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TRIBUNA

El pediatra de Bescansa

lunes 18 de enero de 2016, 19:46h

Fue ver al bebé de Bescansa entre los escaños del Congreso, y los laboratorios de la ciencia publicitaria acuñaron eslogan: ¡Es la demografía, estúpidos! Ni los más agudos creativos habrían alumbrado mejor y más subliminal imagen. En un país con anemia demográfica se fomenta la natalidad meciendo a un recién nacido en la cuna legislativa. A pesar de ir corre que te corre “Con la muerte en los talones”, Gary Grant tiene tiempo de decirle a su secretaria que la publicidad exagera pero no miente. Que una diputada de una formación proabortista promueva una ola de nacimientos suena a piadosa y maternal mentira. Iglesias manejó al crío con la misma soltura que un pediatra en su consulta. Su especialidad es la atención al público infantil. Fiel a Lenin, asume que el radicalismo es la enfermedad infantil del comunismo. Con infantilismo y puerilidad se desayunan diariamente los radicales de Podemos. “Se entontecieron en sus razonamientos”, escribió San Pablo a los romanos, refiriéndose a aquellos que, alardeando de sabios, vinieron a quedar en necios. Con esos mimbres no se puede asaltar el Cielo. Como mucho te da para deformar la fiesta de los Reyes Magos y enrarecer la Navidad. Sin pesebre. Sin Niño. ¡Por fin! apareció el niño.

Los nenes desconocen el encanto del reposo. Llenos de curiosidad por cuanto les rodea, no saben aún cómo se llaman las cosas, pero quisieran alcanzarlas sin que ni una sola se les escape. Iglesias habla de referéndum sin saber, lo mismo en Andalucía que en Cataluña. Aspira al control total de la sociedad. Un totalitarismo desde la infancia hasta la senectud. Que nadie se le escape. Sí sabe que los niños aprenden antes a decir no que a decir sí, y desde muy chiquitines quiere adoctrinarles. Pero siempre hay contratiempos como en aquella escuela rural cercana a Moscú. Un comisario de enseñanza preguntaba uno a uno a los alumnos “¿Quién es Stalin?” Cada chiquillo, a quien de antemano se imponía la respuesta, decía sin vacilar: “Stalin es mi padre”. “¿Y quién es tu madre?” preguntaba, de nuevo, el comisario. “Mi madre es el Estado”, se respondía obedientemente. “¿Qué quieres ser de mayor?” Sin titubeo alguno, la respuesta estándar oscilaba entre ser un trabajador leal y disciplinado a los Soviets, o ser un soldado del glorioso Ejército rojo. En ocasiones, un alumno valiente y presto al sacrificio contestaba “De mayor quiero ser huérfano”. Salía del aula para ingresar en el gulag, acompañado de sus pobres padres.

A diferencia de Venezuela, en España gozamos afortunadamente de un Parlamento de verdad, a dónde los progenitores pueden llevar a sus pequeñines para que adquieran el uso y el don de la palabra. La diputada Bescansa, hasta hace unos días desconocida, es ya ilustre por haber demostrado como madre esa entrega al sacrificio y a la abnegación, pues con gran tino y discretísimo ardor está formando excelentemente a su hijo. Iglesias, mientras tanto, ausculta, diagnostica y prescribe.

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