La trayectoria que experimenta el Fútbol Club Barcelona en la presente edición de la Copa del Rey, que registra un 6-1 en los treintaidosavos de final ante el Villanovense, otro 6-1 en los octavos frente el Espanyol, un 5-2 en los cuartos contra el Athletic y el todavía fresco 7-0 asestado al Valencia en la ida de las semifinales, parecería convertir el Sevilla-Celta de este jueves en la brega por alcanzar el papel secundario, casi de sparring, en la ceremonia postrera de la competición. Sin embargo, las rondas previas al último peldaño cuentan con un hándicap diferenciador, de no menor relevancia para el púgil que enfrente al coloso catalán: la condición de doble partido. En 90 minutos, sevillanos y vigueses están en orgullosa posición de atestiguar que todo es posible, ya que ambos han arrodillado a los culés en Liga, ya sea en esta o en la pasada temporada. Así, con este anhelo y fe en el horizonte desplegó el Pizjuán su más ardorosa atmósfera, propulsada desde los prolegómenos con una entonación estruendosa del himno. El billete para tocar gloria pasaba por prevalecer en este envite y no nublar la mirada con posteriores desafíos.
Unai Emery, arquitecto de la renovada pulsión competitiva andaluza, leyó el evento con seriedad y no escatimó en su planteamiento, reproduciendo el sistema que alimenta su idea rotunda de juego. Cristóforo emergía titular como pareja de N´Zonzi en el abrigo físico del cerebro Banega y en una medular aliñada por la sabiduría con el cuero de Krohn-Dehli -ex celtiña- y el desborde pegado a la cal del fulgurante Vitolo. Gameiro, en permanente clarividencia goleadora, culminaría un frente ofensivo versátil que se veía equilibrado por la zaga liderada por Kolo (que entró en liza por Carriço) y Rami. Coke y Tremoulinas, con variante de carrileros, ocuparían los laterales y Sergio Rico defendía la meta. La cohesión interlineal, firmeza en el cierre colectivo y la efectiva gestión de la transición propia y vigilancia de la ajena definían la propuesta del Sevilla, siempre rica en matices y ajustes tácticos, capaz de conducir el juego al plano físico y preponderar –receta que el mantiene invicto en esta Copa-.
Eduardo Berizzo, cuyo libreto resiste sin despeinarse cualquier paragón en la edificación del reluciente Celta actual, contempló este primer capítulo de la ronda como eso, como el aperitivo de la vuelta en casa. La mentalidad de aspecto compacto y gusto por la circulación y manejo del esférico, por el dominio del tempo según la velocidad aplicada a la asociación, habría de matizar su ortodoxia para aclimatarse a la tesitura. El ‘Toto’, que sigue sufriendo la ausencia de Nolito, y todavía no ha recompuesto la figura tras la venta de Augusto, dispuso un centro del campo sujetado por Radoja, que figuraba arropado por el músculo y clase del Tucu Hernández y Wass, piezas ambas dotadas de talento lanzador. Aspas y Orellana caerían a banda, luciendo desequilibrio exterior o en diagonal, para alimentar a Guidetti, bandera del asalto al Calderón. Cabral y Sergi Gómez asegurarían la calma de Rubén con Jonny y Hugo Mallo en los carriles. La altura de estos últimos marcaría la ambición viguesa en esta resbaladiza visita. Repetir la consistencia y equilibrio que amaestró al Atlético y salir a flote para jugársela en Balaídos delineaba el orden de prioridades que situaba el monopolio de la posesión como elemento accesorio, supeditado al crecimiento con el paso de los minutos. Afinar en la retaguardia suponía un epígrafe capital.
Arrancó el enfrentamiento susurrando el paisaje que condicionaría el devenir del juego: la intensidad en la batalla por la influencia en el centro del campo marcaría las líneas argumentales a atravesar hasta el descanso. Salió de vestuario el Sevilla con mayor vehemencia en sus presupuestos, buscando, sin tapujos, imponer el estilo abrasivo que le granjeara una cosecha precoz. De este modo, bajo la confianza posicional, el conjunto andaluz cortocircuitó las intenciones sosegadas visitantes. La presión a cancha completa y la explosión de la reducción de espacios en el movimiento de repliegue protagonizaron el primer pestañeo de eliminatoria, alzando la exigencia en la precisión a cada peón que cruzara la medular. Este panorama, que refrendaba la vigencia de la tensión sevillana en el dictado del cariz del partido a jugar, sea cual sea el rival, patrocinó la suerte de búsqueda de acomodo gallego al tiempo que los hispalenses abrían fuego, camino de la salida de eje oponente. Kolo cabeceó el centro de Tremoulinas en una acción de pizarra rota y el envío lamió el poste en el segundo minuto.

