Crisis, purga, disidentes, autoritarismo, leninismo, depuración, cese… estas son algunas de las palabras –hay muchas más igual de feas– que podemos leer estos días sobre Podemos (valga la redundancia). Las dimisiones y destituciones son noticia. Sobre todo si son por sorpresa. La vida política es así. Los medios de comunicación no juegan siempre a favor de uno.
Por eso, porque ahora no vienen bien dadas, todo el aparato de Podemos está en quitar hierro a la baja forzada de su número 3 e intentar suavizar la imagen de su líder máximo. A quien preguntes te dirá que la guerra interna no existe, que entre Pablo e Íñigo hay diferencias, pero que se quieren mucho. Ya sabemos que es el partido del amor, del “buen rollito”. Pero también sabemos que hay amores que matan.
Y digo yo: ¿Tanta dimisión en Podemos no será simplemente un sentimiento de frustración y desencanto ante esa nueva política que se esperaba con ilusión y, sin embargo, no está cuajando? ¿Dónde quedó aquello de la voz está en las bases? ¿Cuánto tiene que ver la demostración vulgar de fuerza de Iglesias para conseguir una nueva posición de poder para afrontar la negociación con el PSOE? ¿Es, en definitiva, un “me quito al que me molesta”?
Lo venían diciendo las bases desde hace tiempo. Así actúa el jefe cuando las cosas no van como él quiere. Cortar cabezas no es un invento del líder de Podemos. Es una forma de actuación habitual en aquellos que quieren someter a los que están por debajo para que no se desvíen, para que nadie orine fuera del tiesto, para que se acaten las órdenes y no haya divergencias ni oposición.
Doce dimisiones en Madrid con críticas de endiosamiento son muchas. Una destitución fulgurante como la del número tres tampoco puede pasar desapercibida. En un partido donde se presume de discrepancia entre sus miembros parece demasiado personal equivocado.
Esperemos que no se esté tomando Iglesias de forma literal las estrategias políticas de la serie Juego de Tronos, de la que se ha declarado seguidor. En la ficción, los Lannister, Stark y Targaryien demuestran también mucha habilidad para eliminar rivales cortando cabezas.
Ya salió Monedero, también crítico con la forma de hacer las cosas. Ahora Pascual, eliminado tras alinearse con las tesis de Errejón. En definitiva, el número dos pierde capacidad de influencia y poder orgánico con la maniobra purgatoria de Iglesias. ¿Estará ya poniendo a remojar Íñigo esa barba que no tiene?