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TRIBUNA

Miedo a la ceguera de la justicia

lunes 22 de febrero de 2016, 20:24h

Todos conocemos que la representación de la justicia se escenifica en forma de una mujer portando una balanza como símbolo de equidad para ponderar actos, una espada para aplicar el castigo con firmeza y una venda sobre los ojos, intentando mostrarse imparcial sin dejarse influenciar por lo juzgado independientemente de su condición económica, social, etc.

En la actualidad nos encontramos bombardeados de múltiples noticias relacionadas con procesos judiciales, la mayoría como consecuencia de la situación de denuncia continua de actividades con componentes sospechosos o evidentes de corrupción, el termino posiblemente más empleado en la cotidianidad informativa o coloquial.

Desde siempre y posiblemente según sentencias, las tres características de la justicia antes indicadas se han cuestionado a nivel individual o colectivo con lo que de inquietud e inseguridad produce este ambiente si sobrepasa un nivel tolerable como parece suceder actualmente en nuestro país.

En estos momentos de búsqueda de consenso entre las formaciones políticas para la gobernación del estado, parece que uno de los temas a pactar es el de dar mayor independencia a la justicia, aumentando la separación de los dos poderes, lo que es señal del reconocimiento de la injerencia actual de ida y vuelta entre ambos. Con la exclusión de la representación populista que proponía la implicación de la justicia en “la causa”, con rectificación de dicho párrafo recientemente, por lo escandaloso de su propuesta.

Sin equidad en la justicia perdemos todos como individuos y colectivamente nadie niega la fuga de capitales inversionistas en países con inseguridad jurídica.

Hace algo más de dos semanas asistí a un merecido homenaje realizado a Jaime Sartorius por muchos de sus compañeros de profesión y de ideología, en los momentos en que no era nada fácil tener alguna distinta al régimen gobernante y con sus palabras de agradecimiento, dentro de los muchos sucesos muy trascendentes en los que intervino en aquellos tiempos de la ahora maltratada “transición” en la que participó activamente para conseguir la “difícil reconciliación entre los españoles” me llamó la atención una anécdota que puede parecer intranscendente pero que puede reflejar de forma superficial la desconfianza de muchos ciudadanos con la justicia.

-De forma sarcástica contó cómo en el juicio a un soldado que embriagado vociferó en voz alta “defecarse en Franco y en Dios”, tras su defensa seguramente brillante, el tribunal impuso en su sentencia como pena, tres meses por la ofensa a Dios y más de seis años por incluir al caudillo en su defecación.

Difícil parece llegar al consenso, pero puede ser una magnífica ocasión para que con naturalidad se normalice nuestra credibilidad en la dama con los ojos tapados, pues muchos pensamos que hace trampa y mira de forma distinta según a quien. Y al menos quitarla el freno que hace que la habitual demora en su actuación sea per se injusto.

Como casi todo ya está inventado y dicho, deberíamos recordar a un tal Aristóteles que dijo: “ La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia, templados con actos de templanza y valientes con valentía”.

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