Ganó minutos y bagaje el partido en similar escena, aunque el Sevilla efectuó un ligero descenso de revoluciones y el Celta luchaba por filtrar su argumentación en el discurso. Viró el esquema global hacia la pugna infructuosa propia de la guerra de guerrillas. El dominador desde el prisma físico se enmarañaba en su verticalidad y los vigueses no alcanzaban continuidad tras robo. Desprovisto de atino, que no de ritmo, transitaba el envite sobre cierta potestad de la situación local, si bien el ratio de vatios había amainado hacia el aparente control sostenido de cada pulgada. La red de ayudas mutua, que negaba la salida del esquema de Berizzo y trompicaba la concreción de la superioridad andaluza, esbozaba la antesala de la decisiva llamarada hispalense. Cruzado ya el primer cuarto de hora, la relación estadística de opciones de remate reflejaba el mínimo aceptable ante dos equipos afanados por morder tácticamente, sin acepción a lo imprevisto, a la creatividad. Una contra lanzada por Banega -que recogió Gameiro para aguantar y ceder al disparo muy desviado de Krohn-Dehli, desde el pico del área- y el remate muy arriba del argentino en el 17 representaban toda la producción ofensiva de un duelo replegado sobre sí mismo.
Sin embargo, el ascenso de intensidad local, que tomó forma pasado del minuto 20, relajó el rigor estratégico y abrió espacios para que la vertiente espectacular de este deporte tomara escena. La subida metros y aceleración combinativa desplazaba la pronosticada atribución del Celta, nunca cómodo, para constreñirlo al repliegue y espera de salida. El balón parado, imperecedera herramienta andaluza, alzó el telón de este intervalo de paroxismo atacante. Rubén salvó a los suyos bajo palos al sacar, en un elogio a los reflejos, el cabezazo de Kolo tras un córner botado por Banega. En la acción consiguiente, Tremoulinas dibujó un centro de parábola estética que N´Zonzi remató, en escorzo y hacia el segundo poste. La pelota superó al esforzado portero gallego pero el bote en la hierba sacó su trayectoria de la red -minuto 24-. Acto y seguido, al galope del frenesí y con la apuesta del Toto sollozando por respirar en su encierro forzado, Sergi derribó a Vitolo en un pase vertical puntiagudo y el colegiado decretó penalti. Gameiro asumió la responsabilidad del presumible salto de página y ajustó a la derecha la penalización, pero Rubén despejó el disparo en un vuelo que apagó al Pizjuán -minuto 28-. De este modo se destapó el reparto del elenco protagónico, con delantero y guardameta anunciando la que conversación que se antojaría como nuclear. Sin pausa en el relato, el oxígeno que urgía la reclamación celtiña sobrevino sólo a través de la sobresaliente actuación de su guardameta, que zanjó la deriva que sus compañeros habían tomado con un ejercicio soberbio. Sobrevivió el conjunto de elástica azul a la deflagración sevillana y el punto y aparte quedó refrendado con el testarazo de Gómez -villano y héroe instantáneo- que encontró el larguero en la primera contra frenética gallega, orquestada por el virtuoso desborde de Orellana, que se manifestó en el 29 de juego.
El Celta empezaba, entonces, a encontrar oquedades a la espalda de la primera presión local y ganar peso en la trama. Aspas desbordó el sostén medular hispalense y gestó una transición que descubrió la soledad de Orellana y Hernández en el segundo poste. El cuero arribó al potente mediocampista, que remató cruzado sin hacer diana por muy poco -minuto 33-. Consiguió mostrar su arista escurridiza el bloque dirigido por Berizzo y recobrar la sensación de amenaza olvidada por un Sevilla disparado en la primera media hora. Tras esta cota, los visitantes sembraron posesiones tan prolongadas como horizontales que lograron templar el ardor local, que mezclaba a esta altura la anestesia inyectada por la circulación oponente con el cansancio propio.
