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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La respiración, de Alfredo Sanzol: Mary Poppins ataca de nuevo

El madrileño Teatro de La Abadía acoge la última pieza del exitoso dramaturgo, que vuelve a sumergirnos en un mundo donde la fantasía y la realidad se entremezclan de manera perfecta y donde la diversión y la risa adquieren una dimensión instructiva y beneficiosa.

Fotos: Javier Naval
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Fotos: Javier Naval

La respiración, de Alfredo Sanzol

Director de escena: Alfredo Sanzol

Intérpretes: Nuria Mencía, Gloria Muñoz, Pau Durà, Pietro Olivera, Martiño Rivas, Camila Viyuela

Lugar de representación: Teatro La Abadía (Madrid). Gira por España.

Pocos dramaturgos como Alfredo Sanzol saben involucrar con tanta pericia el universo mágico de la ilusión con los detalles concretísimos de la realidad, mostrando ambos en un cautivador híbrido donde lo fantástico y lo objetivo se fusionan en algo real maravilloso. Así se daba, por ejemplo, en En la Luna, con sus sketchs situados en un tiempo específico, la Transición política española, que sucedían sin embargo en la superficie lunar, como un cuento de hadas sobre una mítica misión lejana, vista desde los ojos atónitos de un niño. Ocurría, más recientemente con La calma mágica, en la que el protagonista, Oliver, era invitado a mascar unos hongos alucinógenos cuyo delirio le permitía ver por adelantado qué iba a pasar con su vida y disponer de un margen de maniobra para rectificar: una fantasía, pues, didáctica, una pesadilla pedagógica ejercida a través de una simbiosis entre lo real y lo maravilloso.

Y otro tanto le sucede ahora a la protagonista de La respiración, la abogada Nagore, herida por las secuelas de un divorcio que la hunden en un pozo de angustia y pérdida de la autoestima, del que solo logrará salir a través de la acción benéfica de la imaginación, donde de nuevo las quimeras educan y sanan las llagas de una realidad implacable. La comedia arranca con un planto de Nagore dirigido directamente al público para hacerle partícipe de sus desesperación. No se trata de un alegato pseudofeminista sobre la alevosía del exmarido, o sobre la maldad o inconstancia del género masculino en general. La joven abogada ha tomado de forma voluntaria la decisión de divorciarse y su inteligencia comprende y asume sin dificultades ese hecho. Pero el mundo de sus emociones, no. Alfredo Sanzol nos instala en los demoledores efectos de la contemporánea inseguridad de los vínculos amorosos, tan exhaustivamente explorada en el ensayismo reciente desde El nuevo desorden amoroso, de Pascal Bruckner y Alain Finkielraut, hasta el Amor líquido, de Zygmunt Bauman. Los lazos sentimentales inquebrantables y establecidos para siempre hace tiempo que saltaron por los aires. La angustia por la incertidumbre y la conciencia de la fragilidad han ocupado su lugar. Todos se sienten fácilmente descartables como Nagore y expuestos a los lacerantes agravios emocionales que esto trae consigo.

Sanzol va más allá e indaga en el carácter obsesivo que puede adquirir el postamor, haciendo que la persona dé maniáticas vueltas sobre los recuerdos de una pasión muerta. Si San Agustín hizo célebre aquella afirmación según la cual “mi amor es mi peso: por él voy donde quiera que voy”, podría sostenerse también que “mi postamor es mi peso y por él me arrastro donde quiera que voy.” Desaparecidos los sentimientos amorosos subsiste con frecuencia en su vacío una fascinación análoga al enamoramiento en el desenamorado que le hace girar machaconamente sobre la historia que ha concluido. La actriz Nuria Mencía, en el papel de Nagore, trasmite de un modo directo y contundente a los espectadores este encantamiento tortuoso, este embeleso laberíntico y autodestructivo. Una ofuscación monotemática similar a la raya blanca que hipnotiza a un gallo o a los faros del automóvil que paralizan a la liebre en la carretera nocturna. Solo una sacudida desde fuera le podría salvar.

