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ORIENT EXPRESS

La memoria del Holocausto hoy

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 24 de enero de 2016, 20:04h

El 27 de enero de 1945 tropas soviéticas liberaron el campo de exterminio de Auschwitz. Desde entonces, su nombre resume el horror del siglo XX: las cámaras de gas, los trenes que conducían a la muerte, los experimentos con seres humanos, las pilas de cadáveres, los hornos crematorios, la esclavitud de los trabajos forzados, el hambre, el frío, la muerte.

Cuando los soviéticos llegaron, apenas quedaban 7.000 prisioneros moribundos. Días antes, las SS habían emprendido las Marchas de la Muerte con unos 60.000 prisioneros que fueron conducidos a pie hacia campos en Alemania y Austria. La mayoría de ellos murieron por la exposición a los elementos, el hambre, el frío o asesinados por los nazis en retirada.

El 27 de enero es el Día internacional de Memoria del Holocausto.

Dondequiera que llegó el brazo de Hitler, llegó la muerte para los judíos. El Holocausto hubiese sido imposible sin los colaboracionistas de los países ocupados. Incluso en los países neutrales o no beligerantes -como era el caso de España- hubo judíos que encontraron refugio y hubo judíos que fueron devueltos a los nazis y enviados a una muerte segura.

Existen, por supuesto, casos que deben rescatarse para la historia. Ahí están los Justos entre las Naciones, que salvaron judíos a riesgo de su propia vida sin lucrarse a cambio. España tiene el honor de contar con siete de ellos. Dinamarca ha pasado a la historia porque el título de justo lo ostenta como colectivo toda su resistencia. En todo el país obreros, intelectuales, sacerdotes, policías, médicos cooperaron para salvar de la muerte a 7.200 judíos y unos 700 familiares no judíos.

Sin embargo, en general, Europa tiene la responsabilidad gravísima de recordar su propia historia, que lleva marcada de forma indeleble la geografía de los campos de exterminio. A ellos condujo una historia secular de odio contra los judíos. Recuerden el libelo de sangre, la mentira de la conspiración judía mundial, los Protocolos de los Sabios de Sion, el periodismo y la literatura antisemita de los siglos XIX y XX… Traigan a su memoria el humor antisemita, las caricaturas de la prensa nazi, el odio al judío como tema de conversación y prejuicio políticamente correcto. Eso ocurrió en Europa, en el continente cuyas metrópolis gobernaban buena parte del planeta. Sucedió aquí también, en España, durante siglos. El reconocimiento de la nacionalidad española a los judíos sefardíes viene a reparar una injusticia de siglos y una de las manchas en la historia de nuestra tierra.

No. Los europeos de la década de los 30 y los 40 no se levantaron sin más una mañana y descubrieron que eran antisemitas. Hubo décadas de propaganda -podríamos decir siglos, pero hablamos del antisemitismo moderno- centradas en deslegitimar al judío, en demonizarlo, en someterlo a los dobles raseros, a los estereotipos y a los prejuicios. Al antisemitismo moderno contribuyeron algunos de los escritores más renombrados de los siglos XIX y XX: tomen a Céline solo como ejemplos.

Así, el camino a Auschwitz está jalonado de antisemitismo literario y periodístico, de judeofobia intelectual difundida a través de los medios de comunicación de masas y convertida en política de Estado en el Tercer Reich. Entre los espectadores de este camino infame que termina en las cámaras y los crematorios estuvieron los que prefirieron callar, los que prefirieron no ver, lo que escogieron no tener problemas. El Holocausto fue posible gracias a los cobardes y a los indiferentes.

La memoria cobra su pleno sentido cuando es capaz de proyectarnos hacia el futuro. Recordar es un imperativo que Auschwitz impone sobre nosotros y sobre todas las generaciones futuras de europeos. En la tradición bíblica, sabemos quiénes somos porque tenemos recuerdo. Por eso, debemos acompañar la memoria del pasado con la reflexión sobre el presente.

En Europa, el antisemitismo resurge con una fuerza preocupante. A la vieja propaganda de la extrema derecha -que nunca desapareció del todo- se le ha ido sumando el antisemitismo de la extrema izquierda y el de los grupos islamistas que tratan de socavar la civilización occidental aprovechando el sistema de garantías y derechos. Entre las tres corrientes, el antisemitismo europeo goza, desgraciadamente, de una fuerza formidable. A veces, se trata del antisemitismo clásico y, a veces, del nuevo antisemitismo: la sustitución del odio a los judíos por el odio al Estado de Israel, el único estado judío del planeta.

Por supuesto, pocos se declaran abiertamente antisemitas en España. Sin embargo, los ataques a la legitimidad de Israel, la demonización de los israelíes -salvo de los que declaran públicamente su odio a Israel- y los dobles raseros que se imponen a la única democracia estable de Oriente Próximo delatan que algo va muy mal en la opinión pública de nuestro país. Las falsas equidistancias, las pretendidas justificaciones del terrorismo, la manipulación directa de la información y la sustitución del periodismo por la propaganda son habituales cuando se trata de cubrir las noticias sobre el terrorismo en Israel o contra los judíos en todo el mundo.

España se ha convertido, además, en zona de influencia de un Estado que ha hecho de la banalización y el negacionismo del Holocausto una política de Estado. La República islámica de Irán -una teocracia que castiga la homosexualidad con la horca y el adulterio con la lapidación- ha desplegado acciones de influencia durante años a través de la financiación de iniciativas de evidente cariz político. En España, los amigos de Irán han llegado muy lejos.

El camino a Auschwitz lo jalonaron muchos que contribuyeron a la propaganda antisemita y muchísimos que callaron ante ella. Hoy, en Europa, volvemos a escuchar consignas que pretenden legitimar el odio a los judíos o el odio a Israel, el judío entre los Estados. Hoy, por todo el continente, el islam radical pretende ganar una presencia pública cada vez mayor y legitimarse como una opción política-religiosa mientras demoniza a Israel y a los judíos. Hoy, en España, el régimen que ha amenazado con borrar a Israel del mapa goza de influencia y apoyos políticos como jamás antes había logrado. Hoy, los que han organizado concursos de caricaturas sobre el Holocausto para trivializarlo y negarlo, pueden cosechar los frutos de años de inversión en España.

Las sociedades europeas -y, en particular, la española- deben reaccionar frente al antisemitismo que va cobrando fuerza día tras día. Si no, el esfuerzo de memoria y los votos de compromiso para que la historia no se repita, habrán sido en vano y Europa -y España- una vez más, se habrán traicionado a sí mismas.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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