Se abrió el partido y floreció la multiplicación de agujeros con dos contendientes listos para proponer o entregarse a la verticalidad en vuelo. El centrocampismo oteaba el cambio de turno con el escenario de ida y vuelta, sin patrón ni gobernador del tempo ni del balón. Quiso el Sevilla cerrar el recorrido hasta el intermedio por la vía de la mejor posesión, más pausada y tendente al control, con Banega evolucionando desde su estadio arrinconado hacia la participación regular y los laterales añadidos al ecuador del terreno, para un mayor flujo asociativo. Pero el Celta se revolvía a dicha voluntad de su contrincante, confiado en su consistencia y capacidad de contragolpear o retener la pelota después de un tramo válido para desempolvar la autoestima. Sin embargo, a pesar del notable trabajo de reacción para suponer una oposición considerable a la hoja de ruta del quinto clasificado, no completó el círculo de rendimiento al no traducir la ruta que amortiguara la impronta del balón parado andaluz en todo el primer acto. Precisamente, a través de un córner quedó decretado el concluyente punto de inflexión del partido. Recogió cosecha al derroche de personalidad el conjunto dirigido por Emery por una vía familiar. Banega concetó su lanzamiento abierto desde la esquina con el gesto imponente de Rami, que cabeceó a la red en un giro portentoso de cuello. Inalcanzable para el, hasta entonces, determinante Rubén.
Sobrevino el minuto 45 con un chispazo inesperado y el intermedio condujo a vestuarios a dos equipos que extraían conclusiones similares, debido a la eficaz cumplimentación del guión particular de cada cual, pero sensaciones antagónicas. El 1-0 sabía a merecido rédito a un equipo sevillano que se sabía reforzado, en la situación que mejor se ajusta a su laboratorio: la defensa de una renta que le permita explotar su cierre y transición. El Celta, por el contrario, habría de reflexionar sobre la vía a adoptar después de verse despojado de su identidad combinativa. De este modo, sin sustitución de nombres pero sí de intenciones, comenzó el segundo acto. Los pupilos de Berizzo avisaron de la voluntad ofensiva al descolgar a sus laterales en una tratativa de manejo del cuero para acortar distancias con el empate. El Sevilla, por su parte, se entregó al descenso absoluto de la previa primacía posicional para granjearse fuerza y solidez en el repliegue y volar a la contra, con Banega, Krohn-Dehli y Gameiro como faros. Cabral, en soledad, remató muy débil el centro de espaldas del ex sevillista Aspas como preludio. Rico atajó el intento en el 47 retrasando el advenimiento del cambio de orden en el duelo.
Rubén despejó una falta frontal ajustada al poste de Banega como cierre a los primeros 10 minutos de la reanudación. La nueva relación de fuerzas, con el Sevilla achicando y el Celta exhibiendo valentía táctica y jugando en campo rival, se desplegó antes de adoptar una significación trascendental en el partido y la eliminatoria. Como si de un discurso ideado por Emery se tratara, el partido describiría la potencialidad andaluza –de esencia intensa y contragolpeadora- a cada paso hasta el desenlace. Los visitantes se afanaban, sin éxito ni fruto, por derribar el muro que arrancó dos puntos y el liderato liguero al Atlético en la ribera del Manzanares. Además, necesitaba realizar una vigilancia sensacional tras pérdida el equipo gallego en pos de amarrar las efervescentes transiciones locales y que el transcurrir de la trama no desnudara la endeblez que ha limitado el progreso vigués en Liga. Todo ello se disponía como marco del segundo y decisivo aceleramiento local.

Un defectuoso saque de falta frontal del Celta, que repelió la zaga sevillana, condujo la pelota hacia la visión de Krohn-Dehli, que vislumbró una hectárea para el mano a mano de Gameiro con su marcador coyuntural. El punta francés desbordó –hasta lanzar al suelo a su par por el efecto de la fricción del cuerpeo- y finalizó el cara a cara con el portero oponente colocando el chut en la escuadra. La abrupta sentencia asomaba en el 60 y se tornaría tangible instantes después. Castigaba el Sevilla el apagón organizativo de un equipo que descuidó su plan por mor de alcanzar las tablas de manera prematura. No obstante, el paso al frente gallego, representado de forma radical en la siguiente acción, volvió a repiquetear en el riesgo de la valentía. En esta ocasión, la del 3-0, la pelota cayó en los cordones de Banega, que lanzó en profundidad a un Gameiro iluminado, exuberante, que batió a Rubén por bajo tras esquivar el marcaje de la desnortada pareja de centrales. La asimetría en el despliegue de automatismos colectivos evidenciaba lo distante de la sabiduría en el manejo de los instantes definitivos de un púgil en relación con su rival. En cinco minutos, la igualdad se transformó en utópica.
