TRIBUNA
Una cultura política diferente
Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 12 de marzo de 2016, 00:44h
He leído a la vez los libros de Karl Schlögel, “Terror y utopía. Moscú 1937”, y el de la reciente Premio Nobel, la periodista ucraniana Svetlana Aleksiévich, “El fin del Homo sovieticus”. La Editorial Acantilado, una vez más, nos mantiene en la última hora de la cultura cosmopolita.
La lectura simultánea de ambos títulos me ha producido una excitación mental sorprendente, como cuando se disfruta pasándolo mal viendo una película de miedo. El estudio histórico de Karl Schlögel nos angustia al describir la gran transformación de la ciudad de Moscú, veinte años después de la Revolución comunista de 1917, y a la vez, el desencadenamiento de una fase inaudita de Terror, y ambos hechos se iniciaron en 1937, año en el que Stalin consolidó su poder personal en la Unión Soviética.
La obra de Svetlana Aleksiévich no es una investigación histórica como el trabajo de Schlögel, sino que es un reportaje sobre los hombres y mujeres que viven hoy en las distintas naciones que surgieron del colapso del Estado comunista de Lenin y Stalin, y cuyas vidas siguen teniendo la impronta de los horrores del pasado, sin que la nueva situación suponga para ellos un cambio vital, pues la libertad ha degenerado en consumo grosero, y la dignidad de las personas se mide sólo en dinero en la Rusia de Putin y en las demás Repúblicas independientes, antes soviéticas.
Uno y otro libro tienen elementos y estructuras similares, por ejemplo la técnica del collage, es decir, los dos autores seleccionan un lugar y un momento concreto para presentar al lector las dos caras del Moscú estalinista, o de los territorios estatales surgidos después de 1991 y con Yeltsin. En los dos relatos, Schlögel y Aleksiévich coinciden en describir, con una objetividad propia de un forense, el Terror de 1937 -2 millones de detenidos y 700.000 fusilados sólo en ese año- y el triunfo maravilloso del pabellón soviético en la Expo de Paris de ese año; la amargura de una comunista convencida, Yelena Yürevna -“la revolución de Yeltsin, es decir, la revolución de los bandidos.”-, y la desolación de una madre que recibe el cuerpo de su hija, una policía que oficialmente se suicidaría en Chechenia en 2006: “Ninguna autoridad acudió al entierro. Todos nos dieron la espalda. Y el Estado el primero…Tampoco quisieron celebrar una misa por su alma en la iglesia…Que si se mató por despecho, o porque estaba borracha. Todos saben que los militares desplazados a Chechenia beben sin parar, lo mismo los hombres que las mujeres.”
La lectura de esos libros me ha enseñado mucho. Hace muchos años, acertó Hannah Arendt cuando calificó de totalitarios los regímenes comunistas y nazis. La violencia contra las personas y sus bienes fue igualmente atroz. Pero mientras los nazis exterminaron a grupos definidos, los judíos, los gitanos, los socialdemócratas, los comunistas, los homosexuales, etcétera, el Terror estalinista se aplicó contra cualquier grupo racial, nacional, ideológico, profesional, etcétera. Mientras había alemanes que no se sintieron nunca amenazados por el III Reich, en la URSS de Stalin todo el mundo sintió miedo y terror, y esos sentimientos, que duraron años y años -en 1953, el año de la muerte de Stalin, había más prisioneros en el Gulag que nunca-, alcanzaron incluso al mismo Stalin. El terror estuvo tan generalizado, tan sin excepciones, que nadie pudo organizar una mínima resistencia política contra el Régimen comunista (¡todo lo controlaba el Estado, desde la economía hasta la religión!), pues cualquiera podía ser amigo o enemigo, víctima o verdugo. Es una confirmación del aforismo de Hobbes: “el hombre es lobo para el hombre” hasta que regula su existencia con el Derecho y un Estado legítimo.
En toda Europa están creciendo electoralmente los partidos y movimientos extremistas, buena parte de ellos se definen con signos totalitarios. Pero mientras en Francia, Alemania o Gran Bretaña se caracterizan como extremistas de derecha, en España ocurre que es la extrema izquierda la que intenta destruir los fundamentos del Estado democrático de 1978 y de la Unión Europea.
Hace 80 años, en Europa, unos buscaban destruir a los capitalistas judíos, y los otros al capitalismo a secas, y hoy, unos repudian la globalización del gobierno europeo (¡Bruselas!), y otros piensan lo mismo pero de cualquier Estado con economía de mercado.
¿Por qué en España se da ese singular crecimiento de la alternativa anticapitalista? Esa pregunta me ha perseguido mientras leía los libros de Karl Schlögel y de Svetlana Aleksiévich. Recientemente, Fernando Aramburu, al diagnosticar la desmoralización general europea, achaca a nuestra historia esa singularidad política. Se puede ver desde esa perspectiva amplia. No obstante, el fenómeno del movimiento del 15-M de 2011 podría explicar nuestro hecho diferencial. Mi opinión no es que fue consecuencia de los graves problemas sociales ocasionados por la crisis económica, sino resultado de la falta de adhesión de los dos partidos de Gobierno a los valores y convenciones de nuestro sistema político, en otras palabras, el olvido del consenso para afrontar los problemas nuevos, desde los autonómicos, a los de la corrupción partidaria.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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