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TRIBUNA

La España que yo amé (II)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 26 de febrero de 2016, 19:48h

En efecto; rememorar la personalidad científica y humana de D. Julio González y González –a la que la historia de Andalucía debe uno de los diez libros más descollantes de su patrimonio bibliográfico en dicha materia- es, a un tiempo, llevar un exvoto de reconocimiento a uno de los estudiosos más eximios del pasado medieval y moderno de Castilla e introducirse con la más firme garantía en la evocación más entrañable de su identidad. Bien es verdad que hodierno los trenes de alta velocidad en que hiciera el cronista el recorrido mencionado de las Asturias a la capital del califato omeya dificultan en extremo la contemplación detenida del ancho solar extendido entre el Duero y el Tajo. En otro tiempo, al igual de día que de noche, resultaba muy ocasionado reverdecer las enseñanzas bachilleriles y universitarias en torno a los jalones esenciales de la formación de Castilla y su consolidamiento como pieza básica del ser histórico español al detenerse los morosos trenes en estaciones de nombres tan eufónicos como evocadores. En las noches gélidas del invierno como en las urentes tardes del estío, el viajero daba rienda suelta a la repristinización de lecciones y saberes recibidos en la niñez o la mocedad en los que los héroes y hazañas de la antigua Castilla encontraron su máxima expresión en las tierras aledañas a las vetustas localidades en que las ruidosas locomotoras de la antigua Renfe hacían, por lo común, detenida parada. En todo lo abarcado por la mirada o el oído se hacía palpable una dignidad sin aspavientos, pero también sin veladuras. Al cabo de los siglos, después de que la Historia hubiese dado un giro completo, en el que el protagonismo axial de Castilla en la forma y expresión de lo español conociera igualmente un cambio de proporciones a las veces casi abisales, Castilla continuaba siendo, como quería su apasionado juglar, la “imperial Castilla…”.

En los tiempos actuales, cuando el cronista acometiera el viaje a que se hizo referencia en el primer capítulo de la presente serie, el Ave que por fin, y muy felizmente para la economía aunque no para la poesía, se ha adueñado de las comunicaciones de Madrid con la Meseta Norte, obstaculiza en gran medida la oportunidad o la inspiración para recrear, con la frenética velocidad del supermoderno tren, momentos estelares de un pueblo en cuyos gérmenes anidó una gran parte de lo mucho que en amplias áreas de la cultura occidental se debe al genio de España. D. Quijote fue acaso su criatura simbólica más perfecta. Nada, pues, tendría que regatearse al IV Centenario de la muerte su autor. No ha figurado en ninguno de los profusos programas de gobierno de estos días. Pero no conviene engañarse: es un tema de ciudadanía, de españoles comprometidos honda, indisolublemente con el presente y el futuro de su país.

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