Se disparó el partido a la quema de minutos con el achique andaluz y la desesperada búsqueda goleadora del conjunto de Berizzo, que mutó sus objetivos en esta visita a la mera supervivencia estadística que significaría anotar, siquiera un tanto, en la hierba del Pizjuán. El ritmo no cedía aire en la sublime intensidad generalizada, pero no conseguiría el club en desventaja matizar la fiscalización de un Sevilla que se relamía en la mejor versión del estilo que le ha coronado campeón de la pasada Europa League. No en vano, las ráfagas de presión elevada locales evocaban la comodidad del oponente, salvo catástrofe, del Barcelona en la final copera. La posesión iba a pintar de azul la pelota mientras las sustituciones, uniformadas ya como rotaciones, sacaban del verde a Cristóforo -firme en la contención del avance entre líneas-, Banega –intermitente líder de la fase atacante local-, Gameiro –decisivo, como en tantas otras tardes y noches este curso, candidato inexcusable a la titularidad gala en la Eurocopa-, Wass –sobrepasado- y Guidetti –inédito por falta de alimento-. Carriço, Konoplyanka y Llorente ahondaron en la idea de transición pegajosa local y Beauve y Cristian Díaz –incorporación invernal que debutaba- añadían frescor anatómico a la detección de fisuras en la retaguardia rival.
El epílogo de enfangada circulación visitante se abandonó al pitido final casi sin sobresalto para Rico por gracoa del intercambio de imprecisiones. Wass, Orellana y el Tucu Hernández probaron suerte sin acertar entre palos. La ejecución impecable de defensa coral, otra más, del Sevilla hipercompetitivo clausuró un envite desprovisto de sustos. Rubén sería el que cedería nuevamente ante la verticalidad andaluza, que colocó a Krohn-Dehli en el postrero mano a mano con el guardamenta gallego -pobre corte de Jonny mediante-. El danés sentenció a sus ex compañeros –minuto 87- con calidad y pausa para erigirse en el mejor del partido. Al término del mismo sobresalió el oficio pragmático de Emery y las costuras de la propuesta alegre de Berizzo. Con el cruce visto para sentencia, yace henchido un equipo que ha alcanzado en este tramo de temporada su punto de cocción preciso para mostrar músculo y manifestar su carácter indigesto para cualquier contrincante, sea cual fuere su pedigree. La Copa 2015-16 degusta ya, a las primeras de cambio, la composición de su final. Se avecina una reproducción a escala de lo visto en las semis: el imperecedero magnetismo del mejor ataque contra la exasperante eficiencia de la defensa más dificultosa del balompié nacional.
Ficha técnica:
Sevilla: Sergio Rico; Coke, Rami, Kolodziejczak, Tremoulinas; N'Zonzi, Cristóforo (Carriço); Vitolo, Éver Banega (Konoplyanka, m.74), Krohn-Dehli; Gameiro (Llorente, m.80).
Celta: Rubén Blanco; Hugo Mallo, Sergi Gómez, Cabral, Jonny Castro; Radoja, Wass (Marcelo Díaz, m.84); Iago Aspas, Pablo Hernández, Orellana; Guidetti (Beauvue, m.78).
Goles: 1-0, M.45: Rami. 2-0, M.59: Gameiro. 3-0, M.62: Gameiro. 4-0, M.87: Krohn-Dehli.
Árbitro: Carlos Clos Gómez. Amonestó a los locales Rami (m.52), Krohn-Dehli (m.57), Llorente (m.82) y Coke (m.83), y a los visitantes Iago Aspas (m.21), Sergi Gómez (m.27), Wass (m.38) y Radoja (m.81).
Incidencias: 37.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a la ida de las semifinales de la Copa del Rey, disputado en estadio Ramón Sánchez Pizjuán.