Sin previo aviso, el pasado lunes Manuela Carmena ordenaba retirar varios “símbolos franquistas” de Madrid, y daba los primeros pasos para seguir con el resto. Continuaba así la alcaldesa su particular revival de la Guerra Civil, iniciado con el cambio de nomenclatura a ciertas calles “afines al régimen”.
Sin embargo, este afán revanchista ha hecho que se retirase “por error” -ayer volvió a ser restituida- la placa conmemorativa del fusilamiento de ocho carmelitas en el cementerio de Carabanchel. ¿Es este el problema más acuciante de Madrid? No lo parece, desde luego. En todo caso, cuestiones supuestamente menores y anecdóticas ponen cada vez más de relieve el sectarismo de la actual corporación municipal. Como ejemplo inmediato, el esperpento de la última cabalgata de Reyes.
Tampoco es de recibo contar como “asesora en materia de memoria histórica” a la hijastra de Fidel Castro, por más que su ideología coincida con la de la mayor parte de los ediles de Carmena. Rara es la semana en la que alguno de ellos no se descuelga con propuestas o declaraciones extemporáneas y sectarias, impropias del gobierno de una ciudad como Madrid.