Ayer por la mañana, las mesas de Congreso y Senado daban oficialmente por constituidos los grupos parlamentarios. Podemos no pudo finalmente vulnerar el reglamento de la Cámara baja y tuvo que conformarse con un grupo único, eso, si, de carácter “confederal”, del que se ausentaban -con altas posibilidades de retorno- cuatro diputados de Compromís. En todo caso, parece cada vez más claro que Podemos son 42 diputados; los otros 27 van por libre. Izquierda Unida, Bildu y Esquerra, por su parte, intentaba formar una entente temporal con el único fin de obtener mayores subvenciones; un fraude de ley en toda regla que, pese a la aquiescencia socialista, fue abortado por PP y Ciudadanos,
En el Senado, por su parte, el PSOE escenificó su intención de que Podemos tuviera dos grupos diferentes -previamente, Pedro Sánchez ya había cedido senadores a los independentistas catalanes-. Se trataba de una mera impostura, por cuanto la mayoría absoluta del PP garantizaba en cumplimiento de la normativa, aunque el gesto socialista quedó retratado, lo que no se sabe es a cambio de qué.
Si añadimos el espectáculo de la toma de posesión de los nuevos diputados, con bebés, rastas y charangas incluidas, la imagen rebasa con mucho la frontera del ridículo, impensable en otros parlamentos europeos donde se respeta la soberanía nacional. De un tiempo a esta parte, la política parece haberse convertido en una suerte de circo en la que todo vale con tal de hacerse notar. Muchos de “los nuevos” deberán dar el paso de la butaca de las tertulias televisivas a las del Congreso y Senado. Opinar es una cosa; gobernar, otra bien distinta. Y está por ver que esta última pueda llevarse a cabo con unas mínimas garantías.