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TRIBUNA

La idea de España de José Miguel de Azaola

Juan José Solozábal
martes 08 de marzo de 2016, 20:04h

Acabo de regresar, otra vez, de Bilbao donde asisto a la lectura de una tesis sobre los territorios forales. Me encanta la intervención en el acto académico de Jasone Astola, primero porque hace un elogio del director del trabajo, Javier Corcuera, que es un maestro sabio y próximo, una referencia universitaria insustituible. Y segundo, porque la profesora propone una comprensión de la singularidad vasca, no tanto desde sí misma cuanto de su inserción en el conjunto español, al que enriquece y a la vez, en el constitucionalismo comparado, singulariza. De modo que propone al autor del trabajo cuando lo publique que subraye desde el título la condición española de la especificidad vasca, pues lo propio de nuestro ordenamiento es precisamente su riqueza de manifestaciones, incluyendo en el caso concreto el respeto y amparo del régimen foral.

Esa apertura al pluralismo que tiene un asidero tan fuerte en la Norma Fundamental debería ampliarse a nuestra cultura e incluso literatura constitucional, que adolecen de limitaciones llamativas al respecto, como he denunciado en tantas ocasiones. A veces pienso si muchos de mis colegas, por ejemplo, creen que José Miguel de Azaola es algo más que un apócrifo mío, cuya referencia utilizo para hablar de las diversas manifestaciones del federalismo, “las formas federativas”, o la consideración del régimen local, “la democracia del detalle”, por ejemplo. Voy a dedicar entonces, con su permiso, la columna para ubicar en su generación al escritor vasco, aportando el correspondiente apunte biográfico, resaltando, después, la contribución de don José de Miguel de Azaola, precisamente en vísperas del momento constituyente, a la reorganización territorial de España.

José Miguel de Azaola nace en Bilbao en 1917. Compañero de generación de Blas de Otero o Lauexeta, hace la guerra civil con los llamados nacionales. Pasa gran parte de su vida fuera del País Vasco, sea en Madrid, París, o la ciudad suiza de Friburgo, residiendo en San Sebastián el tiempo que trabaja en Pasajes en la Pisbe. Fue funcionario de la UNESCO y anduvo ocupado en el mundo de la edición. Aunque de formación jurídica, quizás el derecho es el prisma predominante en sus análisis, compartió un rasgo con muchos vascólogos, en parte como consecuencia de la ausencia de una Universidad que especializase los saberes durante mucho tiempo, a saber, su poligrafismo. En realidad es el jurista del grupo de formidables intelectuales que, señalados por su vasquismo fuerista y alto nivel intelectual, forman una verdadera generación y al que pertenecen figuras como José de Arteche, que de algún modo los aglutina, Luis Michelena, Fausto Arocena, Julio Caro Baroja, Carlos Santamaría, Manuel Agud, y otros nombres algo más jóvenes como José Ignacio Tellechea, Antonio Beristain, etc…Como muchos de ellos Azaola es un hombre de acendrada religiosidad, próximo a las posiciones de renovación del catolicismo, y así preparó las jornadas católicas de San Sebastián de los años cincuenta. Muere en Alcalá de Henares, significado sitio cervantista, en el 2007.