Y ese enérgico zarandeo viene de la mano de su madre, Maite, que irrumpe en escena acompañada de una constelación de amigos al rescate de su hija. Es una acometida tan jubilosa y sorpresiva que quizá resulte fácil pasar por alto detalles altamente significativos. Quizá los más elocuentes estén en el atuendo de Maite, su sombrero redondo, la maletita y su paraguas abierto y alzado, que la convierten en una réplica irónica de la famosa Mary Poppins. No es la primera vez que Alfredo Sanzol reutiliza figuras y episodios de la cultura popular de masas salidas de la factoría Disney. En su anterior pieza, La calma mágica, jugaba un papel importante el entrañable Dumbo y su delirium tremens de “Elefantes rosas”, inteligentemente aprovechado para elaborar la pesadilla y la iconografía alucinada de Oliver. Aquí el aterrizaje de Maite-Poppins marca la línea divisoria entre la cruda realidad y el comienzo de una experiencia en lo real maravilloso de la desesperada Nagore. Lo que sucede a partir de ese instante es una ficción con las pautas de la realidad, o una realidad disuelta en una encantadora y risueña alucinación: de nuevo, esa amalgama de lo uno y de lo otro que tan admirablemente sabe trenzar Sanzol en sus creaciones escénicas.

Lo que ocurre no es verídico pero enseña la verdad. Lo que su madre, esa Maite-Poppins, y sus amistades traen a Nagore viene a ser una utopía sentimental donde los amores cruzados, los amores simultáneos o la pérdida del amor no producen aflicción ni dolor. En este utópico universo mágico la obsesión y la angustia se han diluido en el aire. Las distintas posibilidades combinatorias entre los personajes ocupan el centro de la comedia, que se desenvuelve al ritmo de un ágil vodevil impecablemente dirigido por el propio Sanzol. El humor, la carcajada, las incesantes sorpresas disuelven la acidez de Nagore y sus tribulaciones se van evaporando tras cada episodio.

Imposible resumir los vericuetos de estos festivos lances. Lo que pasa resulta siempre inesperado y atrapa divertidamente por la espalda al público. Baste constatar que los personajes masculinos son sumamente físicos y se encargan de tareas corporales: masajistas, entrenadores, profesores de yoga. En tanto que las protagonistas femeninas ejercen de un modo u otro de abogadas y se reparten los cometidos propios de jueces, de fiscales o de letrados defensores que abogan por causas perdidas. La madre de Nagore, esa Maite-Poppins con poderes mágicos análogos a la célebre niñera creada por Pamela Lyndon Travers, ha venido también a reorganizar los sentimientos y pensamientos de su hija, no quizá para clasificarlos como la habitación revuelta de los niños Jane y Michael en la película de Disney, sino para hacerlos, por el contrario, más libres. Aceptar, por ejemplo, sin sufrimiento que la época del amor sólido pasó a mejor vida, que el amor líquido puede fluir sin abrasar al que se bañe en él. Dar incluso un paso más, admitiendo que las pasiones ya no son ni siquiera líquidas, sino gaseosas y que se pueden inspirar y expirar, inhalar y expulsar como el propio aire. En La cartuja de Parma, Stendhal avisaba de que el amor estaba en el aire, y ahora, Alfredo Sanzol nos asegura que, en realidad, ese amor es el mismo aire que deberíamos respirar con naturalidad: aprender a dosificar esa respiración tranquila, como en un yoga sentimental, ahí reside la lección última de esta ilusión de ensueño que ha traído con su paraguas Maite-Poppins.

La actriz Gloria Muñoz encarna con divertida soltura el papel de una madre jubilada que no ha renunciado a vivir y cuyo único consejo real a su hija es que sea dúctil y valiente para aprender por sí misma a encarar sus nuevos trayectos vitales. El deseo imposible de un adulto que quisiera recurrir a su padre o a su madre para que le resuelvan encrucijadas dolorosas, es un asunto recurrente en Sanzol. Un remedio inviable. Y por eso esta utopía sentimental está condenada a desvanecerse como el sueño de una noche de verano. Mary Poppins desataba la solución mágica con un chasquido de sus dedos, Maite lo hace con una palmada fantástica. Las dos resuelven los problemas por la vía del recurso a lo “supercalifragilísticoespiadiloso”. Una bondad irónica de Sanzol ante el sufrimiento humano. El hechizo puesto en escena para deleite del público no es una auténtica solución porque no hay respuestas generales y utópicas, sino individuales y concretas. Pero ese encantamiento pedagógico ha contribuido a que Nagore supere su rencor y su orgullo, sane su maltrecha autoestima y salga de esa obsesiva petrificación mental a la que le había condenado el postamor.

Frente a La calma mágica, La respiración no posee aquella escalada emocional que llevaba a Oliver a una conmovedora asunción de su orfandad. Asimismo, frente a montajes precedentes, La respiración tampoco despliega la habitual fantasía visual que suele caracterizar a las obras de Sanzol. Pero continúa ofreciéndonos instructivas quimeras repletas de veracidad. Un divertido hechizo donde se deslizan benéficas verdades que inspiramos con naturalidad, como el aire al respirar, tomado en bocanadas gozosas que nos predisponen a ser flexibles y aceptar la volubilidad y mutación perpetua de la vida.

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