado entre las grandes fuerzas políticas. Casi imposible con los líderes actuales.

Como plan B creo que constitucionalmente el Rey como Jefe del Estado, “símbolo de su unidad y permanencia” y , en sus función de ”arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones” (artículo 56.1) puede no proponer a Pedro Sánchez, solo si estima que su candidatura sería perjudicial para España, pues permitirá la ruptura de nuestro país. Estamos viviendo un golpe de estado que desde Cataluña se está escenificando en cinco actos, como una mala obra de teatro. Permitir un Presidente del Gobierno apoyado activa o pasivamente por independentistas y con concesiones en ese golpe de estado, justifica que Felipe VI no proponga a un candidato que pueda romper España. Hay veces que la democracia y la libertad se defienden desde la televisión, otras quizás desde la pasividad.

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