Su pensamiento político, presenta dos ejes temáticos destacados, hablemos de su idea sobre la regionalización de España y su visión sobre el País Vasco que quedaron expuestas, más allá de su activa presencia como publicista, en su libro Vasconia y su destino (Madrid 1972 y 1977, Revista de Occidente), a cuya elaboración dedicó un esfuerzo prolongado, en dos tomos y tres volúmenes de más de mil quinientas páginas. Dejemos de lado su ideario foral y centrémonos en un aspecto de su reflexión territorial, en concreto, la prefiguración que Azaola hace de lo que será el diseño constitucional, que realmente es asombrosa por su exactitud. El maestro García de Enterría ha sugerido que Ortega es el padre del Título VIII de la Constitución. En realidad es Azaola. La primera afirmación de Azaola de relieve consiste en considerar a la regionalización un proceso imparable, pues, según su criterio, obedece al principio de emulación, que ha de impedir que ninguna parte del territorio nacional se quede al margen, como ya ocurrió en la Segunda República, pues, cuando estalla la guerra, se están preparando Estatutos de autonomía en Aragón, en Valencia, en Andalucía, etcétera. Incluso, señala con sagacidad nuestro autor, el proceso hubiese afectado a la época de la Restauración, ya que de no haberse producido el golpe de Primo de Rivera, habría habido un Estatuto de Cataluña, convirtiéndose la Mancomunidad en una comunidad o región autónoma, y eso se hubiese extendido como la pólvora. Siendo la regionalización un fenómeno o proceso generalizado, se evitará la división entre lo que Ortega llamó la "España arisca", y todas las demás regiones.

Segunda afirmación que hace Azaola: hay diferentes tipos de regionalización, hablemos de un Estado federal o de otras posibles formas federativas. Se apunta así a la idea del pluriformismo de los fenómenos federales. Como dice Laenerst , el federalismo tiene muchos rostros, y esto también lo establece claramente Azaola. En tercer lugar, Azaola defiende una base constitucional de la regionalización, que asegurará al tiempo que su generalización, también una cierta homogenización. Es partidario, efectivamente, de una regionalización decidida en el nivel constitucional. “La institucionalización de las regiones debe, pues, escribía Azaola, ser objeto de una decisión lo más sencilla, lo más coherente, lo menos fraccionada en el tiempo, lo más uniforme en el espacio, que sea posible”. La base constitucional del proceso lleva a su extensión nacional, pero con una matización bien importante. La descentralización se asume sobre la igualdad jurídica de todos los componentes territoriales del Estado, lo que no equivale –subrayó- a su igualdad efectiva. La asimetría se desarrolla entonces con plena legitimidad en el plano de la realidad, fuera del orden prescriptivo. Esta es la cita de Vasconia: "Todas las regiones de España deben tener iguales facultades en un régimen de descentralización generalizada, aunque, como es natural, cada una de ellas usará, llegado el caso, de tales facultades, en forma y con una amplitud diferentes, ateniéndose a las propias circunstancias”. Esto lo dice Azaola en 1972.

Penúltima tesis interesante de Azaola: Fiel a su idea de democracia descentralizada o de detalle, nuestro autor, de acuerdo con el relieve que la vida local adquiere en los sistemas descentralizados europeos, insiste en la necesidad de la consagración constitucional de la autonomía municipal y provincial. No se trata de un reconocimiento retórico, pues, acompañando a la garantía institucional en cuestión, han de figurar las libertades locales concretas en que se plasma tal autonomía y el procedimiento de salvaguardarlas.

Con extraordinaria lucidez por último, y sin duda utilizando su experiencia como funcionario internacional y su conocimiento de la vida política europea, repara en la simultaneidad de la regionalización de España con la construcción de Europa. Azaola no llama la atención sobre el tópico del despojo de soberanía del Estado que tal proceso implicaba, sino que penetrantemente alude al peso de los Estados y las regiones en la nueva forma política en constitución. Ni Europa es un megaestado; ni las regiones son sus elementos integrantes. Europa no puede edificarse sobre el modelo de los Estados, que son no obstante su base constitutiva y operativa. Necesariamente la unidad base de Europa no son las regiones sino los Estados. Desintegrados éstos, Europa se desquiciaría: quedaría atomizada, dividida en cien entes minúsculos, cuyos microorganismos son tan peligrosos y aberrantes como los macronacionalismos, que hoy están retrasando el advenimiento de la unidad continental. Sin duda, añade Azaola, “La Europa unida y fuerte del porvenir debe basarse jurídicamente y políticamente en la unión de los Estados” (Vasconia, tomo I, pág. 533.).

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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